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Citius. Altius. Fortius. (X,Y y Z)

¿Qué caducidad tiene una palabra? ¿Cuánto dura o permanece en nosotros o en quienes sirven de receptores?

Cuando Dios creó todas las cosas, allí estaba la Palabra.

Juan 1:2

Hoy leía Novela natural, de Gueorgui Gospodinov. Habla sobre el peso de las palabras y el origen de ellas. Propone, asimismo, algunos cuestionamientos sobre el sexo y el género de éstas. La trama gira en torno a un escritor que se divorcia y busca su propia redención a través de escribir “en tiempo real” una novela.                                       

Pensé, entonces, no solo en el peso, también en la posibilidad de ser capaces de medir una palabra. Primero, creo, que sería justo establecer que una palabra al estar escrita, o ser mencionada, puede poseer una extensión. Si, por ejemplo, yo escribo la palabra “recuerdo” en este documento de Word, su tamaño es de 12 puntos. Ahora, si esa misma palabra la imprimo en una hoja y registro su tamaño con un escalímetro, resulta que mide 1.6276 centímetros de ancho por 0.308 centímetros de alto. 

Quizá esa sea su medida. O no. Las palabras poseen una tercera dimensión. La profundidad. El problema de esta escala es la imposibilidad de establecer una unidad de medida. ¿Por qué? Porque va a depender de un contexto. O de un emisor. O del mismo receptor. Con estos mismos elementos esa dimensión puede variar de acuerdo con las circunstancias. Incluso puede ser que ese eje del plano cartesiano tienda a cero. ¿Dependerá de la forma en que se decodifica la palabra? ¿Incluso de factores externos…? Una palabra puede sonar o verse hermosa con sol, la misma puede ser clasificada o medida como incómoda o hiriente en una noche cualquiera de otoño. La profundidad puede incluso tener un peso específico o no tenerlo y –esto es importante– puede mantenerse durante un tiempo indefinido. Lo que nos lleva a otra dimensión que podríamos contemplar: el tiempo.

¿Qué caducidad tiene una palabra? ¿Cuánto dura o permanece en nosotros o en quienes sirven de receptores? ¿Dónde leemos la vigencia? ¿Podemos meter una palabra a un refrigerador y conservarla? ¿Empacarla al alto vacío, a pesar de que implique que la profundidad sea cero? ¿Son el cerebro o el alma o el corazón una especie de bodega donde podamos apilar todas las palabras que queramos? ¿Reciclarlas, reusarlas, reclasificarlas? ¿Tienen (tenemos) la capacidad de almacenar todas? ¿Cómo las ordenamos, por tamaño, por profundidad o por su longevidad?

¿O simplemente las sentimos? Y esa es –tal vez– la forma de medirlas.

Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.