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Poesía

Colisión

Puede ser que la memoria sea una trampa y el deseo una forma de gravedad.

Entre lo que envejece y lo que no envejece
se estira el silencio como un universo sin bordes,
nadie pregunta por el principio
porque toda respuesta llega tarde.
Hay burbujas de tiempo flotando en la nada,
universos que nacen sin memoria,
otros que mueren sin haber sido mirados
sin testigos respiras como gusanos
en la cáscara de una nuez. 
¿Dónde ocurre la verdad última?
Tal vez en la grieta entre dos realidades,
en la colisión invisible de lo posible
con aquello que nunca sucedió.
Envejece la materia,
se desgasta la forma,
pero no envejece la pregunta
ni el vértigo de no saber.
Somos apenas una ondulación mínima
en una espuma que no tiene nombre,
un temblor en la piel de algo inmenso
que jamás sabrá que existimos.
Somos la desarmonía de las calles
que otros matan
un grano pequeño pequeño
en el cuerpo de una ballena 
Y sin embargo, pensamos,
y al pensar abrimos grietas,
y en esas grietas se cuela la sospecha
de que todo podría ser distinto.
Quizá otro yo eligió otro camino,
quizá otro mundo nunca colisionó,
quizá si la verdad se fragmenta
cada vez que intentamos nombrarla.
Entre lo que envejece y lo que no,
queda este instante suspendido,
sin testigos, sin certeza, sin regreso,
ardiendo como un error necesario.
Y aún así decimos “mañana”,
como si el tiempo nos perteneciera,
como si el universo esperara
a que por fin lo entendiéramos.
Y sin embargo, en otra burbuja,
esos mismos ojos recuerdan distinto,
no buscan, no tiemblan,
no temen a los demonios que aquí nombramos.
Puede ser que la memoria sea una trampa
y el deseo una forma de gravedad
que arrastra todas las vidas posibles
hacia un mismo error luminoso.

Entre lo que envejece y no envejece
 cruza una señal imperceptible,
 una huella de colisión antigua
 en el fondo del ser.

Quizá somos ese eco,
 la distorsión de algo mayor,
 la cicatriz de dos infinitos
 que se rozaron sin entenderse.