A Fausto Pretelin
En la final del mundial Suecia 58, en la que Pelé brilló y regaló un hermoso doblete que dio la vuelta al mundo, los anfitriones lucieron la bandera sueca en sus camisetas amarillas. De manera acelerada se perdió la costumbre de estampar los símbolos nacionales en la indumentaria de los jugadores. Como si no fueran representativas de países, o quizá para patentizar que sólo se asumen como embajadoras futbolísticas y que no se arrogan poderes que superen ese ámbito, las selecciones mundialistas paulatinamente fueron quitando de sus camisetas las banderas de sus naciones para colocar en su lugar los logotipos de las federaciones de futbol que las controlan y administran.
Una selección que tardó en sumarse a esa tendencia fue la de Corea del Sur, cuyo lábaro patrio vimos estampado en su uniforme en el mundial de hace cuarenta años.
México 86 marcó el regreso de los sudcoreanos a una Copa del Mundo tras 32 años de ausencia. Su primera participación fue en Suiza 54, el mundial con el que la FIFA celebró su quincuagésimo aniversario organizando el torneo en el país donde tiene sus oficinas.
Para su reaparición a Corea del Sur le tocó el reto más difícil: enfrentar a la Argentina de Maradona, postrera campeona del certamen. Mientras Diego y sus compañeros llevaban cosida la heráldica de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) sobre sus corazones, los asiáticos mostraban la bandera de su país. Parece un detalle baladí, pero no lo es: la oncena sudamericana mostraba la insignia de una organización al tiempo que sus adversarios portaban el Taegeukgi rojo y azul distintivo de su nación. Con las siglas AFA en el pecho los argentinos se veían como lo que eran, auténticos profesionales, y en contraste la bandera de su país les daba a los coreanos cierto aire amateur que parecía mantenerlos refractarios a los usos de la burocracia del futbol, que sólo reconoce sus propias entidades y organismos.
Y es que no era sólo un asunto de símbolos: el futbol se había profesionalizado en Corea del Sur apenas tres años antes. Argentina en cambio había ganado la edición de 1978, era seria candidata a llevarse el título y contaba con el mejor jugador del mundo.
Pero entre los veintidós seleccionados coreanos había uno que a sus 33 años en modo alguno era un cándido novato. Para sus coequiperos, alinear junto a él equivalía a ser arreados desde dentro de la cancha por toda una leyenda: Cha Bum-Kun, primer futbolista asiático en ser contratado por un club europeo.
Cuando el equipo alemán SV Darmstadt 98 fichó a Bum-Kun en 1978 desconocía que el joven de 25 años tenía un pendiente en Corea del Sur: cumplir el servicio militar. Por ese motivo jugó muy poco con Die Lilien (Los Lirios), pues tuvo que volver a Seúl para alistarse en la fuerza aérea. Eran tiempos en que a los futbolistas no se les eximía de pasar por el ejército. Ni Maradona pudo driblar esa obligación. La dictadura argentina le cortó el característico pelo crespo de sus primeros años y lo tuvo en las filas castrenses entre el 14 de Mayo de 1979, fecha de su alta, y el 15 de Abril de 1980, cuando causó baja.
Luego de acreditar el servicio militar, Bum-Kun regresó a Alemania para incorporarse al Eintracht Frankfurt, equipo que aproximadamente siete lustros más tarde contó con el mexicano Marco Fabián durante tres temporadas. Con Die Adler (Las Águilas) Bum-Kun ganó la Copa UEFA en mayo de 1980, mismo mes en que el régimen militar sudcoreano, tal como lo narra la premio Nobel de literatura 2024 Han Kang en su novela Actos humanos, reprimió cruelmente el alzamiento popular que tuvo lugar en la ciudad de Gwangju. Fueron masacrados cientos, si no es que miles de jóvenes que, al grito de “Abajo la dictadura del asesino Chun Doo-hwan” se colocaron al frente de la protesta, tal como lo cuenta la escritora nacida en esa localidad. Kang relata que en un polideportivo habilitado como morgue yacían “los cuerpos de las personas que habían sido tiroteadas en los enfrentamientos con el ejército en las lindes de la ciudad”.
