Desde hace tiempo, cuando se habla de Alma Delia Murillo (Ciudad Nezahualcóyotl, 1979), predomina el relato histórico de que su penúltimo libro, La cabeza de mi padre (2022), es (o fue) uno de los libros más vendidos de México. También, que es autora de otros libros como Las noches habitadas (2015), El niño de que fuimos (2018), entre otros, y que ha escrito guiones para series de audio. Ni se diga que ha sido colaboradora de diarios de circulación nacional y otros cuantos espacios de diversas latitudes. Se recogen, con toda razón, sus logros.
Uno de estos últimos es, precisamente, su último libro, Raíz que no desaparece (Alfaguara, 2025), una obra que, al tiempo que reivindica y pondera la labor de los colectivos de búsqueda, retrata, desde la ficción, que al tiempo bebe de un ejercicio periodístico profundo, una de las realidades más atroces del México contemporáneo: las desapariciones forzadas.
Al respecto, Revista Purgante conversó a distancia con la autora sobre este último libro suyo y aquello que es imposible no mencionar de este país de desaparecidos, poniendo al frente la esperanza y ciertos visos oníricos para recuperarnos y hacer frente a la realidad desasosegante. Ver, finalmente, a ese México que muchas veces decidimos, deliberadamente, no ver.
***
Pienso que este es un libro muy diferente a todos los demás que has escrito. ¿Cómo fue, no sé si sacudirte un poco esas mañas o adoptar nuevas, y, al tiempo, qué retos presentó, qué disfrutaste, qué no disfrutaste tanto…?
Todos los libros se abordan de manera diferente. La cabeza de mi padre, que es, digamos, reciente publicación, anterior a esta, pues fue completamente un trabajo autobiográfico o de narrativa del yo, una autoficción, podríamos llamarle, que salió desde un lugar que tenía que ver con mi propia historia vital y mis reflexiones, etcétera, pero este otro, bueno y los anteriores también, son pura ficción: Los cuentos de maldad son un ejercicio en el que yo quería a través del humor burlarnos de nosotros, en fin, cada uno ha sido muy distinto.
Pero este en particular, por el tema, en Raíz que no desaparece, que hablo de las personas desaparecidas en México, yo sabía que éticamente lo mínimo que podía hacer era acercarme a los colectivos, acercarme a las familias buscadoras y no hacer una novela de escritorio, sentadita en mi casa, lo cual no tiene nada de malo porque pues la imaginación y la intuición y la creatividad, pues es de lo que se alimenta este oficio, pero aquí sí sabía que tenía que ir a hacer eso por ética, entonces, pues acompañé a las madres, hice trabajo de campo, estuve en jornadas de búsqueda, lo digo al final de la novela, entrevisté a algunas mamás de algunos colectivos, a algunas personas, familias buscadoras y luego claro, pues escribirlo fue como este híbrido que está a caballo entre la crónica periodística y la ficción y, si me apuras, un poquito que linda con lo fantástico, porque ir incorporando el elemento de los árboles como aliados de las familias buscadoras que les empiezan a dar señales de dónde están sus hijos o el elemento de los sueños, aunque parezca muy fantástico, es de hecho algo real, es algo que me compartieron las mamás: que al soñar con sus hijos, sus hijas, sus hermanos, su familiar desaparecido, pues sueñan pistas muy nítidas y muy puntuales de por dónde podrían estar.
Entonces, fue un poco una experiencia completamente nueva, entre reconstruir, sabiendo que estoy ficcionando, pero (es) algo que atestigüé realmente, una especie de crónica, meter estos elementos más literarios como los árboles, los sueños, hay mucha poesía a lo largo del libro. Y, por otro lado, el gran reto de no perder nunca el horizonte ético, eso lo hizo muy difícil, o sea, te regresas todo el tiempo a leer que si lo que escribiste no estará diciendo algo indebido, no estarás usando un lenguaje que pueda resultar revictimizante o insensible, o sabes, desde mi burbuja privilegiada qué estaré diciendo, ese reto fue también muy, estuvo muy presente todo el tiempo en mi proceso de escritura esta vez.
La importancia de que el libro no pareciera un “les estoy dando voz”, ¿no?
No, qué horror, qué horror, justo eso no quería, exacto.
Tocas el tema de la naturaleza, que es, al tiempo, esa idea fantástica. ¿Siempre estuvo presente el deseo de abordarlo desde ahí o surgió conforme fuiste platicando con las madres buscadoras y fue entonces que te sirvió para unir toda esta historia y que fuera, de alguna manera, un poco más liviano? Porque, bueno, al final se trata de un tema muy duro como lo son las desapariciones forzadas y no forzadas aquí en México.
