Categorías
Poesía

Casi humanos

Ahora llevo descalza largo tiempo, / mirando las ruinas de la iglesia / de este pueblo abandonado.

Si pudiera comunicarme con mi yo muy lejano,
si pudiera enviarle señales desde aquí,
entonces me aparecería con los deslumbres
de un foco que ya no funciona.

Explotaría y después me haría oscuridad.
Me convertiría en experta sobre la manera en la que todo desaparece.
Así ya no podría hablar de todas las cosas que me aterran. 

Ojalá nunca me hubieran enseñado a escribir. 

Ni a llorar
Ni a vivir
Solo así, no nombraría los demonios repartidos en mi cuerpo. 

¿Que hago con todos los fantasmas que habitan en mi espejo? 

Nos miramos.
Nos miramos con los ojos que nos quedan. 
Y fingimos.
Improvisamos que no existimos en la vida del otro.
Y mentimos. 
Digo que soy la adulta que exhibo ser, 
que exijo ser, que anhelo ser
como si una parte de mí aún esperara que, 
entre mentira y mentira,
algo se volviera verdad.

Y después recuerdo que
hasta un reloj descompuesto
da la hora exacta dos veces. 

Dejé de perfumarme con agua de flor marchita.
Descubrí que no sé amar y que me gustaría tener el valor sobre hablar de hacer las paces
con las puertas cerradas.
Estoy harta de moverme.
Estoy harta de quedarme quieta.

Como ser humano, ¿tengo derecho a la incongruencia?  

Ya no tengo más palabras para dar.
Lo único que tengo en mi poder
es el cuerpo,
la carne
y el músculo,
que, hasta cierto punto, ya no me pertenecen.

Tengo un hobby secreto: desenredar las plantas de las flores.
Me siento en silencio. Las oigo. 
Se aferran a la vida a pesar de todo. 
A pesar de mis manos sobre su cuerpo verde. 
Desenredo.
Llevo mucho tiempo haciéndolo.
No tengo manos para dar vida.
No desean mi amor.
Ni las palabras que quisiera decirles, se las ahorran y mueren. 

Es el invierno, pienso. Solo es el invierno. 
Todo muere. 
«Si vas a atreverte a decir algo,
dilo ahora», susurran. 
Ya no tengo más que decir, solo pensar. 

Y si me sacaran este vacío
que me atraviesa las entrañas y hablara, 
tal vez así podría preguntarle que le sucede
a esta ciudad que no para de llover. 

¿Cuál es esta maldición de tomar siestas
en invierno y soñar que es verano? 

Y viceversa

Ahora llevo descalza largo tiempo,
mirando las ruinas de la iglesia
de este pueblo abandonado.

Llevo más de un buen rato en silencio,
escuchando sus pobres gritos fúnebres
en un lenguaje que solo pocos podemos interpretar.

Maldita sea, la mía. 
Grita.
Solloza.
Casi me revienta los tímpanos
y yo solo quedo ahí, de pie,
sin poder decir nada.

Me pregunto, si alcanza a escuchar
cómo mi corazón se golpea contra mi pecho.

Quiero decirle que yo también
estoy hecha ruinas, 
pero no hablo el lenguaje
de las iglesias abandonadas. 

Solo puedo escuchar sus sollozos. 
Ver las telarañas en sus esquinas. 
El moho adherido a la cantera del siglo XVIII. 

Las ramas reclamando su existencia,
apoderándose de ella
como si algo pudiera quedar.

Y si solo somos la expresión de alguien más
que quiso que existiéramos a través de lo que sentimos. 

Y si solo el tiempo podía ser tiempo
a través de nosotros. 

¿Y si somos obras maestras que nos negamos a la interpretación?

¿El olvido sabrá que existimos?
¿Nos dejará ofrendas de amor recordando
lo que fuimos capaces de sentir? 

El olvido nos verá desde el otro lado del espejo.
Sabrá nuestros nombres
y lo que escondemos
en lo más oscuro de nuestros cuerpos.
Guardará nuestra parte más bella escondida,
a oscuras, segura.  

El olvido recordará, de lo que estuvimos hechos. 

Yo, 
por un instante humana, 
por un segundo, 
reparada, 
intercambiada por una eternidad fragmentada. 

¿Qué es la inmensidad si no las grietas que carga? 

Solía besarte los labios
como si se tratara de un deseo
que nunca aprendí a musitar.

Ojalá se llenen de sangre tus venas
y tus pies jamás encuentren
el camino de regreso a lo que fuimos.

Ojalá algún día no tenga que fingir,
que lo que deseo no es lo que deseo. 

Y si tuviera la libertad de desear y anhelar,
¿tendría que volver a esconderme de mí misma?

Estoy harta de escapar de la bruma. 
Ahora ella conoce todos mis escondites.
Bruma eres y la bruma está ansiosa de ser bruma.

Un ser humano más se rompió,
y si nadie pudo oírlo,
¿de verdad estuvo roto?

De nuevo, atrévete a desear y no desear: 
ojalá me olvides,
ojalá me desvanezca en tu recuerdo, 
ojalá no recuerdes
mi nombre, ni mi piel, mi voz,
mis manos temblantes ese agosto lluvioso,
ni mis susurros en la oscuridad,
ni de donde vengo, 
ni lo que negaste
una vez susurrado de tus labios. 

Ojalá olvides los secretos que compartimos.
Que no me recuerdes en un trago denso
de un diávolo de verano. 

Ni en los escritos abandonados
entre las paginas de un libro sin dueño.

Ahora estoy aprendiendo a no soltar mis pies. 
¿Desde cuándo un amén en mis labios
se disfrazó de mito?

Mientras esta ciudad duerme, 
empiezo a olvidar el timbre de tu voz.