Para matar a los mongoles

Las patrullas se acercan más y mi hermano tiembla. Le canto como mamá hacía cuando él era bebé, pero mi voz se rompe porque tengo ganas de llorar. Diosito, en dónde estás. La oscuridad huele feo. Me mareo.

Mamá no me deja leer los libros de fantasmas que tanto me gustan, porque dice que alteran mi mente; pero cuando ella no está, hago un refugio debajo de mi cama y los leo.

Ya anocheció. Mamá aún no llega. Mi hermano está llorando otra vez.

— Mi mamá no va a volver — dice.
— Cálmate — respondo —. Ya no tarda. Seguramente se quedó platicando con sus amigas.
— No, fue mi papá — asegura —. La encontró y la mató.

Mi hermano piensa que papá se escapó de la cárcel para matar a mamá y hacernos maldades. A papá le gustaba golpearnos hasta el cansancio; nos quitaba la ropa, amarraba nuestros cuellos, nos colgaba en los ganchos que puso en el baño y nos pegaba como si fuéramos sacos de box.

— No, a mi papá se lo llevaron los policías, ¿ya no te acuerdas?
— Quiero a mi mamá — grita mi hermano. Tiene mocos en los cachetes—. Quiero que me abrace— dice, se acerca a la ventana y estrella su frente contra el vidrio.

Mamá abraza mucho a mi hermano. A mí sólo me da un golpecito en la espalda cuando cumplo años. Tía Claudia dice que mamá no me quiere porque me parezco mucho a papá y eso le trae malos recuerdos. No me importa. El amor es para los débiles.

— Ya, cálmate — ordeno —. Ven te voy a leer un cuento.
— No — grita —. Tus cuentos son muy feos. Siempre me cuentas cosas de aparecidos, de diablos y niños sin cabeza.

Siento que algo me posee. Me mareo.

— Que vengas. Soy tu hermano mayor y harás lo que yo diga. ¿Entendiste? — grito a mi hermano y le doy una cachetada. Él me mira sorprendido. Me dan ganas de pegarle hasta que se le abra la piel y se desmaye por el dolor. Corro al cuarto de mamá, tomo el cinturón más pesado, vuelvo y lo golpeo. Él se hace bolita y dice que ya no le pegue, que ya se portará bien conmigo.

— Para que llores con provecho— grito.

Me canso. Dejo de pegarle. Me siento en el sillón y lo miro. Está tirado en el piso; casi no se mueve. Se queja, dice que le duele, pero yo no sé en dónde, si me lo dijera, le pegaría con más fuerza en esa parte.

— ¿Qué te duele, chillón? —pregunto—. ¿Sabes qué me gustaría? Que papá vuelva y te encierre en el cuarto oscuro para que la bruja te asuste.
— ¿Por qué no me quieres, hermanito?

Intentan abrir la puerta. Seguro es mamá. Le digo a mi hermano que se calme, que no llore, le suplico que no me acuse.

— Si no le dices nada, te doy mis domingos y mi rebanada de pay de limón que está en el refrigerador — digo, y, como por arte de magia, mi hermano se calma, rápidamente va al baño, se moja la cara, corre a nuestro cuarto, se echa la cobija encima y finge que duerme.

Me quedo en la sala como decía mi papá: firme, soldado.

Nadie entra. Despacio me acerco a la ventana. Me asomo cuidando que la cortina no se mueva mucho. No hay nadie.

— No hay nadie— le grito a mi hermano pero no obtengo respuesta.

Voy al cuarto pero él no está. Es una trampa. Caí como un tonto.

Una vez, para vengarse de una travesura chiquita que le hice, mi hermano quiso clavarme un desarmador. Me persiguió por toda la casa con la herramienta en lo alto. Gritaba como apache.

Sin hacer ruido regreso a la sala. Encuentro el cinturón con que golpeé a mi hermano, lo enredo en la mano y me escondo detrás del sillón grande. Así le hizo papá una vez: se envolvió la mano con su cinturón de piel de serpiente amarilla, se escondió detrás del sillón y esperó a mamá para darle un golpe sorpresivo en la cabeza. Mamá se desmayó.

