Un romance furtivo en Oporto

Hellelil y Hildebrand, inmortalizados por el conmovedor cuadro en acuarela y gouache sobre papel de Frederic William Burton en la National Gallery de Dublín, son, por encima de Barbara Blomberg y Carlos V, Cleopatra y Marco Antonio o Anna Karenina y el conde Vronsky, mi romance furtivo predilecto; aunque de ninguna manera se pueda decir que la historia de amor entre Camilo Castelo Branco y Ana Plácido no vaya sobrada de épica y, cómo no, de desdicha.

Caminando por Oporto, tras la pista de la Torre de los Clérigos y luego de una brevísima aventura en la librería Lello e Irmão, la cual ya exigía visitarla incluso antes de que la democratizara -ay- la escritora británica JK Rowking en la saga de Harry Potter, hice uno de los grandes descubrimientos -a propósito de Fernando de Magallanes y Vasco da Gama- en mi hoja de servicio como viajero: un hombre mayor abraza y envuelve a una joven mujer desnuda. Al pie de los enamorados, una placa que reza: Amor de perdicao (Amor de perdición). Se trata de una escultura consagrada al gran escritor Camilo Castelo Branco que, con el permiso de la efigie de Pedro I de Brasil y IV de Portugal en la Plaza de la Libertad, supone el homenaje a la memoria histórica más emocionante de la antigua Cale, esa aldea celta en la desembocadura del Duero donde los romanos construyeron un puerto en el Siglo I a.C. para fortalecer la ruta comercial entre Braga y Lisboa.

El enredo amoroso, con embarazo de por medio, entre uno de las plumas más representativas de la literatura portuguesa -la misma que ha encumbrado al Nobel José Saramago, al poeta Fernando Pessoa y al indomable António Lobo Antunes- y la también escritora y esposa del indiano Manuel Pinheiro Alves provocó que ambos pasaran varios meses en una de esas siniestras prisiones decimonónicas acusados de adulterio, donde, a propósito de la insuperable atmósfera de intimidad, Castelo Branco, un romántico empedernido al que la incipiente corriente realista le parecía demasiado inmoral, escribiría precisamente Amor de perdición en apenas 15 días. 

Tras salir de la cárcel y con la muerte del esposo de Ana, vivieron juntos y tuvieron dos hijos más -el primero no sobreviviría a una meningitis, el segundo moriría tras ser internado por un trastorno mental y el tercero, también con una vida efímera, se caracterizaría por sus excesos y dispendios-. El primer día de junio de 1890, Castelo Branco, condenado a la fatalidad, se suicidaría con un disparo en la sien tras el padecimiento de una ceguera progresiva provocada por un accidente de tren; Ana Plácido le sobreviviría cinco años más hasta morir súbitamente, presumiblemente de tristeza, en São Miguel de Seide. 

Yo, debo decir, había llegado originalmente seducido por la historia de una de las pocas dictaduras fraguadas por un académico y no un militar -aunque habría que ver cómo terminó el pobre António de Oliveira Salazar tras 36 años de gobierno: postrado en una cama por un golpe en la cabeza, sin ser consciente de que había perdido el poder- y un Portugal-Holanda de fútbol, pero como venía de leer el “Bonus Track” de El Arte de llevar gabardina (Anagrama, 2019) de Sergi Pàmies, me encontraba especialmente vulnerable emocionalmente. 

Así, luego de reivindicar el amor de perdición, me quedé reflexionando sobre que Castelo Branco, a diferencia de Pàmies, sí encontró «ese punto de pirotecnia arbitraria que diferencia a los hombres memorables -los que insisten cuando les dicen que no, los que conducen con una sola mano y no se asustan cuando tienen que firmar el contrato de una hipoteca, rebatir la arrogancia de un inspector fiscal o viajar a Istambul- de los hombres simplemente necesarios».

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