¿Qué nostalgia real se puede sentir por un pasado que aún no se pierde en la tiniebla de la memoria?


¿Qué nostalgia real se puede sentir por un pasado que aún no se pierde en la tiniebla de la memoria?

Me alegro de que no haya sido el 1984 de Orwell, sino sólo el 1984. Quizá por eso confío en la información que me proporcionan mis recuerdos.

Leo, sigo creyendo, porque alguna vez alguien me leyó primero.

Regreso a casa y sigue siendo martes. O el día en el que hayamos quedado líneas más arriba. Recuerdo haber leído anoche una línea de Gospodinov que decía “no podemos huir de aquellos a quienes hemos olvidado”.

Llega el momento de preguntar por indicaciones para no perderme. Al perderme encuentro. O me encuentro.

A diferencia de Teseo, yo no llevaba un hilo que me permitiera recorrer el camino a la inversa para poder salir de ahí.

Hoy, orgullosamente, al iniciar cada conferencia en la que me toca participar me presento así: Juan Pablo. Pepenador de historias.

¿Qué caducidad tiene una palabra? ¿Cuánto dura o permanece en nosotros o en quienes sirven de receptores?

Escribí —de mi puño y letra— una carta, o nota, o declaración, o confesión, o todo eso junto, en un papel, y la lancé al Pacífico dentro de una botella.

Encendí la lámpara que alumbra el lugar donde suelo leer. Abrí la bolsa de estraza que llevaba y decidí que el sueño repetitivo que había comprado fuera acerca de ti.

A 103 años del nacimiento de la escritora neozelandesa Katherine Mansfield, Carlos González Martínez traduce para Purgante uno de sus relatos insignia.

Después Sofía, quieta, hablaba las letras góticas del instructivo que sabía de retentiva, lo que tarda llegará, sostenía en fa o en sol o en mi subrayado de flores amarillas y limonadas, pasaba el turno al lado, debes encontrar los dragones en el tapiz.

Apenas ayer leí que subrayar un libro que te gusta es similar a subirle el volumen a tu canción favorita.

Una tristeza definitiva invade mi endeble alma, así que siento que podría derrumbarme ahí mismo como una marioneta cuyos hilos son cortados repentinamente.

Es probable, también, que haya huido al lugar donde las historias jamás contadas residen.

La pregunta, ahora entonces, se transforma: ¿cómo quiero recordar lo que quiero recordar? ¿O es que sólo va a existir si agrego, de forma aleatoria, sustantivos y verbos o algún adverbio incauto y advenedizo a este texto?

Ahora sólo queda cuidarla, drenarla adecuadamente y esperar a que todo aquello que dije y no dije, pero escribí, pueda existir en algún sitio de tu memoria.

No queda ni rastro de nostalgia o tristeza. Ahora solamente hay un poco de esperanza, tal y como cuando nadaba de niña.

Alejandra recorrió cada rostro como quien hace inventario antes de liquidar una tienda, con una ternura agotada.

Se pone gorra, o bloqueador en la calva si la olvida; deja su cinturón en casa; y nunca usa la playera de su equipo para evitar los insultos del fanático bravucón.