Cuento de pandemia

Me asomé por la ventana para intentar adivinar el piso de dónde venía, pero nada, solo había más gente como yo asomada, y de los edificios de enfrente también. Por ahí escuchaba que una señora decía “Pero qué horror por dios, cómo puede ser que uno tenga que estar escuchando esto todos los días”, yo podría jurar que era la primera vez que estos gritos sonaban.

Llevaba ya un mes, encerrado y solo. Ya había dominado el arte del pan y tenía una cadencia de cincuenta hojas por día, a veces más. También contaba con una rutina de ejercicios de una hora y otra de escritura de diez a doce de la noche, a veces más dependiendo de la situación, esto sin contar los textos para las revistas donde colaboro.

Pasé casi todo el tiempo en mi pieza en donde también me dedicaba a escribir. Ahí también podía escuchar de todo con más precisión que simples gritos. Del primero al noveno piso se oía: desde los gemidos de la vecina de arriba, hasta los gritos de los chicos que jugaban toda la noche del sexto piso, a veces escuchaba los ruidos del segundo que ponían trap desde las tres de la tarde, o la vecina del cuarto que ponía Luis Miguel a la hora del almuerzo. No era de intruso, pero me di cuenta de que la urbe nunca deja de emitir sonidos, por más que uno traté de encontrar el silencio, simplemente no hay. 

La verdad es que también había algo de interés por estos sonidos, al final mi trabajo consiste en contar cosas y de algún lado tenía que sacar inspiración para las situaciones que cuento. Sin embargo, había más de uno que me estremecía. A pesar de estar en pandemia, los asesinatos seguían siendo pan de cada noche, por lo cual era común escuchar sollozos o peleas entre vagabundos a mitad de noche. El hecho además de vivir cerca de un hospital no hacía la cosa menos compleja, con las ambulancias corriendo a toda hora como si alguien se estuviera muriendo dentro de ellas. Fue una época bastante oscura, era invierno, por lo cual no había mucha luz como para alegrar un poco. Recuerdo un sonido en específico, el que más marcó el encierro. 

Había una niña de unos once años que tenía un hermano de unos cinco. Por su acento deducía que eran de algún país que no era este, luego los vi en la portería con una polera de la selección colombiana.  La niña siempre se veía algo maltrecha, la cara estaba manchada con moretones, costras y rasmilladuras. El más chico igual, pero un poco menos.

Era obvio que los niños pasaban por una situación grave, pero eran sólo conjeturas, tal vez jugaban brusco o había sido una situación de una vez que se repitió varias veces, qué sé yo. La verdad es que ni siquiera conocía a los padres, no tenía una imagen o algo para hacerme una idea de si ellos tenían la culpa de algo.

Un día estaba durmiendo, me quedé hasta un poco más de lo que suelo quedarme en cama o esa era la idea. Me desperté con unos ruidos de gritos y golpes como si alguien estuviera haciendo caer los muebles de una casa. Las voces eran evidentes, era una niña llorando y una madre que la retaba. Me asomé por la ventana para intentar adivinar el piso de dónde venía, pero nada, solo había más gente como yo asomada, y de los edificios de enfrente también.  Por ahí escuchaba que una señora decía “Pero qué horror por dios, cómo puede ser que uno tenga que estar escuchando esto todos los días”, yo podría jurar que era la primera vez que estos gritos sonaban. Ese día no pude volver a dormir, por la noche tampoco.

A la tarde luego de hacer la cama y las cosas de la casa, me dediqué a escribir un artículo sobre la violencia infantil, coincidencias de la vida. Por alguna razón los gemidos del piso de arriba comenzaron a sonar a las cuatro, muchísimo más temprano que los otros días. Esta vez no me estimularon para escribir, la verdad es que me asquearon. Intenté golpear el techo con un palo de escoba gritando que se callaran, estupideces de la tele, pero supongo que acá tampoco tenía cómo funcionar. Puse la música fuerte para evitar escuchar ruidos y empecé a escribir tratando de sacarme de la cabeza los ruidos que aparecían desde afuera, pero me llamaron desde conserjería con la noticia de que alguien estaba reclamando con que la música estaba fuerte.

Los días iban pasando y la pandemia parecía que no iba a terminar. Ya me estaba haciendo la idea de que tampoco volvería a tener contacto con alguien que no fuera don José, mi conserje de unos setenta y algo, con el que no hablaba más que por citófono, y las veces que lo saludaba en persona cuando iba a buscar algo que me llegaba o pasaba de comprar pan. En una de esas vi a los niños sentados en el sillón, el niño inmerso en el celular jugando algo y su hermana al lado de él con los ojos llorosos y la cara amurrada. ¿A esos niños les pasó algo don José?, pregunté. No sé nada yo, señor, sólo sé que esos cabros la pasan remal y ojalá no les pase nada grave, a veces les ofrezco un vaso de bebida que tengo o les doy una galleta que traigo de la casa, pero más allá yo no me meto.

