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Perth, la ciudad en el confín del mundo

Capital del estado de Western Australia, el más extenso en territorio de la isla continente, la ciudad de Perth yace a medio camino entre el estrecho de Malaca y la Antártida. Lejos de todo y cerca de nada, llegar hasta ella es apenas el inicio del viaje.

Son las siete de la tarde de un viernes de principios de enero y el termómetro aún marca 33 grados centígrados. Mientras el sol se pone al oeste, por detrás del cúmulo de modestos rascacielos del distrito financiero de la ciudad o CBD, por sus siglas en inglés, las adormecidas calles del barrio de Northbridge, con sus edificios de dos plantas, verandas y balcones de hierro forjado, comienzan a despertar. 

En el cruce de Jones con William Street, los aparadores son una sucesión de escenas estridentes: camisas hawaianas diseñadas por una firma local, perros chihuahueños de porcelana Made in China junto a Donald Trumps de peluche, pipas para fumar marihuana de todos tamaños, grosores, materiales y colores, libros japoneses de segunda mano y tiendas de conveniencia donde lo mismo pueden comprarse calcetines con dibujos navideños que protectores solares o litros de leche de avena.

Entre las anchas aceras que siguen la directriz de las calles, andar por la izquierda, rebasar por la derecha, reminiscencia de la colonización británicas, los transeúntes son tan variopintos como los distritos en que se divide política y administrativamente la ciudad. Familias de turistas australianos aprovechando las vacaciones escolares del verano, grupos de jóvenes lugareños celebrando despedidas de soltero en camisetas y chanclas, un animado conjunto de drag queens vendiendo entradas para su espectáculo nocturno, indigentes de todas las razas peleando por un lugar en la esquina, por algunas monedas de caridad y la atención de los viandantes. Un padre de ascendencia india acompañado de sus dos pequeños vástagos de 5 y 7 años que carga a cuestas una enorme cruz de madera y un letrero colgado al cuello donde puede leerse «The end is near. Jesus loves you. Repent!». ¿Decadencia o belleza? Humanidad. El cielo y el infierno en una calle, en una ciudad, en el mundo. Todo depende del cristal con que se mire.

«Tan hermoso como aquello que jamás haya presenciado»

Cuenta la leyenda que dichas palabras de generosa descripción fueron pronunciadas por Sir James Stirling en 1829 al bautizar a la ciudad de Perth en honor a su localidad natal en Escocia, dando así inicio a la colonia penal más septentrional de las establecidas por los ingleses en Oceanía, la Swan River Colony, que corresponde grosso modo al estado actual de Australia Occidental. El almirante británico tuvo buen ojo y voz de profeta. Localizada a orillas del río Swan, unos 30 kilómetros al interior de la costa, Perth es el eje económico del oeste australiano, rica en minerales y energéticos, millonaria incluso.  

La ciudad está próxima a celebrar su bicentenario como asentamiento europeo y el gobierno local no escatimará en nada, piensa echar la casa por la ventana para conmemorar el cumpleaños de su fundación, aunque la historia de Perth, Borloo en lengua whadjuk, empezó mucho antes de la llegada de los reos y comerciantes ingleses a sus tierras, data de hace por lo menos 45 mil años.

«Para nosotros, son el trampolín del alma, sus flores color de sol, el lugar donde, habiendo abandonado el cuerpo, los muertos esperan el tiempo de la gran migración sureña de ballenas jorobadas, sobre cuyas aletas dorsales las almas de los fallecidos viajan hasta lo más profundo del océano, al lugar de su eterno descanso», me explica John, aborigen del pueblo de los noongar, uno de los 500 que aún perviven en Australia.

Recorremos los senderos del Parque Nacional del río Blackwood entre imponentes árboles karri (Eucalyptus diversicolor) de cerca de 70 metros de altura, frondosos helechos y el omnipresente vuelo y canto de las cacatúas negras de cola roja (Calyptorhynchus banksii), como los noongar, nativas del suroeste de Australia. John explica el significado sagrado que la radiante floración del árbol de Navidad australiano (Nuytsia floribunda) tiene para los aborígenes mientras apunta con la mirada hacia el horizonte de verdes que se yergue frente a nosotros entre los meandros del río y la costa donde el océano Índico se encuentra con el Antártico, conocida como Cabo Leewin, leonesa en neerlandés, así llamada a raíz del barco mercante holandés que por primera vez avistó ese pedazo de tierra desde mar adentro a inicios del siglo XVII.

Eucalipto nativo de Australia Occidental conocido en lengua aborigen como karri (Foto: Diego Gómez Pickering).

«Aquí es donde yace nuestra riqueza, que es la de Australia», musita John con los ojos cerrados en referencia a lo que nos rodea. Una riqueza tanto o más grande que la del petróleo o la del oro que han alimentado el desarrollo de Australia Occidental durante el último siglo y medio, aunque mucho más frágil.

El animal más feliz del mundo

Desembarcar en el pequeño muelle de la isla Rottnest, a una veintena de kilómetros de la costa de Fremantle, el puerto donde desemboca el río Swan y puerta de Perth al mundo, es parada obligada de todo itinerario turístico por los alrededores de la capital de Western Australia. 

Cala en la isla Rottnest (Foto: Diego Gómez Pickering).

La pequeña ínsula de 11 kilómetros de longitud por 4.5 kilómetros de ancho está rodeada de numerosas playas de fina arena blanca y calas protegidas por arrecifes de coral. Desde su costa, el azul del Índico alcanza tonalidades para las que aún no se ha inventado nombre. En su interior, un collar de lagunas saladas sirve de paraje estival para aves migratorias venidas desde geografías tan lejanas como Mongolia y Siberia. Un paraíso terrenal, cuyos verdaderos protagonistas son unos pequeños marsupiales de gracioso semblante conocidos como quokkas (Setonix brachyurus).

Parientes lejanos de los canguros, son nativos del suroeste de Australia y se alimentan de raíces, hojas y semillas, duermen a pierna suelta bajo la sombra de arbustos la mayor parte del día y tienen una esperanza de vida que alcanza los 10 años. Entre 10 y 12 mil ejemplares viven en Rottnest, lo que se explica por la falta de depredadores en la isla y por la docilidad de los quokkas en sus interacciones con humanos, aunque la pérdida de vegetación como consecuencia de la explotación de la isla, el cambio en los patrones de sequías y lluvias derivado del calentamiento global y su inusitada fama entre la masificada presencia turística a partir de la aparición de las selfies y de redes sociales como Instagram, amenazan su supervivencia. 

El quokka es un pequeño marsupial herbívoros nativo de Australia Occidental (Foto: Diego Gómez Pickering).

«Son como nosotros somos, somos como ellos son», reflexiona John al abordar la situación de los quokkas en Rottnest, infame por servir de centro de detención de aborígenes durante los aciagos años de la colonización británica y el inicio de la Australia independiente, entre 1838 y 1931. En su reducido territorio, 400 noongar fueron masacrados, todos yacen aún en fosas comunes sin identificar bajo la piedra caliza de la isla, la misma que a diario pisan hasta 5 mil turistas venidos en ferry desde Perth en busca de la selfi perfecta con un quokka. «Ellos, como nosotros, viven en su hogar que se ha convertido en prisión».