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Evaporar. Condensar. Precipitar. Repetir.

Escribí —de mi puño y letra— una carta, o nota, o declaración, o confesión, o todo eso junto, en un papel, y la lancé al Pacífico dentro de una botella.

A year has passed since I wrote my note
But I should have known this right from the start
Only hope can keep me together
Love can mend your life but
But love can break your heart

Message in a Bottle; The Police (1983).

El ciclo del agua es un concepto que se enseña a los niños cuando recién ingresan a la educación primaria y que se profundiza en sus etapas —evaporación, condensación, precipitación, etcétera— entre el tercero y el quinto grado. Esto lo leí apenas en Google.

Yo no recuerdo cuándo lo aprendí. No identifico si Miss Lupita o Miss Lorena fueron quienes sembraron en mi cerebro esa semilla. Hace apenas unos años lo revisité, estudiándolo con mis dos hijas para sus respectivos exámenes. Hoy, sin embargo, pude —de alguna forma— corroborar, quizá de manera empírica, la validez de esos conocimientos adquiridos.

Hace unas semanas fui a conocer Puerto Escondido y playas circunvecinas. Me gustó el desenfado con el que se vive ahí. No es el perfil de lugar que escogería en este momento de mi vida, pero no pude evitar sentir cierta envidia por la despreocupación que se respira en el sitio.

El viaje duró apenas unos días. Los suficientes como para guardarlos en un cajón especial. Estuve en Zipolite, Mazunte. Caminé por la playa. Comí delicioso, recibí al menos media dotación de vitamina D. Es un hecho que disfruté cada minuto de ese fin de semana largo que me regalé. Lo necesitaba en muchos aspectos. La arena, el silencio, la música, las mañanas y las noches que guardé de vuelta en la maleta serán, en algún punto, materia de una sonrisa. No como motor de nostalgia, sino como testigo de que la felicidad existe.

Entre los entresijos de mi visita había uno que tenía en la mira. Quizá, por la forma en que suelo vivir este tipo de cosas —callado y poco elocuente—, no lo busqué comentar con alguien más. Además, seguramente me hubieran tachado no solo de inútil, sino también de no colaborar de ninguna forma con la salud de este planeta y el futuro de las especies marinas. Escribí —de mi puño y letra— una carta, o nota, o declaración, o confesión, o todo eso junto, en un papel, y la lancé al Pacífico dentro de una botella. Sí, como pudiste verlo hoy, trataba de ti.

Resulta extraño comprobar de esta forma —única— que no solo el agua es la que se evapora. Eso ya se sabía desde hace siglos. También tenemos el conocimiento de que el vapor de agua asciende por la atmósfera y, por el cambio de temperatura, se condensa. La densidad se sitúa entre los 0.5 y 2 gramos de agua por metro cúbico, formando los cúmulos típicos y —más, menos— unos cinco litros de aire equivalen a una gota de lluvia. Insisto, eso está escrito en los libros de texto. También está comprobado que el papel sumergido en agua salada experimenta una rápida degradación: absorbe humedad, lo que provoca expansión, distorsión y el debilitamiento de su estructura física.

Quizá un mensaje embotellado no fue la mejor de las ideas. Quizá no contemplé que el vidrio pudiera romperse debido al choque del mar contra una roca, un arrecife, incluso un bote. Lo que estoy seguro de no haber contemplado es que las letras que escribí en ese papel —debilitado y consumido por el mar— fueran a evaporarse, recorrer cientos de kilómetros en las corrientes de aire y que, finalmente, se condensaran y precipitaran justo aquí, encima de tu casa; y que todas esas gotas con letras y frases, que siempre quise ocultar como mis pensamientos, quedaran impregnadas y se secaran — para leerse — justo en el parabrisas de tu auto.

Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.