Categorías
Poesía

Cláusula final

Te quiero.
Y casi todos mis poemas terminan ahí,
como si no supiera
cerrarlos de otra forma.

¿Sólo los poemas?
No.
También las cartas.
Los “hasta luego”
que se pudrieron en promesas.
Los finales que juraron volver
y aprendieron a marcharse.
Todo eso,
lo clausuré con un te quiero.

Pero este no.

Este poema
es una esperanza torpe,
una presión antigua
atascada en la garganta,
todo lo que no digo
cuando me miras fijo
y me acomodo en tu regazo
como si no temblara.

Te quiero, imbécil.
Y digo imbécil
porque no conozco otra palabra
que amortigüe
la imprudencia de decirlo.
Porque pasé semanas
postergando esta voz.
Mi voz.
Y no hay verdad
más indecente
que ésta.

Te quiero.
¿Y para qué te quiero?

Verás, hombre corpulento
que inunda la habitación entera
y aun así se cree pequeño: 
te quiero por la forma
en que tus brazos
cierran filas
alrededor de este cuerpo roto,
excesivo, frágil,
este manojo de nervios
mal cosido.

Anhelo tus manos cansadas,
gastadas por el oficio,
pero exactas.
Firmes.
Las únicas que conozco
capaces de sostener sin miedo.
Las mismas que deseo
me aprendan
sin prisa.

Tu lengua,
tan sabia
que ignora su ciencia.

Son tantas cosas.
Y, aun así,
tengo que irme.

Me aterra tanto
cerrar con un te quiero.
He perdido demasiado
después de decirlo claro,
de frente,
sin bajar la voz.

Así que mejor
dejemos esto abierto.

Ojalá coincidamos pronto,
gran tonto.