A lo largo de la historia, el demonio (Satán, el diablo, lucifer) ha sido representado de diversas formas en el arte: puede ser de forma sutil, como la maldad dentro de la condición humana en el cuento de Gabriel García Márquez, Un señor muy viejo con unas alas enormes (1968), donde un ángel es encerrado y maltratado por una familia miserable (inspiración por cierto, para la banda R.E.M y el icónico video de Losing My Religion, 1991); puede presentarse también de manera alucinante, como en la película de Carlos Reygadas, Post Tenebras Lux (2012), en la cual un espigado luzbel se pasea dentro de casa, acechando, con el fulgor rojo que rebota en las paredes.
En forma de animales malignos, niñas poseídas o dentro de canciones malditas, pinturas siniestras y poemas satánicos, el anticristo se hace presente en todas y cada una de las disciplinas artísticas, pero, sobre todo, en la literatura.
Resultaba necesario que alguien se diera a la tarea de reunir una antología con los mejores relatos y textos sobre el maligno, y quien mejor que el gran Jorge de Cascante, acompañado por el ilustrador Alexandre Reverdin, en la hermosa edición de Blackie Books (la misma triada de esa otra joya llamada El Gran Libro de los Perros, 2019): El gran libro de Satán: Los mejores relatos, ensayos y poemas de la literatura maligna universal (2024), 666 páginas con 56 relatos largos y más de 400 cortos, con belcebú como protagonista o bien secundario inquietante.
Lejos de ser una llave que abra un portal a los infiernos, la obra es un viaje literario rebosante de humor y terror, que presume ser la antología diabólica más completa que existe en el mundo, escudándose en nombres como Clive Barker, Nathaniel Hawthorne, Dante Alighieri, Joan Aiken, Kelly Link, Charles Baudelaire, Ursula K. Le Guin, Ana María Matute, Mark Twain, Karen Russell, Shirley Jackson, Alejandra Pizarnik, Marguerite Duras, Leonora Carrington, Manuel Puig, entre muchos más.
Un gato negro que defiende a su familia del demonio, ojos verdes que esconden ideas perversas, niños que se aparecen en parques e invitan juegos infinitos y proverbios del infierno firmados por William Blake, las formas y estilos en las que el diablo extiende su maldad, son divididas por el editor en seis apartados: Queremos tanto a Satán, El diablo toca la flauta, Satán tiene un trato, El diablo está dentro de mí (el mejor sin duda), Satán al habla y El diablo cabalga de nuevo, con el aderezo en cada página de los diecisiete millones (sí, millones) de dibujitos de Reverdin.
Joya indispensable para cualquier biblioteca, El gran libro de Satán exhibe la constante presencia del mal, siempre tentando a la condición humana y en muchas ocasiones, dirigiendo su destino. En El hueco que deja el diablo (2007), de Alexander Kluge, se cuenta que el Museo del cine de Berlín restauró algunas de las películas de Friedrich Wilhelm Murnau para ofrecer una retrospectiva de su obra; durante los trabajos de preparación, se encontraron cuatro latas con material en 35 mm, pertenecientes al filme Fausto (1926). Remata el autor: “En la fantasmagoría, basada en la proyección, se ve al diablo detrás de una máquina, operando los controles”.


