Juan Gabriel, en algún lugar del norte

Un hombre de veinticinco años entra a un bar en alguna ciudad del Norte por la noche. En el día hace calor y en la noche hace frío, clásico del desierto. El hombre era consciente de eso, conocía el norte como conocía el cigarro que se fumaba en ese momento, mientras pedía un plato con papas fritas y una Coca-Cola.

El hombre no era de esa ciudad, venía por razones laborales en una época en donde los vendedores todavía viajaban pueblo por pueblo ofreciendo sus productos, paseándose de terno, corbata y maletín.

El joven hombre era eso, un hombre, joven, que no fue a la universidad y que por catástrofes familiares se vio obligado a ser el único de sus hermanos que no le ofrecieron estudiar, los problemas de ser el mayor.

Se queda mirando a las personas del lugar, algunos viejos con caras de norteños, mujeres que llaman su atención, otras personas que lo miran y también la parte del cocinero detrás de la barra donde se han demorado más de diez minutos en traer sus papas fritas.

Nada de eso le importa realmente, sino la pantalla que es demasiado gigante para estar en un bar en algún lugar del norte. Están pasando una presentación de Juan Gabriel en el Instituto Nacional de Bellas Artes en México.

En esa presentación aparecía Juan Gabriel vestido de negro, con un traje que pensó que era típico de México, con un grupo de mariachis y una orquesta de fondo.

Parecía de tamaño natural en la pantalla. Mientras cantaba con su vozarrón una canción que hablaba de la familia, la soledad, mezclados con el guitarrón, los vientos y las cuerdas, las trompetas, los trombones, los aplausos, los gritos vocalizados y los movimientos del mexicano sobre el escenario junto al humo del cigarro del hombre que miraba como si lo que está viendo fuera de otro mundo.

Aquí están sus papas fritas, caballero, y el hombre volvió al bar. En un momento le salió una lágrima que se mezcló con la coca cola. Terminó sus papas, se tomó la bebida y prendió un cigarro para seguir viendo la presentación.

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