Los chavales ya no quieren canciones tristes,
sólo necesitan un iPhone.GIGANTE – LEIVA
No sé si fue cuando entonó aquello de todo esto, al fin y al cabo, no es nada personal o si fue sintiéndome ya derrotado por el invencible de repente la ciudad huele demasiado a ti, pero en cuanto Leiva terminó de cantar El polvo de los días raros me giré hacia Ricardo y le dije, palabras más, palabras menos, «es su Al lado del camino; es su Peces de ciudad». Lo tuiteé unas horas después, apenas llegué a casa. Hay momentos en los que los artistas componen una canción que resulta ser brutalmente superior a su repertorio y a su propia dimensión creativa. Qué ganas tengo de ver cómo envejece esta canción: qué lugar ocupa en su repertorio y en qué parte del show termina acomodándola, le dije a Evelyn. Ahora mismo aún carga con el plástico fino del sencillo reciente.
Se está quedando sin voz, dije varias veces a lo largo de la semana. Me estoy quedando sin voz, dijo él por ahí de la quinta canción. Tiene un problema crónico: la cuerda vocal, digamos, se ha hecho más y más fina. Podría uno decir lo mismo sobre su lírica. Las canciones que escribió para Pereza, el dueto que tomó por asalto la radio española en una época dominada por Los Rodríguez, La Oreja de van Gogh o M-Clan, son, en su mayoría, letras de las que hoy se desmarca; su concierto en el Auditorio Nacional fue una noche más en la que el público lo despidió pidiéndole Princesas y él simplemente se llevó las manos al corazón a modo de respuesta. Tampoco sonó Animales, un himno de juventud y excesos; sus canciones actuales, autorreferenciales y crudas, tienen bastante más profundidad. Quienes hemos acompañado a Leiva hemos crecido con él: Gigante es un álbum que complementa perfectamente lo que en 2019 trazó con Nuclear. Siempre vas a perder; siempre te va a doler.
A lo que iba, entonces, antes de la digresión: Leiva está perdiendo la voz. Arrancar una gira lo obliga a operarse en pos de tirar un poquito más. Es una tragedia que no deja de resultar curiosa: Leiva, desde por ahí del 2017, se ha convertido en el productor de cabecera de Joaquín Sabina, asumiendo el puesto que durante bastantes años ocupó Pancho Varona. Sabina se despidió de los escenarios; no así de la vida artística y la posibilidad de, por ahí, si se alinean los astros y sale el sol en la Plaza Tirso de Molina, sacar un álbum. El de Úbeda delimitó que la confección de canciones y el espectáculo en vivo constituyen dos polos que ya no se tocan. Benjamín Prado, Fernando León de Aranoa y Leiva parecen acompañar en lo primero; Antonio García de Diego, Jaime Asúa, Mara Barros y compañía componen lo segundo. Leiva funge, entonces, como cómplice de alguien que lleva varios años coqueteando con el retiro y cantando sobre la decadencia y la pérdida de la voz. El contra todo pronóstico vuelvo a la carretera que escribió Sabina junto a Prado y Leiva no está tan lejos de lo que éste último debe estar pensando hoy en día. Leiva está perdiendo la voz y, además, protagoniza una encarnizada cruzada contra las redes sociales, quizá el espacio más democrático para, sí, erigirse con una voz y, sobre todo, acallar las demás. Serial killers, masa madre; TikTok y su puta madre, canta en Hasta que me quede sin voz. En Cortar por la línea de puntos, uno de los momentos álgidos del nuevo disco, carga contra el hecho de construir una imagen superficial a partir de las redes, sean las que sean: no sabes si eres real ni lo sabrás; nadie te va a conocer jamás. Me acuerdo, entonces, por supuesto, de Sabina ante todo un Luna Park diez años atrás: cuando yo escribí esta canción no existían ni Facebook, ni Twitter, ni hashtags, ni la puta que los parió.
