El himen de Lesbos (V)

Con el deseo llega la obsesión,

Y con la obsesión llega la jauría,

Me vuelvo salvaje,

Indomable,

Severo,

Incansable,

Soy de hielo,

Insensible,

Certero,

Censurable,

Aunque ahora no importe

Porque ya estoy muerto

La zarpa que mecía mi cuna se asustó,

Se fue sin siquiera rozarme la mejilla

Y ya no queda más que un simple y llano recuerdo

De lo que fue mi infancia,

No queda más que un filo de luz

De lo que es mi vida,

Aún no hay nada que pueda quedar

Y no estoy triste o deprimido,

Me siento nostálgico,

Melancólico,

Como una vela que,

Poco a poco,

Con su propio calor se va fundiendo

Hasta apagarse a sí misma.

Vivo inmerso en la incapacidad de recordar

como Auguste,

Contemplo como van cayendo,

una por una,

Las mentes de aquellos locos

Que exportaban sus eternos sesos

A todos los templos,

Desde el bosque a la llanura,

Y de las cuales sólo queda una,

Que ora afónica en la calma

Para irse en paz.

Mis ojos se acercan a la Esfinge

Y buscan su nariz que sigue perdida

Debido al magnánimo auge

de las tendencias homicidas

Hacia la belleza,

Hacia el tiempo,

Hacia la vida,

Hacia el deceso,

Hacia todo lo que nos rodea.

Las patrañas sigilosas merodean,

Y por nuestros cuerpos

se pasean,

Gozan con creces del poder

que la Máquina hace tiempo les dio

Aguardaban tranquilas

Para salir del corcel

E introducirse en cada grieta

Que hemos forjado

Sin saber que algún día

Nos sacarían los ojos

Como el negro cuervo

Que ronda por las nubes,

lleno de alegría,

Al ver

Que su espera no ha sido en vano

Y nuestros suculentos cadáveres

Al fin,

Van a formar parte de su gran banquete.

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