Leí en un libro que los mongoles ganaron muchas batallas por sus tácticas de guerra. Cuando invadían una ciudad, mandaban la caballería ligera al frente y el defensor, confiado, lanzaba sus tropas más pesadas para eliminar al invasor; la caballería mongola se replegaba y huía; el otro los perseguía y los mongoles restantes, escondidos, aparecían para destrozar al contrario. Eso haré con mi hermano. Que se confíe, que tome el desarmador que esconde debajo de la almohada y venga a buscarme. Le tengo una sorpresa al apache. Los mongoles somos muy listos.

En silencio mi hermano me busca; parece un ninja. Busca debajo de la mesa, en la cocina, en el baño, pero no me encuentra. Se rinde. Se queda parado en medio de la sala. Suelta el desarmador y corre hacia la ventana, se asoma y ahí se queda un rato, luego va a la puerta, intenta abrirla pero está cerrada. Eso es raro. Mamá nunca nos encierra

— ¿Dónde estás, hermanito? —grita, se pone de rodillas y llora. Pobrecito.

Salgo de mi escondite para abrazarlo pero es tarde: mi hermano me mira y sonríe. Tiene una Stillson en la mano. Esquiva mis brazos y me acomoda un buen golpe en la espalda. Nunca nos pegamos en la cara porque si mamá ve un moretón, ella nos hace diez. Caigo. Se me fue el aire. Diosito, no me quiero morir. Me ahogo y mi hermano salta alrededor de mí como si yo fuera fuego y él un brujo que adora al diablo. Ríe, salta, y, con un idioma que yo nunca antes había escuchado, canta algo que me asusta. El aire no llega. Diosito, ayúdame, no quiero morir, aún no he dado un beso de verdadero amor.

Lentamente el aire vuelve a mis pulmones pero no me levanto. Me quedo en el piso y cierro los ojos. Me hago el muerto. Una táctica de guerra que no he hecho antes. Este apache debe saber que se necesita más que un golpe en la espalda para matar a los mongoles.

Mi hermano se da cuenta que estoy muerto. Huye de la escena del crimen, se encierra en nuestro cuarto y a mí me toca actuar bien mi personaje. Me quedo ahí, tirado, sin moverme.

Después de un rato mi hermano sale de su cueva y muy despacio, como una caricatura muda, camina hasta donde estoy. Se detiene, me estudia. El apache tiene un martillo en la mano. Debo actuar muy bien o de veras me dolerá mucho el contrataque.

— Hermanito, ¿estás bien? — me dice y me da una patadita para comprobar si estoy vivo. No me muevo —. Hermanito, ya párate— insiste y esta vez con la mano comprueba si estoy respirando. Arroja el martillo. La herramienta está fuera de su alcance pero debo esperar. La otra vez por confiado me dio en la espalda y casi muero—. Jorge— grita y me sacude —, si no te paras me voy a matar— alcanza el cinturón que dejé en el piso y lo enreda en su cuello, como hizo papá cuando mamá dijo que se iría de la casa. La táctica de papá funcionó. Mamá se quedó. Esa noche papá y mamá se abrazaron y besaron mucho. Mi hermano ha intentado ahorcarse un par de veces pero eso no funciona conmigo. Soy un mongol, y nosotros tenemos corazones chiquitos. Además, soy un niño fuerte. Todos los días papá me pegaba mucho para hacerme de acero. A mi hermano no le pegó lo suficiente, por eso es débil y cree que lo del cinturón en el cuello me hará despertar —. Hermanito —vuelve a decir—. Ya párate. Mi mamá ya va a llegar y me va a pegar si te ve aquí muerto— mi hermano es inteligente, se da cuenta que el martillo está cerca de la escena y yo estoy muerto; lo recoge y lleva a la caja de herramientas. Tira el martillo y otra herramienta que llevaba escondida. Lo sabía: era otra trampa. Mi hermano va a la cocina, vuelve con un pedazo de carne helada, regresa, me alza la playera y lo pone en mi espalda. Yo aguanto el frío con valentía. Esto no es nada. En las madrugadas mamá me baña con agua helada cuando me hago pipí en la cama por una pesadilla —. Hermanito— insiste—, ya levántate. Mi mamá…

— Tu mamá no vendrá — digo con una voz ronca, como la de Batman—. Yo no soy tu hermano, pendejo — en la casa no podemos decir groserías porque mamá nos da un puñetazo en la boca si nos escucha, pero debo actuar bien mi papel. He leído en mis libros de fantasmas que la gente poseída dice muchas groserías.

