La incomodidad no siempre es mala. No cuando hace mella lo suficiente en uno y sacude pensamientos vetustos y desecha rastros de una podredumbre hoy ininteligible. Dicho lo anterior: qué extraña la sensación de que te guste algo que no has podido disfrutar del todo porque te ha interpelado. Pasa con los libros casi todo el tiempo. Esta cosa entre tinieblas (Debate, 2025) de la escritora Mar García Puig (Barcelona, 1977) encaja casi perfecto en ese espectro de incomodidad-reacción-disfrute-interpelación.
En el pasado Hay Festival Querétaro, Revista Purgante platicó con la también editora y filóloga al respecto de este libro breve que camina con frenetismo entre la literatura, las mujeres y las metáforas.
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Hay muchas cosas de las que podemos ir hablando, pero algo que no puedo olvidar es el tema de las metáforas, que apareció todo el tiempo ahí y que buscas explicarlo a través de las metáforas y es un espiral bastante lindo. Más allá de cómo utilizaste este recurso, que incluso es muy… evidente y juegas con él todo el tiempo, valdría saber: ¿De dónde viene eso? ¿Quién te pegó esa gana de la metáfora?
No sé, me parece muy interesante. Yo de formación soy lingüista y en los años 80, 90 se produjo aquello que le llamaron los estadounidenses y los ingleses el linguistic turn, algo así como el giro lingüístico, ¿no? Donde la filosofía, la sociología, más allá de la lingüística, empezaron a interesarse por el lenguaje como aquello que nos define. Y se acuñó aquello del lenguaje performativo, como que a la vez que hablamos cambiamos el mundo.
Y como persona a quien le gusta la literatura y que vive un poco a través de la literatura, me atraía mucho hablar de las metáforas, porque si hay algo que cambia el mundo mientras hablamos son las metáforas, porque es una forma de… lo que podemos imaginar es lo que podemos crear.
Entonces mi editor, después de La historia de los vertebrados, que es mi primer libro y que encontró bastantes lectore, me dijo: ¿por qué no hablas de lo que te dé la gana, sin presiones? Y dije: hombre, pues quiero hablar de las metáforas, que es un tema que siempre me ha apasionado, porque… No somos conscientes del poder que tienen y de la cantidad de metáforas que pronunciamos.
Ahora tú y yo, si estuviéramos una hora hablando, pronunciaríamos 360 metáforas. Y cada una de estas metáforas son una elección. Usamos unas y no otras. Y con eso hablamos mucho de quiénes somos y de dónde vivimos. Un poco, de alguna manera, entonces, sí, hablar de lo que te diera la gana, pero también explorar una cuestión tuya identitaria a partir del lenguaje, ¿no? Mía identitaria y creo que un poco de la identidad de todos y todas, ¿no? Y hacer un poco consciente la gente del poder del lenguaje.
Desgraciadamente, estos días que estamos viviendo todo el tema de Palestina, si nos paramos un momento a escuchar cómo se habla de los palestinos muchas veces, nos daremos cuenta de la cantidad de metáforas que se usan y del poder que tienen. De hecho, el libro empieza con una cita de un lingüista de la COF que dice que las guerras a las metáforas pueden matar, ¿no? Y efectivamente cualquier guerra, cualquier genocidio ha usado un sistema de metáforas potentísimo; su poder está en que nos pasa desapercibido. Hacernos conscientes de las metáforas es ser más poderosos y poderosas.
Hemos aprendido, a lo mejor sin querer, a normalizar ese lenguaje bélico y violento, y, por ende, a normalizar esta cuestión de la guerra porque, como dices, claro, citando a otro autor: que todo es como una lucha y que todos quieren tener todo el tiempo la razón. ¿Esa es una de tus preocupaciones? O, no quiero decir obsesión, pero…
Sí, no, pero me gusta, ¿eh? Obsesión, o sea, soy una persona muy obsesiva. De hecho, la idea de la obsesión respecto al lenguaje me gusta. Porque es algo que me fascina a la vez que me preocupa. Y es un poco obsesivo ese análisis del lenguaje desde ambos puntos de vista. Nunca he querido caer en esas cosas inocentes de la literatura nos hace mejores, todo eso, porque nos puede hacer mucho peores, pero ahí está la conciencia crítica.
Y, por ejemplo, el uso de metáforas… hablamos constantemente en un lenguaje bélico. Muchos lingüistas lo han analizado. Usamos muchísimas metáforas sobre la guerra. En el libro, como dices, lo cuento un poco. Y creo que cuanto más conscientes seamos del lenguaje que utilizamos, de todo lo que podemos cambiar a través del lenguaje, podemos romper esas cadenas que el mismo lenguaje provoca. El lenguaje, como todo, tiene esas dos caras ambivalentes.