 Ese era el problema, nadie se mete más allá. Subí a mi departamento y preparé la once para comerlo conmigo mismo y después seguí escribiendo lo que tenía que escribir.  Ya me estaba empezando a ganar la soledad y la verdad no iba a soportar mucho tiempo escuchando ruidos ajenos y preparando pan.

Los días pasaban y poco mejoraba la cosa con respecto al tema anímico, estaba solo y no había nadie con quien hablar.  A veces tenía llamadas con amigos, pero la costumbre me arrastraba a oficios más solitarios que pasar una noche de sábado en videollamada, aunque cuando salía una lo disfrutaba. La verdad me encontraba agobiado, así que un día decidí ir al psicólogo por computador.

Finalmente, después de un esfuerzo mediocre en buscar, llegué a la señora Claudia. Era una mujer en sus cincuenta años, rubia y hippie. Que creo que no era psicóloga, pero ella se defendía con que había sacado un título en terapia astral de no sé qué y flores de Bach.

Me conecté un día por videollamada y le hablé de mi problema, que me sentía solo, insomnio en parte provocado por los ruidos, y otras cosas. Producto del mismo insomnio no podía entenderla bien. Decía algo de mantener las vibras altas, que pensara positivo y puras cosas de vieja hippie. De todas las cosas que dijo sólo una me llegó, que me comprara un gato.

Eso hice, un amigo tenía el contacto de una especie de fundación que daba felinos en adopción y terminé por adoptar a uno recién nacido de nombre Suky. Dijeron que lo iban a traer a mi casa un lunes en la mañana, así que esperé a que don José me llamara por teléfono y así fue. Bajé a buscar al gato, era negro con un manchón blanco en la cabeza, como el del cuento de Poe.

Ya con la gata en brazos, iba a tomar el ascensor y apareció la niña con su hermano y la mamá, una señora de unos treinta y algo, con facciones agresivas.  La niña seguía con la cara de siempre, al niño todavía no le robaban la suya. Mira, mamá, un gato, un gato negro, dijo el niño. ¡Ya avanza! y lo hizo caminar de un empujón en la espalda. La niña no decía nada, tenía los mismos ojos llorosos y enojados. Llegué a mi casa y a la hora, la gata se cago y meo la pared, no había comprado la caja y la arena.

La gata me ayudó a distraerme un poco y me hacía no estar tan solo. Comencé a escribir algo sobre gatos. La historia giraba en torno a un hombre adicto a los animales, tenía de todo tipo, desde perros hasta monos. Un día recibe un gato negro del cual se encariñó hasta la locura, terminó por matarlo ahorcándolo en un árbol, luego de eso el felino lo atormentaba y termina por encontrarse uno igual, pero con una mancha blanca en la cabeza, igual que la Suky. Luego este gato también comienza a atormentarlo y al final el hombre lo mata con un hacha. Mandé este cuento a varias revistas, todavía no contestan.

Iban pasando los días, más aún, y en mi vida todavía no había algo muy interesante. Un viernes volvió a sonar el ruido de los muebles cayéndose y los gritos de una niña, esta vez lo acompañaban los llantos de un niño. Volví a asomarme por la ventana a ver qué pasaba, estúpido porque nada podíamos ver. Ahí estaban los vecinos, mirando indignados, algunos tristes e incómodos. “¿Hasta cuándo va a seguir pasando esto?”.

Bajé a la calle con mi gato para ir a tomar un poco de aire. Como el felino era chico no hacía mucho drama en escaparse, más bien era torpe. Mientras estaba sentado en una banca frente al edificio jugaba con ella, le iba pasando un hilito verde por encima mientras lo intentaba agarrar con sus garritas. En ese momento me percaté de que hace mucho tiempo no salía a la calle por tanto tiempo.

A la vuelta, me di cuenta de que estaban los niños en el mismo sillón de la portería donde estaban sentados la otra vez. La niña en la misma posición con los ojos llorosos y rabiosos, el niño esta vez no estaba con el celular jugando.

