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Hasta mi boca, un grito

Una vez superado el sobresalto que provocan los once gritos que conforman la antología, la lección es evidente: el cuento escrito por mujeres en México, territorio incómodo donde los haya, goza de una salud envidiable. 

La cuentista y poeta Aniela Rodríguez, seleccionada en su día por la revista Granta como una de las mejores narradoras jóvenes en español, se propuso reunir once voces de mujeres de distintas latitudes y generaciones para conversar con el grito prefigurado por Rosario Castellanos en su legendario poema “Silencio cerca de una piedra antigua”.

Publicado por Editorial Gato Blanco e ilustrado por Vero Anaya, el libro antológico Hasta mi boca, un grito oposita a ser uno de los acontecimientos literarios del año en México por dos motivos fundamentales: la fuerza que transmite para desentrañar la violencia cotidiana que asfixia y esa voluntad intertextual a la hora de trazar una cadena virtuosa entre las autoras tuteladas (Victoria Carreón, Montserrat Báez Jiménez, Mena Cajica-Solís, Mariana Riestra, Maitane Aguirre, Itzel Romi, Irasema Corpus, Gabriela Robles, Daniela Cifuentes, Clara Christiane y Ana Jácome) y sus célebres prologuistas (Brenda Lozano, Didí Gutiérrez, Liliana Pedroza, Bibiana Camacho, Lola Ancira, Laura Baeza, Sabina Orozco, Alma Mancilla, Elisa de Gortari, Marxitania Ortega y Ximena Santaolalla). 

De modo que el libro sirve, además, como un mapa sentimental y narrativo que permite reparar en las grietas que amalgaman gran parte de las pulsiones —y aflicciones— que sustentan la eclosión de nuevas voces femeninas en el panorama editorial en México.

 

A lo largo de las páginas que conforman Hasta mi boca, un grito es posible, gracias al delicado trabajo de acompañamiento de los textos, percibir esa tensión constante entre tradición y ruptura a la que refiere Aniela en el prólogo, quizá el más grande logro de la antología en términos de estilo. 

Hay una compulsión digna de elogio por incomodar, por enseñar los dientes. Pero también por acariciar y sostener. Por ennoblecer esos primeros impulsos que luego se convierten en hábitos. Por inventariar memorias y rituales colectivos. 

En el microcosmos que aglutina los textos se asoman heridas que se revelan en casas de infancia, cajas a medio llenar, silencios ensordecedores, tiempos sin tiempo, pasillos de madera que crujen, medias desgarradas, broches oxidados, gestos de ternura, miradas compasivas, deseos corruptibles, muebles imperturbables, pedazos cortados de libros, yemas peladas, expresiones adormiladas y voces que sacan del ensueño. 

Una vez superado el sobresalto que provocan los once gritos que conforman la antología, la lección es evidente: el cuento escrito por mujeres en México, territorio incómodo donde los haya, goza de una salud envidiable. 

Por Ricardo López Si

Periodista, viajero y escritor.