Si no existimos en la memoria de nadie, ¿existimos en lo absoluto?
Las tempestálidas; G. Gospodinov
La maleta se veía impecable. Presentaba un desgaste menor en las ruedas y el color negro de estas —por el desplazamiento— se había tornado un tanto gris. Era —la maleta— del tipo que uno puede llevar a bordo de un avión sin necesidad de documentarla; quizá tenía cierto parecido con esas que utilizan los visitadores médicos. El hombre que la acarreaba lo hacía con dificultad o, siendo más preciso, con un excesivo cuidado. Hubiera sido muy difícil establecerlo desde la distancia.
Lo más destacable, o lo único que resaltaba a simple vista, era un rótulo —porque no era un adhesivo— en uno de los costados. Decía “Frágil” en altas y bajas, en tipografía Helvetica Bold, en un color ¿verde olivo?, quizá un poco más claro. Además de la palabra estaba el icono, y ambos abarcaban —al menos— un tercio de la superficie de forma vertical, de abajo hacia arriba (si tomamos como base las ruedas). Quizá para él resultaba importante dar una imagen de seriedad y profesionalismo.
Al llegar al sitio se sentó en los escalones que colindan con la Torre del Reloj, en el Parque Lincoln. Era una tarde agradable. El sol empezaba a tomar rumbo hacia el Este, para tomarse ese respiro fugaz entre una jornada y otra, al otro lado del planeta. El hombre recostó la maleta, deslizando el zíper para mostrar su contenido, y empezó a levantar la voz como quien quiere hablarle al viento para forzarlo a cambiar de dirección. Me imaginé a Melquíades, sí, el de Macondo, anunciando sus prodigios a un mundo recién creado.
Me llevó unos segundos entender —o quizá “masticar”— eso que sonaba en el aire. Fue entonces cuando puse la debida atención a lo que ofrecía. Las personas a su alrededor caminaban rumbo a sus diferentes destinos sin interesarse demasiado. Partes de una vida que no fue; sensaciones que nunca tuvo que usar; pedazos de historias que guardaba por separado y que buscaba embonar; bocetos de lugares por construir; sentimientos que nunca a nadie usó; planes de un futuro promisorio; letras y frases para textos inconclusos; charlas con personas que jamás existieron; historias de amores efímeros; olor a pertenencia. Con el café aún sin terminar en la mano, me levanté del lugar en el que me encontraba y me acerqué.
Al anochecer, ya en casa —todavía asombrado de lo que había visto horas antes—, me senté en silencio. Encendí la lámpara que alumbra el lugar donde suelo leer. Abrí la bolsa de estraza que llevaba y decidí que el sueño repetitivo que había comprado fuera acerca de ti.