Al año siguiente de la matanza de Gwangju, un gol de Bum-Kun en la final contra el Kaiserslautern le valió al Eintracht la conquista de la Copa alemana.
La pizarra electrónica con la que entonces contaba el Estadio Olímpico Universitario —casa de los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)— y que sería sustituida en la década de los dos mil por la moderna pantalla LED que tiene actualmente, consignó el 2 de junio de 1986 la presencia de Bum-Kun entre los once Tigres Asiáticos —apelativo con el que se conoce a los seleccionados sudcoreanos y que como expresión de uso común en la jerga de la política internacional sirve para aludir al conjunto de países integrado por Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur cuyas economías, a través de la exportación de manufacturas, alcanzaron altos niveles de crecimiento económico que les permitieron sacar de la pobreza a millones de sus habitantes— que tenían la muy difícil encomienda, por no decir inalcanzable, de impedir las escapadas vertiginosas de Maradona rumbo a su portería. Los focos que poblaban el rectángulo gigante sostenido sobre la cabecera norte del primer estadio iberoamericano en alojar una Olimpiada anunciaban el nombre del delantero nacido en Hwaseong, provincia de Gyeonggi, junto al número de su camiseta, el 11.
Terminado el encuentro, esos mismos focos documentaban que Bum-Kun y los suyos no lograron su cometido. Gracias a dos goles de Jorge Valdano y uno más de Oscar Ruggeri —quien vendría a México en 1993 para jugar en el América, equipo al que dirigió en 2004 así como antes había dirigido también al archirrival Guadalajara entre 2000 y 2001— Argentina arrancó aquella Copa del Mundo con el pie derecho, paso venturoso que mantendría hasta levantar la Copa FIFA en el palco presidencial del estadio Azteca 27 días después. El gol del honor sudcoreano lo anotó Chang Park cuando faltaba un cuarto de hora para el silbatazo final.
Dos años después del mundial mexicano en el que participó, ya como jugador del Bayer Leverkusen —donde fue compañero del brasileño Milton Queiroz ‘Tita’, quien años después se convertiría en ídolo de los panzasverdes del León— Bum-Kun fue clave para que Las Aspirinas ganaran la Copa UEFA de 1988 al imponerse al Espanyol de Barcelona.
Se retiró de las canchas en 1989 contabilizando 121 goles en 372 partidos en el fútbol teutón. Ningún futbolista asiático ha metido más goles que él en la Bundesliga, récord suficiente, aunque no el único, para que la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS) lo tenga, como lo tiene, por el mejor futbolista asiático del siglo XX.
Una vez que cambió los tacos por los pants de director técnico, Bum-Kun enfrentó a México en una Copa del Mundo como entrenador nacional de su país. En Francia 98 sus dirigidos se midieron ante El Tri que dirigía Manuel Lapuente, el hombre de la boina, muy respetado en el futbol mexicano, fallecido recién el 25 de octubre de 2025. Dos goles del ‘Matador’ Luis Hernández y uno de Ricardo Pelaez, aunados al tanto del descuento a cargo de Seok Ha, fijaron el marcador definitivo de aquella tarde en Lyon, que fue precedida de una mañana “lluviosa y fría”, de acuerdo con la nota de Marlene Santos, enviada del diario mexicano La Jornada.
En su novela ya citada, Kang alude al ginkgo biloba, el árbol nacional de Corea del Sur, casi como el cedro al Líbano. La escritora nos cuenta que en verano los días regalan mañanas radiantes, mientras los ginkgos aún no echan todas sus hojas. Está por verse si en la Copa del Mundo del verano próximo, en la que enfrentará a México el 18 de junio en el estadio de las Chivas, Corea del Sur es capaz de echar todas las hojas de su mejor futbol.

