¿De qué manera influyen los espacios físicos en nuestra imaginación y creatividad? ¿Qué papel juegan en el proceso de escritura? La escritora Isabel Parreño parte desde este punto de partida en su último libro, El último refugio (2025), publicado por Ediciones Menguantes.
Desde los primeros compases del libro la autora nos sugiere una verdad latente: los espacios de creación jamás son neutros. Todos ellos tienen un contexto y están cargados de simbolismos. No solo albergan nuestras presencias, sino también pensamientos, discursos o gestos invisibles que terminan sedimentando en la escritura. Como ya anticipaba Gaston Bachelard en su ensayo La poética del espacio (1958) el entorno físico es el molde donde el ser humano forja nuevos significados y experiencias.
Con esta premisa, Parreño emprende un viaje que no empieza con un pasaporte ni con un mapa desplegado, sino con una pregunta: ¿Cómo respiran las habitaciones donde escribieron Virginia Woolf, Anna Ajmátova, Karen Blixen y Emilia Pardo Bazán? A partir de ahí la autora traza un recorrido literario y sensorial que atraviesa ciudades, paisajes y casas, ahondando en el territorio de la intimidad creadora.
En este libro cada espacio funciona como un refugio y como un espejo. Parreño se acerca a ellos con un respeto casi ritual, consciente de que en esos objetos aparentemente corrientes —una mesa desnuda, una ventana entreabierta, un cuaderno — late una parte esencial de la obra de esas autoras. No se trata de reconstruir sus biografías, sino de comprender el clima emocional que posibilitó su escritura, aquello que rara vez aparece en las cronologías pero que condiciona, de forma decisiva, el acto creativo. Isabel explica que visitar las casas de los autores es una forma de prolongar el placer de la lectura. Cuando un libro marca, surge una especie de “orfandad” al terminarlo; ir a su hogar es buscar al ser humano que hay detrás de las páginas, entender el contexto físico y sensorial (los sonidos, la luz, los objetos) que alimentaron sus obras.
Como ocurre en los viajes que dejan marca, El último refugio no busca imponer una visión, sino abrir umbrales. Parreño escribe desde una mirada que observa y escucha, que reconoce en cada habitación una historia hecha de resistencia, de deseo y de búsqueda. Hay una delicadeza constante en su prosa, una voluntad de recordar que los lugares que habitamos son también los lugares que somos.
La elección de estas cuatro figuras responde a la voluntad de la autora de reivindicar a mujeres que compartieron una vocación literaria inquebrantable, desafiando las convenciones sociales de su tiempo en una búsqueda constante de independencia vital y creativa. Bajo el sello de Ediciones Menguantes, esta entrega destaca por su valor visual, integrando planos y fotografías propias de la autora y procedentes de los archivos de las casas museo. Con ellas, Parreño construye una suerte de mapa afectivo donde lo doméstico deja de ser un simple decorado para convertirse en territorio literario. La editorial logra aquí su propósito: transformar el libro en un refugio con voz propia, diseñado con una delicadeza técnica que lo hace tan habitable como los hogares que describe.
El último refugio es, en definitiva, un recordatorio de que la escritura no nace solo de las ideas, sino del modo en que habitamos el mundo. Se lee como un viaje circular: uno que empieza en la habitación ajena, atraviesa la nuestra y termina, inevitablemente, en ese lugar interior donde escribimos incluso cuando no lo sabemos. Parreño nos invita a entrar, con la delicadeza de quien abre una puerta sin hacer ruido, y nos recuerda que todos, en algún momento, buscamos ese último refugio que sostiene nuestras palabras.