Hay mucha amplitud, te vas a Disney y a la página siguiente estás hablando de mitología griega. ¿Qué tiene de complicado eso a la hora de que lo escribes? Conjuntar cosas que parecen de pronto tan dispares y que al final resulta que no, que uno puede creer que están en las antípodas, pero en realidad cuando empiezas a hablar y empiezas a tejer, está muy todo conjuntado.
El hilo conductor es como un poco el yo, mi experiencia. Recientemente estamos asistiendo a la literatura del yo escrita por mujeres, que mucha gente la denosta, como diciendo, muchos críticos, que es una literatura muy ensimismada, egocéntrica, y a mí me parece todo lo contrario.
Y me gusta hablar desde el yo como una forma de tejer, como esa especie de trenza donde se van tejiendo todos los elementos que van saliendo y como una forma de conjuntar el ensayo más puro y duro con lo narrativo. Y ahí, una de mis referentes es Annie Ernaux, la premio Nobel de literatura francesa, que en el discurso cuando recogió el premio Nobel decía que ella utilizaba siempre el yo porque creía que la historia de la literatura era la historia también de la lucha por ganarse el derecho a hablar desde el yo, y que las mujeres, sobre todo las mujeres de origen más popular, habíamos llegado últimas a ese derecho, y que por tanto ella no iba a renunciar a ese derecho.
Pero otra cosa también muy interesante que decía, que ese yo, para que estuviera en esa línea de una libertad ganada, tenía que ser un yo transpersonal, que desde el propio yo llegara. También ese es un poco mi objetivo al usar el yo, que de alguna forma pueda hablar de un tema que pudiera parecer tan árido como las metáforas y el lenguaje, a través de lo que para mí es el lenguaje y la metáfora, que es vida y vivencia pura. Y ahí pongo mi historia como una forma de llegar, de crear ese transpersonal del que hablaba Annie.
De alguna manera se cree que el ensayo está relacionado con las cuestiones más académicas, un poco como lo más pesado o aquello que es necesario que esté replegado de citas y que sea demasiado erudito, a veces ininteligible. Incluso que, en lugar de que se acerque la gente al ensayo, termina siendo todo lo contrario. Pero, creo que tu libro va a contracorriente: busca y complejiza, sin alejar. ¿Es, de alguna manera, como un objetivo claro que tienes a la hora de escribir o solamente cuando escribes ensayos?
No, yo creo que, y lo has dicho muy bien lo de complejizar, lo cual no quiere decir que la lectura tenga que ser árida o difícil, pero sí entender que no hay una única mirada sobre las cosas. Una de las voluntades de este libro, y también de la anterior, es no cerrar. A veces el ensayo más clásico, incluso la novela, se habla de una novela redonda, y de esos libros redondos, yo creo que lo redondo, lo que se cierra completamente, y más en temas como la locura o el lenguaje, nunca se cierra del todo y eso me gusta. Y creo que hay una tendencia a buscar la pureza y la simplicidad también en la literatura y que tenemos que abrazar la complejidad, lo cual, insisto, no quiere decir dificultad, sino que las cuestiones tienen muchas caras y diferentes tiempos y diferentes ritmos y tal. Y también la contradicción, ¿no? Muchas veces la gente me dice, no entiendo cuál es la tesis de tu libro. Y digo, eso está bien. Para mí eso es bueno, porque mis libros no son libros ni de tesis, ni que te dirijan a un sitio concreto, o al menos no es a lo que aspiro, ¿no?
Creo que cada vez están más diseminados los límites de lo que son los géneros literarios, ya solamente los ponen para poderlos colocar en algún estante de la librería, porque si no sería un completo desastre. ¿Cómo observas esa cuestión?
Es complicado, pero ¿sabes qué creo? Que… estas etiquetas lo que hacen son un poco simplificar la literatura, y creo que cada vez es algo que habla mucho de nuestro tiempo y muchas escrituras. Mujeres lo están haciendo para mí de forma magistral: romper con los géneros y mezclar ensayo con ficción y autoficción y biografía y memoir e incluso poesía.
Me parece muy interesante porque en un mundo tan complejo la literatura se complejiza también, los géneros se complejizan y lo que es un cuento pierde un poco porque yo por ejemplo creo, y no sé si estarás de acuerdo, pero yo creo, por ejemplo, este libro también habla de amor, en el fondo también es una historia de amor-desamor, ¿no?
Yo creo que todos los libros en el final son de historia de amor.
