La literatura como nacionalismo

Qué duro debe ser elegir. Y como elegir es descartar, mejor tomarse un copa de jameson en cualquier pub mitificado por Joyce en Temple Bar.

Solía idealizar a Irlanda como el paraíso de los escritores, pero hace algunas semanas, hablando con el periodista de viajes y autor de Rob Roy, el Baronet y los 300 de Escocia (UOC, 2019), David Revelles, me descubrió a Escocia como el lugar que, seguramente, mejor se puede explicar a partir de su relación con la literatura. 

No deja de ser fascinante que la isla esmeralda de poco menos de cinco millones de habitantes, a la que el célebre Julio César ya describía en su tiempo como un pueblo en el que proliferaban grandes contadores de historias, tenga cuatro premios Nobel de literatura en su nómina: Samuel Beckett, George Bernard Shaw, W.B. Yeats y Seamus Heaney -los últimos dos, poetas-; al precursor del monólogo interior, James Joyce; a Oscar Wilde y Bram Stoker; y a la bandera del cuento y la novela en gaélico irlandés, Liam O’Flaherty; aunque como refiere Luis Moreno Fernández en Escocia, nación y razón (CSIC, 1995), «Walter Scott, creador de la novela histórica, y el poeta Robert Burns fueron algo más que cumbres literarias de las letras escocesas». 

De cualquier manera, tomando en perspectiva que ambos países están íntimamente ligados por la cultura celta, el whiskey -o whisky, según la isla donde se beba- y el sentimiento de repulsión respecto a los ingleses, plantear cualquier tipo de debate sería estéril e injustificado. Por eso Robert de Bruce, primer soberano de Escocia y y legítimo braveheart vilipendiando por Mel Gibson, fue uno de los grandes promotores de la unión entre irlandeses y escoceses durante la baja edad media a través de una inspiradora carta que a la fecha no se sabe bien si precedió o justificó las ambiciones expansionistas de su hermano Edward del otro lado del mar.

Para hablar de patrimonios y legados es inevitable hacer escala en Dublín, la capital irlandesa fundada por los vikingos a orillas del río Liffey, donde se sigue resguardando en la biblioteca del honorable Trinity College la más grande colección de códices medievales, coronada por El Libro de Kells: un manuscrito en latín de Los Cuatro Evangelios con ilustraciones polícromas que representa el mayor tesoro cultural de toda la isla.

Qué decir también de los antiguos poemas medievales y la fascinante tradición oral irlandesa, recuperada, en gran parte, por el etimologista celta Whitley Stokes, responsable, entre otras cosas, de inspirar la obra cumbre del prerrafaelita Frederic William Burton: Hellelil and Hildebrand, the meeting on the turret stairs (1864), un cuadro en acuarela que fue votado hace poco más de un lustro como la pintura predilecta de los irlandeses. Al final, como dilucidaba Antonio Rivero Taravillo, traductor al castellano del libro de cuentos Deseo (Nórdica Libros, 2012)de Liam O’Flaherty, «Irlanda merecería respeto aunque solo fuera por haber tenido un alfabeto propio (el ogham, usado en inscripciones)».

Ahora bien, el mismísimo Julio Verne, el gran novelista de aventuras y ciencia ficción, le confesaría a Marie Adelaide Belloc, en una charla publicada en The Strand Magazine, que «durante una inolvidable gira a las islas británicas, pasé mis días más felices en Escocia» y que «para alguien que está familiarizado con los trabajos de Scott existen muy pocos distritos de su tierra nativa que no tenga alguna asociación con el escritor y su trabajo inmortal». Hay quien piensa, sin ánimo de restarle épica a las primeras grandes revueltas independentistas de William Wallace y al pragmatismo conciliador de Robert de Bruce, que a Escocia la inventó Walter Scott y la romantizó Robert Burns.

Cualquiera que haya estado antes en las escarpadas, salvajes y solitarias Tierras Altas escocesas, habrá sido testigo, entre el denso brezo de las colinas, el verde infinito de los valles y el rumor de la corriente, que se trata de un sitio encantado, un lugar que, como dice el gran poema de Burns, provoca que «donde quiera que vaya, mi corazón está en las Highlands», la montaña escocesa: ese gran símbolo de la resistencia jacobita, refugio para la supervivencia de los clanes y sala de máquinas de los comandos secretos antinazis durante la II Guerra Mundial. 

Qué duro debe ser elegir. Y como elegir es descartar, mejor tomarse un copa de jameson en cualquier pub mitificado por Joyce en Temple Bar y descubrir que Brendan Behan no era, como él mismo advertiría antes de morir a los 41 años, «un escritor con problemas de alcohol, sino un alcohólico con problemas de escritura» o enamorarse en Inverness y de Inverness y después reflexionar sobre que, quizá, nunca volverás a ser capaz de alcanzar aquel grado de plenitud emocional durante un viaje. Y luego, bajo el otoño perpetuo y la bruma solemne, seguir leyendo a Walter Scott y Robert Burns. 

1 thought on “La literatura como nacionalismo

  1. Excelentes crónicas , logran en la imaginación del lector estar presentes en el lugar y vivir las historias contadas .
    felicidades !!!

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