Me revisé los bolsillos para ver si tenía plata para aprovechar de pasar a comprar pan y así comprar un par de dulces para los niños. Volví con dos Capri y se los di. Los niños lo recibieron y empezaron a comer. No me dieron las gracias, pero les mostré a la Suky, y empezaron a jugar con ella. Se alegraron al tiro, pero con los ojos humedecidos todavía. Me preguntaron el nombre y la acariciaron un rato. Luego apareció don José con dos vasos de plástico con Coca Cola y se los pasó.

 Mientras los niños bebían y jugaban con el gato, me puse a conversar con don José. Le pregunté por ellos. No sé nada yo, señor, y espero que no les pase nada, pero uno no puede hacer nada por ellos, que podemos hacer nosotros más que lo que hacemos ahora, fíjese usted que si llamamos a los pacos no van a hacer nada, si llamamos al servicio de protección se los llevan al Sename y ahí lo van a pasar peor. Tenía razón.

Esa noche estuve tratando de escribir algún cuento, nada salía. De afuera se oían gritos de alguien peleando, una guerra de vagabundos imaginé. Una vez vi algo parecido, había caminado con dos amigos, un dieciocho de septiembre, desde Macul con Irarrazabal desde las 11 de la noche, desde un bar que uno de mis amigos dijo que iba a estar abierto, y que no lo estaba. Caminamos a otro bar, compramos dos chops de cerveza y una jarra de terremoto, luego uno dijo que tenía algo, un after a las 5 de la mañana, cerca de Matta. Hicimos la hora caminando los kilómetros que nos separaban, haciendo algunas pausas hasta que llegamos al lugar que todavía no estaba abierto. Era una puerta detrás de un paradero donde estábamos nosotros, un skinhead y una pareja que más tarde se pusieron de dj. Entre esa espera de media hora antes de entrar, un grupo de vagabundos comenzó a gritarse a unas cuadras de nosotros. Tenía miedo y ahí estaba, viendo cómo comenzaron a tirarse cartones y un carro de supermercado, con sus perros ladrándose entre ellos. Escribí sobre eso y traté de dormir.

Recuerdo que esa mañana desperté temprano. Los ruidos de las ambulancias habían comenzado a las 10 y eso no me iba a dejar a volver a dormir. No hubo más gritos en el transcurso del día. Vi en la tele que el tema de los contagios iba bajando o eso se suponía. Almorcé y salí a comprar pan y comida para Suky. Aproveché de dar la vuelta larga y recorrí el barrio. Noté que había más gente a diferencia de la primera y única vez que había salido a caminar que fue como un mes después de que decretaron cuarentena. Pasé por la plaza y había gente haciendo barras, luego por el supermercado y me di cuenta de que parecían días normales.

Comencé a repetir la caminata a lo largo de los días, entre cinco y seis de la tarde, a veces con la gata y otras solo.  Como era invierno, por lo general volvía cuando estaba oscureciendo o de noche, a veces llegaba con algunos dulces que compraba en la panadería de un venezolano que estaba a unas cinco cuadras de mi casa. Un viernes, cuando llegaba de los paseos de la tarde, me encontré con los niños llorando en el sillón de la portería, esta vez los dos lloraban. Le pregunté a don José qué había pasado, me miró encogiéndo los hombros. Me acerqué con unos berlinés que había comprado y se los regalé. Subí por el ascensor.

Del balcón de al lado sonaba música y conversaciones. Se supone que estaba prohibido el aforo de más de cinco personas, había toque de queda y además estábamos en cuarentena. La verdad nada iba a hacer, hasta envidia me daban a este punto de la pandemia, aparte por moral no iba a quedar de sapo.

A la hora de darles vueltas al asunto de los niños, me encontraba intentando escribir unas notas que postergué hasta el final sobre el cine en pandemia y el streaming. De repente comencé a escuchar que la música del balcón del vecino paró y las conversaciones pasaron a susurros cómplices, mientras al mismo tiempo sonaba una voz autoritaria que decía que exigió que abrieran. Miré por el ojo de la puerta mientras sujetaba la manilla. Estuve así, calculo unos quince minutos mirando. Pensé en los niños durante ese rato, con la mano sudando en la perilla y la puerta a punto de abrirse. Me fui a la cama y miré el techo toda la noche.

Esa mañana me desperté como a las ocho, había vuelto a dormir tarde y levantarme temprano. Como a las nueve se escucharon los ruidos de alguien que escapaba de los golpes, mientras los muebles se caían seguidos de un sollozo y unos gritos. Salí por la ventana y nadie se había asomado. Me senté a terminar la nota que debía, entre eso me puse a ver las noticias de la mañana. Habían bajado los contagios y anunciaban que mi comuna pasaba a fase 2, podía volver a salir. Ahí supe que tenía que volver a hacer algo con mi vida.

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