Sí, pues mira, un poco nos encontramos en el camino. Yo tenía la idea de los árboles, quería que los árboles hablaran y también tenía el enorme reto de que no tuvieran una voz humana, no quería poner un árbol humanizado, sino buscar algo que fuera un poquito más allá, por eso las partes donde aparecen los árboles son como científicas, botánicas, son señales que empiezan a dar su comportamiento vegetal, ¿no?
Y esto nació, ya lo he contado en varios medios, porque nos regalaron la metáfora perfecta al cortar la palmera de Reforma y sembrar una ahuehuete que se murió, y que se murió rodeado de imágenes de rostros de personas desaparecidas, porque muy pronto se convirtió en la Glorieta de las y los Desaparecidos, entonces yo ahí dije: wow, ese árbol se murió, se murió rodeado de eso, esto quiere decir algo o simbólicamente me mueve a explorar algo, y cuando ya estuve en mi acompañamiento con las jornadas de búsqueda de las madres buscadoras, que siempre son en montes, en bosques, en zonas agrícolas, alrededor de donde hay cuerpos de agua, quiero decir ríos, lagos, etcétera, pues está lleno de vegetación, y caminando ahí con ellas, ellas mismas decían: si los árboles hablaran, si ellos nos pudieran decir. Y en efecto hablan, si ellas, las mamás, ya saben leer estos terrenos, no.
Saben cómo cambia la vegetación donde posiblemente hay alguna fosa clandestina; cómo cambia los troncos de los árboles que se ven, por ejemplo, ennegrecidos: quiere decir que por ahí hubo alguna ejecución o que, bueno, pues se usó benzina para quemar, entonces pues eso fue como cada vez más potente, dándome el eje de que los árboles nos cuenten algo. Y me puse a leer todo lo que pude sobre botánica y sobre inteligencia vegetal desde el punto de vista científico y fui seleccionando aquello que le funcionaba esta historia. El mecanismo que tienen de mimetización las plantas, los árboles, yo lo pongo en la novela; el mecanismo de defensa que tienen de cerrarse estas plantas que cierran sus hojitas es porque tienen memoria vegetal de algo peligroso, entonces, lo pongo en la novela, de secretar sustancias como para atacar a quienes los están atacando.
A los árboles o a las plantas las pongo también en la novela, y eso deriva en un ganado infectado que la gente se come, que tiene una consecuencia de una colitis hemorrágica. En fin, también quería provocar con la idea de estamos alterando el ecosistema con violencia y nosotros los seres humanos que no somos más que un mamífero más en el ecosistema; antes o después nos vamos a ver afectados también, no creamos que esto está tan lejos. Así es como surgió, y luego, más bien, me fue atrapando. Al final yo decía: los árboles me hablan con toda certeza, ¿no?
Me parece que tanto esa idea de los árboles abordada desde distintos puntos de vista, como la poesía, son los elementos que dan esperanza dentro de esta historia. ¿Fue harto intencional el sensibilizar a través de estos elementos para que no fuera esto un ejercicio frívolo y lleno de datos como a veces es leerse un artículo periodístico?
Sí, totalmente, porque el lenguaje importa mucho y yo creo que en este momento está pasando algo muy especial con el lenguaje en México para hablar de la violencia. Primero, no tenemos suficiente lenguaje, o a lo mejor sí tenemos, pero tenemos miedo de usarlo. Entonces, estas discusiones que se han gestado de por qué decimos centro de exterminio, o ahora con el hallazgo de Teuchitlán, por qué decimos crematorio. No digan eso.
Y, por otro lado, todo es estadísticas. Cuando yo terminé esta novela, que fue en noviembre de 2022, doy un dato final de 124 mil, 125 mil personas desaparecidas, el día de hoy son 132 mil y han pasado ocho meses. Pero este dato pues nos va gradualmente habituando a escuchar un dato que está por allí, como un ruido sordo, como un ruido blanco y precisamente, sí: yo creo que lo que tenemos que hacer es mirar las historias.
Por eso esta es una historia de una mujer que se llama Ada, que está buscando a su hijo Marcos, pero que sí sueña, como las madres sueñan, como me lo contaron, que lo tiene que buscar en un árbol. Yo tampoco hice esto como para rellenar; en efecto son elementos que los colectivos de búsqueda también tienen, también les escriben cartas.
Hay un libro que cito al final, que se llama Memoria de un corazón ausente, que coordinó Jorge Verástegui, que está buscando a su hermano Antonio, a su sobrino Toñito y que forma parte del Colectivo de la Glorieta de las y los Desaparecidos. Y él coordinó este libro y son puras cartas, son cartas de las familias, de las madres, de las hermanas, a sus familiares desaparecidos y esas cartas son muy conmovedoras porque las cartas simplemente es el relato de una vida que no se ha interrumpido. Entonces, les escriben para contarles: hoy comimos lentejas; ayer vino tu tía María; el carrito que dejaste estuvo jugando tu sobrino con él, o sea, esas cosas no son cartas para hablar de grandes discursos y reflexiones filosóficas, son cartas de la vida cotidiana que tienes tú seguramente con tu familia y que tengo yo con la mía de nuestras cenas navideñas donde salen una y otra vez los relatos familiares que nos agotan y a la vez nos hacen ser esa familia.