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Resulta interesante ahondar en el lirismo de Leiva si lo establecemos como alguien a quien no le gusta demasiado revisitar la propia obra. El madrileño ha delimitado que teorizar sobre sus canciones es poco más que una pérdida de tiempo. Ni siquiera yo sé lo que a veces quiero decir, dijo hace poco; es el tiempo, los años, lo que me da cierta perspectiva; si escucho hoy algo que escribí hace cinco o diez años puedo adivinar mejor en qué momento estaba o qué quería decir, cosa que en ese momento no tenía demasiado clara. Quizá Gigante, una obra tan autorreferencial, pueda fungir como un punto y aparte en esta manera de verlo. Todo el mundo sabe ya que estoy tuerto. / Que desnudo parezco un insecto y vestido un señor. Leiva sufrió a los doce años el disparo en el ojo de una pistola de balines que, sí, en efecto, lo dejó tuerto. La gente no lo sabía, sin embargo; o, mejor dicho, lo supo en cuanto salió el álbum y Leiva lo cantó en Ángulo muerto.
Joaquín Sabina escribió Lo niego todo hace nueve años y en ella renegó de todas las nociones que el personaje le había conferido: cantante de orquesta / Dylan español / vendedor de humo / rey de los suburbios / juglar del asfalto / etcétera. Sabina niega el personaje que existe únicamente a partir del bombín y el escenario. El escenario trastoca y transforma: exige un disfraz. Leiva, me atrevo a decir, es igual en el barrio y en el escenario: es indisociable uno del otro, quizá porque su carrera ha sido una búsqueda constante por rebosar el escenario de aquella honestidad brutal que Andrés Calamaro encontró en el hecho de publicar un álbum de 38 canciones: uno de los esfuerzos más loables por trazar en un solo disco lo que es el inconsciente de un artista y que no es otra cosa sino el loable intento por traslapar al sujeto al arte. Puede que Gigante sea, al final, un álbum que borra las distancias entre artista y público al mostrarlo tal cual es.
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Un artista puede ser desmesuradamente bueno, pero se le juzgará en su mayoría por lo que consiga hacer mientras el foco de grabación marque rojo en el estudio y, por decirlo de algún modo, quede para la posteridad. Hay un precepto cinematográfico que dice que aquello que no está dentro del encuadre no existe; así, podríamos definir también que lo que ocurre fuera del tiempo de grabación tampoco está -ni estuvo- ahí. Ambas nociones son falsas, desde luego: lo que no es visible o audible se intuye. Son el principio de la neurosis del artista, sin embargo: quiero que todos vean lo bueno que soy cuando nadie me ve; quiero que todos sean partícipes del mundo que está en mi cabeza y soy incapaz de transmitir. Meme del Real, una cuarta parte de Café Tacvba, lo contaba de otro modo en una entrevista: una banda jamás va a llegar al que cada uno de sus integrantes considera que es su potencial real por el mero hecho de que cada decisión tomada por la banda es, en realidad, un ejercicio de paciencia y una conclusión en la que cada cual debió, en mayor o menor medida, ceder. El artista, salvo que sea un auténtico elegido, quizá no alcanzará la mejor versión posible durante la grabación: una buena medida para notar la grandeza es definir cuán mejor suena en directo. Leiva, dicho sea de paso, suele dejar en el escenario absolutamente todo. Leiva, por supuesto, tiene extraordinarios discos y en directo es aún mejor.
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El setlist, como todo en la vida, no fue perfecto. Extrañé En el espacio, tal vez una de las proezas más grandes en la carrera de Leiva y cuya interpretación en vivo resulta apoteósica. Costa de Oaxaca debiera ser obligatoria en su transbordo por México y tocar Godzilla, esa melosísima balada, se antojaba necesario si contábamos ya con la presencia de Ximena Sariñana. Siempre ha de faltar una rola, suele decir Joselo Rangel. Luego tenemos artistas que han creado tanto que están condenados a la ausencia de varias.
Salí del Auditorio con una línea que sigue en mi cabeza: a veces he esnifado desquiciado el polvo de los días raros. Me sorprende que el adjetivo raro, vituperado por el mundo literario, prohibido en talleres de poesía y casi tan amplio como decir que algo resulta interesante, sea protagonista de dos de las mejores canciones en español en los últimos veinte años: Los días raros, de Vetusta Morla, y El polvo de los días raros, de Leiva. Es, cuando menos, interesante. La nueva normalidad se explica a partir de la extrañeza.
Leiva me hace pensar en lo afortunado que soy al haber elegido los artistas que elegí para crecer con ellos, avanzar con ellos y significar o resignificar mi vida a partir de lo que le ocurra musicalizada por lo que toquen ellos. Bandas van, bandas vienen, pero hay cuatro o cinco artistas que se quedan. Leiva está ahí.

