El himen de Lesbos (III)

Para comprender,

Desnudo mi mente

y la abro de piernas

Le susurro mis temores,

mientras extasiada,

Lubrica,

Le cuento mis debilidades,

mientras fascinada,

Suspira,

Le hablo de mis sueños,

mientras absorta,

Enloquece.

Mientras tanto,

No muy lejos,

Caronte prepara su diaria partida

Para navegar hacia el horizonte,

Cargado de almas perdidas,

Muchas vidas

desperdiciadas por la codicia,

La codicia de los hombres

Que despertaron de su noble sueño

Y profanaron y robaron y mutilaron

 Expoliaron, colonizaron

Y ahora quedarán sumidos

En sus propias cenizas,

Verdes y podridas,

Mientras hímenes hechizados

Disfrutan de su fruto

Perfectamente madurado al sol.

Las mujeres no me aman

más yo amo a las mujeres,

Su rostro, su sonrisa

Sus delicadas pieles,

Sus ilustres ojos,

Largas, cortas,

abultadas o finas

pero piernas barbitúricas

que me transportan

a un paraíso inexistente

donde el éxtasis es infinito,

para nada fortuito,

Y solamente pienso

Pienso,

y pienso

Pienso en Denise,

Pienso en Jhoana,

Pienso en Dulce,

Pienso en Maya,

Pienso en Margaret,

Pienso en Sylvia,

Pienso en Emily,

Pienso en Elisa,

Todas diosas del hipotálamo,

Musas sedientas,

Artistas hambrientas,

Madres, hijas, abuelas,

Pero sobre todo mujeres.

Se abalanzan sobre las murallas

Para hacer frente a ese consumismo

Que nos consume poco a poco,

Que nos come por dentro,

Luchan contra la asfixia

Provocada

Por esa obsesión de Alejandro

Por la grandeza,

Por esa obsesión de Adolfo

Por el poder,

Por esa obsesión de Francisco

Por la represión,

Por esa obsesión,

Esa y sólo esa obsesión

De dominarlo todo.

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