Y eso, esas cartas, esos árboles, esos poemas, era mi manera de decir tenemos los demás, los que no tenemos una persona desaparecida, que vincularnos con la profunda vitalidad y el amor que sostiene a los colectivos, dejemos de tener la idea de que nos vamos a acercar a la muerte o que nos vamos a acercar a lo puramente doloroso. No, no, no, no, nos vamos a acercar a esto otro que es que es vital, que es amoroso, que es que es indestructible, es indestructible. Entonces bueno, pues por eso, por eso fui tejiendo este relato así, también con elementos que me dieron ellos.
¿Por qué escribir sobre esto en estos tiempos tan convulsos, tristes, inmediatos y repletos de malas noticias?
Precisamente un poco con una necesidad de ir a contracorriente de eso. Ya de entrada el aliento que necesita la lectura de un libro es distinto al scroll que le das a TikTok o a Instagram, que además yo pienso también que esto nos está haciendo un daño cognitivo muy serio: de incapacidad de atención, de retención, y no lo digo yo, lo dice la Organización Mundial de la Salud. Realmente hay una crisis de salud mental y cognitiva a partir de este sobreconsumo desmedido de información visual.
Y un libro pues te toma otro tiempo, te aparta de la pantalla, te hace seguir una historia y otra vez humaniza: ya no sólo es un número, ni el momento más violento, ni el vídeo más culero, sino un relato que vas acompañando, por eso. Y también, porque con esta intención de hacer memoria, donde parece que la memoria no cabe, porque todo va rapidísimo y el trending topic del momento dura dos horas, las novedades nos duran dos horas, o menos, hacer memoria en dos sentidos.
Por un lado, por las familias que ya no están haciendo búsqueda en vida, que pasaron del periodo de presunción de vida y tienen suficientes pruebas para saber que buscan un cuerpo y que quieren preservarlo y conservarlo a través de resistir en la búsqueda, pero también de la memoria, que se sepa, o sea, por eso están las imágenes por todas las ciudades del país ya, de las personas desaparecidas, por eso perseveran.
Pero también por la memoria de este periodo histórico en México. Siempre digo que qué miedo que dentro de 100 años llegue un Milei mexicano, y convenza, dentro de 100 años, a las personas de entonces, que este periodo no existió, que no hubo personas desaparecidas, que no vivimos esta crisis como Milei convenció a un grupo de votantes que se informan en TikTok de que no hubo dictadura y que no hubo desaparecidos en Argentina. También con ese sentido, y por eso la novela tiene entre los cinco capítulos fichas reales de búsqueda de personas desaparecidas, cómo se llaman, dónde y cuándo desaparecieron, que hablan en primera persona y que te dicen: si estás leyendo esto, posiblemente te pueda ocurrir también a ti, y tiene una lista final muy larga, son casi 800 nombres de personas desaparecidas que dicen en qué ciudad y en qué año desaparecieron, porque pues a lo mejor, no sé, dentro de muchos años lo que queda es aferrarnos a estos libritos, a estos otros testimonios fuera de lo digital que parece ser lo que hoy nos tiene obsesionados y esquizofrénicos, hiperestimulados de realidades que parecen así, esquizofrénicas, locas, una y otra tan distinta.
Pues por eso y porque soy mexicana, porque no puedo negar, sobre todo escribo, (porque) el oficio de escribir necesita un sentido más que ninguno o dos, te diría, que son el oído y la vista. Y yo llevo escuchando durante los últimos 18 años a miles de familias buscando a 130.000 personas desaparecidas, ni modo que no, si mi oído está registrando eso, yo necesitará escribirlo. Bueno, al menos yo, que estos son los temas que tienen mi corazón. Luego no tengo más explicación que esa, pues, ¿por qué?, porque mi corazón está ahí.
Me parece un poco o mucho fascinante y aterrador que tenga que venir la ficción a recordarnos que esta es la realidad o las realidades que tenemos allá afuera. ¿Cómo observas tú eso como escritora, como persona sintiente de todo este mal? ¿Hacia dónde vislumbras que esto pueda ayudar? ¿Cómo observas tú ese fenómeno?
Mira, pasan cosas cuando tienes el privilegio y la fortuna, como tengo yo, de la herramienta de la escritura, de ficción, de aspirar a hacer literatura, que puedes recurrir al lenguaje simbólico y el lenguaje simbólico es bien poderoso y puede llegar a otros lugares donde no llega lo puramente realista o hiperracional. Como esto de los árboles, de los sueños, en algún momento en la novela empiezan a aparecer incluso los códices: el Códice Florentino, el Códice Mendoza, porque resulta que hay un hongo que está hoy en el presente, narrado de la novela, pero que parece ser un hongo que viene desde el periodo de la conquista, que existe cuando hay demasiada muerte en la tierra, zompantle.
