El himen de Lesbos (I)

Un reflejo de sudor recorre su ombligo
para que sus pupilas bañadas en éxtasis 
me indiquen el camino hacia la perdición.

No existe malicia, 
sólo la pasión de su pecho 
que brota de la semilla del dulce sexo
de una Venus de barro
que juega a ser Safo,
Reina del placer súbito,
mientras va dejando minúsculos
pero hermosos
pétalos de Bartolino a su paso.

Ansiosos corceles de gozo
pacen por las calles mansas
dónde la Máquina ha caído.
Se alimentan del erotismo
que emana de los pezones punzantes 
de Penia, fatigada pobreza,
que ya disfruta de un merecido descanso.
Después galopan y galopan,
Incansables, 
En busca del más virgen pubis
de la metrópolis.

Una lengua se abalanza sobre el público,
No para de gritar, ardiente,
su más loca teoría
¡Dios ha muerto! 
¡Ya no hay más luz tras las nubes!
Sólo un fuego negro que calienta los cuerpos
de los creyentes más virulentos,
confinados a la aridez del cambio.
¡Se acabó el no ser promiscuo!
Enfermedades brotaran de todos
los bálanos más hediondos,
mientras los clítoris húmedos 
bailan un tango sobre su lamentada cárcava.

Levanto la vista y veo un ocioso anciano
deseoso de vivir, de encerrarse, 
de quedar atrapado para siempre en su tumba
deseoso de escuchar como retumban los descalzos pies
de una joven y alocada gitana
encima de la noble y rústica madera.
Quiere sentirse hipnotizado,
Quiere liberarse de sus pesados huesos,
Quiere dejar de sentir esa presión en los pulmones,
Quiere destruir todo conocimiento
que haya podido adquirir a lo largo de su existencia,
Quiere sentirse golpeado,
Quiere dejarse llevar por los golpes,
Quiere amar esos golpes,
Quiere sentir que puede sentir,
Y escapar de la Máquina 
Y entrar en una desnuda bohemia
Y permanecer allí hasta la descomposición
de su último átomo.

Aparecen súbitos súbditos de los comandantes,
Pequeños bastardos de ideas vacuas
Buscando las riquezas ajenas
Anegadas en la viscosidad del poderoso glande 
Porque ya no sirven,
Manchadas por las manos más antiguas
Las despojamos de su esencia
Queriendo admirar su interior
Pero no encontramos más que miseria
Y les prendimos fuego.

Vimos arder Roma,
Vimos arder Alejandría,
Vimos arder iglesias y conventos,
Vimos arder al autoproclamado Dios,
Vimos arder a la voz del pueblo,
Y nos deleitamos con su fervor.

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