Historia de amor y de familia, ¿no? Y eso se puede hacer a través del ensayo, a través del tratado, a través de los manifiestos. También tiene un poco de manifiesto, yo creo, de panfleto. A mí, por ejemplo, la literatura panfletaria me gusta y también quería hacer un pequeño homenaje a esa literatura. Es cierto que puede resultar difícil y la verdad es que este tipo de libros que desafían un poco los géneros, sufren mucho en librerías. Por ejemplo, este libro me lo han puesto muchas veces en lingüística y yo no creo que sea un libro de lingüística, al lado de Chomsky. Pero el mundo está organizado por etiquetas, igual que la psiquiatría, que yo hablo mucho de locura, está organizada por etiquetas, y cuesta mucho desafiar esas etiquetas. A veces las etiquetas nos dan paz, pero también nos limitan mucho. Y es ese equilibrio que es complicado entre la paz que encontramos con la etiqueta y la definición y la cárcel que a veces supone también literaria.
Pero en ese sentido es un poco una apuesta para el desorden también, ¿no?, y lo fragmentario también.
La idea de fragmento como que me interesa mucho, y creo que, si queremos ver un todo, tenemos que verlo desde los diferentes ángulos y eso solo se consigue con lo fragmentario.
Dices, en las primeras páginas, que vives a través de la literatura. Me gustó mucho esa frase. Pero no porque creas en la permanente bondad del verso. Quería preguntarte, porque le doy muchas vueltas: ¿cómo reflexionas tu propia frase? Porque me parece muy interesante, sobre todo porque vivir a través de la literatura es algo… denso.
Sí, y es algo que puede resultar doloroso, ¿no? Ahora, estos días ha habido una polémica muy grande en España porque hay una influencer que se llama María Pombo que ha dicho que no lee y que la gente que leemos, a ver si nos creemos mejores, que no somos mejores.
Bueno, yo no sé si somos mejores, iguales, no entro en esa polémica, pero lo que sí que sé es que no toda la literatura lleva a la bondad, en absoluto. Es una idea como muy inocente. No toda la literatura nos hace mejores. Y eso desde el feminismo es algo muy claro. Yo, por ejemplo, estudié literatura inglesa y cuando me confronté con Shakespeare con 18 años, en pleno apogeo de mi feminismo y cuando me estaba concienciando como feminista, me encontré un escritor absolutamente misógino. normal, porque si vivimos en un patriarcado, pues es normal que la literatura sea patriarcal y machista. ¿Qué hacemos con eso? ¿Qué hacemos las que queremos disfrutar porque hemos disfrutado con Shakespeare y no queremos ni sentir culpa ni dejar de disfrutar con Shakespeare? Y ahí es donde entra esa idea de impureza, de contradicción, de vivir a través de la literatura, pero siendo consciente que la literatura también puede ser nociva y dañina, esa conciencia crítica, creo yo.
Creo que empata con otra cosa que escribías, que se trata también un poco de hacerle trampas a la vida. De alguna manera estos ensayos, cuentos, son un escondite para la ficción. A lo mejor muy mínima, pero no quiero preguntarte para qué crees que sirve la literatura, ni de qué o si nos va a salvar de algo o si, como dice la influencer, nos va a hacer mejores personas, sino, cómo observas este fenómeno tú, ¿qué reflexión te merece que la literatura nos sirva para repensar o recordarnos la cotidianeidad?
Yo creo que, sobre lo que decías de la ficción, que cualquier libro tiene ficción. No porque sea inventado, sino porque constantemente inventamos. Cuando hablo de que hacemos trampas a la vida a través de la literatura, por ejemplo, el tema del amor y el desamor me interesa mucho. Cuando empiezas una relación, cuando te enamoras, tienes que creer que va a ser para siempre. Aunque las estadísticas te digan que no, ¿no? Pero tienes que crearte esta ficción, porque si no, no vives el amor bien. O al menos es lo que me pasa a mí y a muchísima gente. Y como eso, muchísimas cosas. Muchas veces me preguntan cuál es mi metáfora preferida y me gusta mucho la metáfora de que nosotros mismos somos narradores no fiables de nuestras vidas, como en esto que te decía del amor, como nos autoengañamos y lo hacemos para sobrevivir. Y precisamente eso es a lo que nos ayuda la literatura, a sobrevivir, a creer, a ver lo que es posible.
Por un lado, a darnos cuenta, como tú decías, de cosas que damos por supuestas, por una cuestión de cotidianidad. La literatura te saca un poco de esa cotidianidad, de las noticias diarias, como con lo del genocidio de Palestina. Creo que el arte en general te hace focalizar de un modo que estremece, que conmueve mucho más. Y, por otro lado, también te hace imaginar, ¿no?
El mundo no cambia sin imaginación, ¿no? Y si queremos cambiar el mundo y que las cosas no sigan con este nivel de violencia, de guerras, de machismo, de injusticia y tal, necesitamos eso. Pero últimamente también lo estamos viviendo con la eclosión de los clubes de lectura, etc., es que la literatura también crea comunidad. Siempre se nos ha vendido que la literatura es algo muy solitario, que leemos solos, escribimos solas, y, sin embargo, teje unas redes comunitarias brutales.