Mi hermano se echa para atrás. Logré asustarlo. No me muevo. Hago mi risa diabólica. Eso me sale muy bien. Es mi superpoder. En la escuela asusto a los niños que están cagando. Si veo que alguien entra al baño, lo sigo, me meto al cubículo de al lado y hago mi risa diabólica. Una vez asusté tanto a Ramiro que él salió corriendo sin subirse los pantalones. Desde ese día le decimos el Caquitas porque olía muy feo. Me divertí mucho.

— Tu mamá no vendrá, mocoso pendejo —digo —. Te vas a quedar aquí conmigo para siempre. Te voy a matar y me llevaré tu alma al infierno. No puedes escapar — mi hermano llora y dice que no; yo hago mi risa diabólica porque quiero que llore hasta que se quede seco como las ranas muertas que tiene mamá en su habitación; quiero ahorcarlo para que se calle y estrellar su cabeza en el piso hasta que se le rompa.

Muevo lentamente mi pie. Mi hermano deja de llorar. Sin ver su rostro, sé que lo he impresionado. Muevo el otro pie. Sacudo mi cuerpo. Mi hermano reza pero no se acuerda bien del padrenuestro. Dice: Venga tu reino y haz tu misericordia. Su respiración se agita.

Vénganos tu reino y hágase tu voluntad… —corrijo con mi voz falsa mientras me pongo de pie.

Parado, me retuerzo como una marioneta y mi hermano grita. Despacio me pongo de puntitas, me elevo, mi hermano dice ay, diosito, diosito, ayúdame y se echa un pedo. Me gana la risa y entonces él se da cuenta que era una táctica de guerra. Corre a la cocina y toma un cuchillo.

— Te voy a matar— grita.

Corro hacia la puerta, intento abrir pero esta permanece cerrada.

— Estamos encerrados — le digo.
— Tú nos encerraste — grita.
— Yo no tengo llaves de la casa. Fue mamá.
— Mi mamá nunca nos encierra. Abre o te mato — amenaza y me pone el cuchillo en la garganta.

Nos quedamos quietos. Firmes, soldados.

Muchas patrullas se acercan a la casa. El sonido es más aterrador que el grito de La Llorona. Mi hermano y yo nos miramos sin decir nada. Reacciono: apago la luz. Mi hermano se acerca a mí, me abraza muy fuerte, nos hacemos bolita, juntos rezamos el padrenuestro, cierro los ojos y pienso: Esto no es verdad, no es cierto, diosito, esto es una pesadilla. En los pies siento la pipí caliente de mi hermano.

— Piensa en algo bonito — le digo —. ¿Te acuerdas cuando tía Claudia nos llevó a la montaña?
— Es mi papá —susurra —. Se escapó de la cárcel y viene para acá. De seguro ya mató a mi mamá, ¿verdad, hermanito?
— No, hermanito, no es él— le digo y agarro su cachete como si fuera un rosario—. Él está en la cárcel.

Su respiración se agita. Cuando se asusta mucho se le va el aire. Froto su espalda y le digo que se calme. Las patrullas se acercan más y mi hermano tiembla. Le canto como mamá hacía cuando él era bebé, pero mi voz se rompe porque tengo ganas de llorar. Diosito, en dónde estás. La oscuridad huele feo. Me mareo.

*

— Hermanito — dice mi hermano sacudiéndome —. Ya se fueron las patrullas. Escucha — presto atención. No sé cuánto tiempo ha pasado.

Sin prender la luz me acerco a la ventana y con cuidado me asomo para no mover demasiado la cortina. No hay nada.

— ¿Ya ves? No pasa nada — susurro. Me acerco a mi hermano. Él sigue echo bolita. Me abraza y llora pero sin hacer mucho ruido —. Ya no llores, hermanito — le digo.
—Te quiero mucho, hermanito. Perdóname —dice y busca mi oreja. Siempre que mi hermano me abraza cariñosamente me agarra la oreja. Mi hermano es el único de la familia que me abraza.
— Ya, tranquilo. Mi mamá ya va a llegar. Ya no tarda.

Algo en la oscuridad se retuerce. Algo truena como si se rompiera: un hueso… o una marioneta.

— No, mocosos pendejos. Su mamá no vendrá. Se quedarán aquí conmigo para siempre —dice alguien con una voz gruesa, como la de Batman, y luego se ríe diabólicamente.

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