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El fuego de San Telmo o ¿qué fue de mi cinta?

Creo que, un poco más de cuarenta años después, sigo teniendo claro el orden de las canciones que quedaron en ambas caras. Journey, Bryan Adams, Tears for Fears, Prince, ’Til Tuesday, Paul Young, U2, Depeche Mode, Duran Duran, Corey Hart, Dire Straits, Sting, Phil Collins, Howard Jones, Heart, Madonna, John Parr.

Growin’ up
You don’t see
The writing on the wall

Passin’ by
Movin’ straight ahead
You knew it all

Saint Elmo’s Fire; John Parr

Hay lugares o periodos de vida que se anclan —o se ensanchan— en la memoria de forma particular y los diferencia del resto de los recuerdos que archivamos. Los motivos de dicha selección pueden ser tan diversos como cada individuo. Tengo —yo— guardados al menos una docena de ellos en repisas distintas de esa sección de la mente que se encarga de colorear bonito la nostalgia, gerencia que —la muy cabrona— dirige.

Posiblemente, junto a la olfativa, la memoria musical sea de las más grandes generadoras de recuerdos. Su portafolio se diversifica desde lo muscular hasta lo emotivo, incluyendo también lo rítmico (no en mi caso), lo auditivo y lo visual. No recuerdo exactamente cuándo comencé a percatarme de ello, pero sí tengo claro que, a partir de algún punto, la música dejó de ser simplemente eso y se transformó en un sistema de señalización dentro de mi memoria.

Aquel verano, previo a mi último año de secundaria, resultó uno especial. Tuve una colecta de recuerdos que, poco a poco, fui acomodando en las diversas secciones de la memoria. Quizá la edad con la que contaba —catorce años— ayudó a moldear o a ignorar algunos de ellos, y muy probablemente los que aún se mantienen sucedieron de una forma distinta a la que hoy recuerdo.

Entre finales de junio y mediados de agosto había logrado hacerme de una muy buena cantidad —entre LP’s y sencillos— de vinilos. Todos y cada uno de ellos habían pintado algo durante ese breve periodo de seis semanas que transcurrieron, como si, de pronto, cada disco, cada canción, se hubiera apropiado de una escena, un lugar o una tarde específica.

Tenía en mi poder noventa minutos divididos en dos caras. O lo que equivalía a poseer la música suficiente para dos mitades de un partido de futbol sin añadido. El equivalente a 135 metros de canciones grabadas en un casete Maxell UD XL II 90; sí, de esos color negro y dorado, y que resultaban más caros. Quizá así suene un poco snob, pero busqué que —a pesar de mis limitaciones tecnológicas— los recuerdos sonaran lo mejor posible.

Siendo sincero, en ese momento solo estaba grabando un mixtape; los recuerdos que se fueron archivando con cada canción vinieron después. Es muy probable que lo único que estuviera en mi mente fuera ser un chavito cool —que vestía jeans Guess® color gris y playera Benetton®— o lo que cool pudiera significar en aquel verano de 1985.

Creo que, un poco más de cuarenta años después, sigo teniendo claro el orden de las canciones que quedaron en ambas caras. Journey, Bryan Adams, Tears for Fears, Prince, ’Til Tuesday, Paul Young, U2, Depeche Mode, Duran Duran, Corey Hart, Dire Straits, Sting, Phil Collins, Howard Jones, Heart, Madonna, John Parr —entre otros— compartieron escenario no solo en el Live Aid: tocaron juntos y en diverso orden cientos de veces, con luces encendidas, en la oscuridad y a gran volumen, en el periférico y las autopistas, en las tardes de amigos y las noches de fiesta. Cada una de ellas con una historia diferente —en ocasiones memorable— para archivar.

Epílogo

He experimentado, a través de mi vida, que hay cosas que no puedes —ni debes— prestar de ninguna forma, clase o tamaño: libros, vinilos (casetes) y tuppers. Lo he aprendido a la mala. He visto cómo mi librero va adelgazando de a poco, cómo los vinilos hay que recomprarlos y cómo el cajón de mi alacena se ha llenado de tuppers que —creo— pertenecían a mi mamá.

La última vez que el casete fue visto, vestía una caja hecha de plástico con un listado de canciones escritas por mi puño y letra. Aquella cinta vivió conmigo durante algunos años y siempre la recordaré con una sonrisa. Su destino, hoy día, lo ignoro. Probablemente haya sido reciclada y convertida primero en algún CD quemado con un tracklist hermoso, y después su alma descanse en la nube de algún(a) melómano(a) que abrace a la música como refugio y compañera de vida.

Existe — sin embargo — un rumor que involucra a un actor ochentero. Se dice que se apoderó del casete, y también de un balón Tango Adidas color naranja propiedad de un amigo. Los tres — actor, cinta y balón — desaparecieron una tarde de otoño tras el rompimiento amoroso del hombre con una renombrada actriz-conductora del medio televisivo.

Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.