Todo eso es muy difícil hacerlo a través del periodismo o a través de una nota, y bueno, ya no digamos de un expediente judicial o de un informe estadístico de la Comisión de Búsqueda, etcétera. Entonces, para eso existe la literatura y la narrativa: para jugar en el mejor de los sentidos con este lenguaje simbólico que dice cosas, que te cuestiona, que te va sobre todo abriendo preguntas, más que dando respuestas, que esas no las tenemos, y tampoco se escribe para eso. Y en ese sentido escribir se parece a buscar, ¿no? Porque es a partir de una carencia que se avanza.
Eso, por un lado, y, por otro lado, cuando tú agarras un libro que quizá no es tanto periodístico ni pura realidad, sino un librito como este que es una narración, pues estás en solitario tú y el libro y esas dos soledades que se encuentran pueden propiciar un espacio diferente, ¿sabes? Donde aparezcan otros tiempos, otras emociones, otra manera de aproximarte, y, finalmente, porque la literatura o el arte representa la realidad y eso ya nos ayuda.
Es como quien va a terapia. Cuando uno va a terapia, en la terapia ocurre este proceso de representación, de reconstrucción, de volverte a narrar tu historia, aquello que te duele… Pues es como si las expresiones artísticas fueran la terapia de lo colectivo, que ahí lo reelaboras, lo vuelves a narrar, te emocionas desde lugares diferentes. Entonces, yo no sé si al final sirva exactamente para algo, pero sí nos acompaña de manera diferente. Me gusta más pensar en un acompañamiento desde un lugar distinto, pues eso.
Sé que te acompañaron durante la escritura las madres y los padres buscadores, estos colectivos de búsqueda, pero ¿hubo algo más? ¿Libros, música? Esos libros, esos artistas o qué sé yo, que siempre están ahí acompañándote cuando ya no sabes hacia dónde ir.
Yo sí escribo así. Fíjate, necesito estar junto a mis libros, uno se va volviendo bien neurótico o muy neurótica. Yo, por lo menos: cada vez me cuesta más escribir las cosas de mi biblioteca, porque, digo, el poema ese donde Zurita dice: y si no estoy aquí… Entonces, por supuesto que me acompañaron los libros, cito muchos de ellos al final, sobre todo de botánica: Estefano Mancuso, Santiago Beruete, pero también gente muy aguda que está analizando la violencia en México, como Rosana Reguillo, que escribió esto que se llama Necromáquina: Cuando morir no es suficiente, y mucha poesía. Toda la novela, sobre todo los fragmentos en que los árboles ven a Ada llegar a enterrar las cartas, comienza siempre con un poema.
Me acompañaron mucho los libros, me volví a leer el Códice Florentino, o sea, La historia general de cosas de la Nueva España, y la encontré fascinante. Estaba yo picadísima con mi mamotreto diciendo: claro, yo no había entendido nada de esto cuando lo leí de morrita en la escuela, ahora lo entiendo, o, ahora me significa algo a partir de donde lo estoy mirando.
Y la música, fíjate que la novela al principio se llamaba Raíces extrañas, porque yo rumiaba mucho esta canción que en realidad es un poema que hizo famoso Billie Holiday, Strange Fruit, que habla de las ejecuciones durante este periodo de persecución de las personas negras en Estados Unidos, los colgaban de los árboles, y esa canción dice que los árboles dan frutos extraños.
Yo pensaba: en México lo que tenemos extrañas son las raíces, porque las fosas están ahí abajo. Al final se llamó Raíz que no desaparece y estoy muy contenta con ello, pero esa canción, Strange Fruit, que es un poema, la escuché infinitamente, al punto que se deconstruyó en el significado, que me dolía mucho.
Ahora mismo me hace llorar a lo que huele, a quemado, “huele a quemado”, dice en un momento el poema. Porque yo cuando me fui con las mamás, hice esto que hacen ellas, de meter la varilla y sacarla para percibir el aroma que les diga si hay o no un cuerpo ahí y además son ellas ya tan agudas que distinguen si ese cuerpo es fauna, algún animal de por ahí, o en efecto es un cuerpo humano.
Escuché mucho esa música y luego escuché K-Paz de la Sierra sin parar, porque es lo que las mamás escuchan cuando regresan de las búsquedas, muchísima música así que pues más te levanta el ánimo y las ganas de bailar. Porque para eso somos mexicanos, ¿no? En algún momento en la novela digo: aquí el luto y la fiesta son uno mismo, porque, si no, no sé cómo sobreviviríamos.


