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Gerardo Horacio Porcayo: «Somos ya, en muchos sentidos, cíborgs»

Estamos en un mundo desastrado por las consecuencias del cambio climático y por la catástrofe del bombardeo nuclear de un asteroide que chocaría con la Tierra, en la que muchas tecnologías de la información y la comunicación han quedado inutilizables, pero otras han avanzado, como las de reproducción mediante la recreación en otros cuerpos, lo que casi garantiza la inmortalidad.

Allí hay descarnadas luchas por la sobrevivencia y, hasta más que por ella, por el poder entre los diversos grupos de sobrevivientes, que han encontrado en África casi el único sitio para refugiarse e implantar y consolidar su dominio. ¿Cómo continuar existiendo en esas condiciones?

Se trata de Perturbar la piel (Fondo de Cultura Económica, 2023), novela de ciencia ficción de Gerardo Horacio Porcayo, continuación de su obra anterior, Volver a la piel, en la que continúa su relato y reflexión sobre un probable mundo del futuro en el que, sin embargo, se mantienen muchos atavismos (varios de los peores) de la humanidad.

“De todos los tableros futuristas, éste, quizá, era el único que nunca se había intentado representar, aunque fuera el que mejor reproducía los modos humanos. Una serie de cuadrículas escalonadas, piramidales, donde cada triunfador iba abandonando a los reyes moribundos para ascender al siguiente tablero en jaque”, se lee en un párrafo de la novela sobre el mundo en el que se desarrolla la trama.

Porcayo (Cuernavaca, 1966) es maestro en Letras Iberoamericanas por la Universidad Iberoamericana campus Puebla, en la que también ha sido profesor. Autor de al menos 15 obras literarios, ha colaborado en publicaciones como Asimov Ciencia Ficción, Ciencia y Desarrollo, Crítica, La Jornada de Oriente, Umbrales Vitrales. Ha ganado diversos premios: en Concurso de Poesía Universidad de las Américas (1989); Axxón Electrónico Primordial (1992); Kalpa de Ciencia Ficción y Nacional de Cuento de Ciencia Ficción Puebla (1993); Internacional Más Allá de Ciencia Ficción y Fantasía (1994) y Sizigias (2004).

¿Por qué hoy una novela de ciencia ficción como la tuya, sobre un mundo ni siquiera posapocalíptico sino plenamente apocalíptico, y después de tu novela Volver a la piel?

En los días que terminaba Volver a la piel, en este momento crítico la idea era seguir y mostrar los problemas del cambio climático con una novela acerca de un mundo inundado y sobre todo lo que puede pasar. No tenía planeado originalmente hacer esta segunda parte, pero la recepción de la primera novela fue muy buena, y de las inquietudes de los lectores fue que me nació la certeza de escribirla.

Acabé en 2020 y se la mandé de inmediato al Fondo, pero se nos atravesó la pandemia y varias cosas raras, y hasta ahora ve la luz.

Son 300 páginas, pero la idea es que no sea una novela que se pueda soltar. Traté de escribirla con esa visión; me encantan las novelas que no puedes soltar, aunque les puedas poner pausa y volver a ellas seis meses después. Creo que para ser una novela que te atrape te debe meter en ese mundo y que no te deje escapar. Esa es la manera en que traté de hacerla.

Es interesante que, de la crisis de cambio climático relatada en el libro, África es el continente que salva al mundo. ¿De dónde salió esta idea?

Fue basado en investigaciones. Yo tenía la idea de que con el cambio climático el primer polo que se derrite es el Norte y, según hemos visto, las primeras inundaciones serían en esos territorios.

La Antártida no está del todo a salvo, pero, según todas las proyecciones que se han hecho, así sería como ocurriría. Ya estamos viviendo en pleno los efectos catastróficos del cambio climático; Acapulco fue uno de ellos, pero están las heladas y todo lo que estamos viviendo. Eso es llevado al extremo, como generalmente hacemos en la ciencia ficción: hipertrofiar las cosas para hacerlas más evidentes.

Es terrible que hoy la inmigración de África hacia Europa sigue ocurriendo, pero va a haber un momento en que todos van a querer ir a aquel continente porque va a ser el único territorio que se pueda habitar. Entonces va a ser al revés, lo que no va a mejorar las condiciones para los africanos. Esa es uno de los asuntos terribles que son previsibles, pero que hasta la fecha no había sido explotada de esta manera.

Me pareció interesante verlo desde ese punto de vista, sobre todo con la noción del mundo eurocentrista, que sería el que retomaría la idea de implantar otra vez un régimen. Por eso esta exploración.

En un mundo tan avanzado tecnológicamente como el que está en la novela hay varias referencias medievales: las ideas del matrimonio, del castillo y hasta de la Edad Media digital. ¿Por qué esas reminiscencias?

Siempre el problema de los grandes cataclismos, de los grandes conflictos, es que precisamente hacen retroceder a la sociedad en muchos sentidos; desde esta perspectiva, terminamos volviendo otra vez a la Edad Media. El problema en el mundo de la novela es que la tecnología digital ya no funciona: se han acabado los satélites, las máquinas de combustión interna no funcionan y la industria eléctrica está falleciendo en este mundo inundado, por lo que de pronto es un volver a ceros.

Es un momento crítico que nos hace volver a las viejas sociedades, a estos patrones tradicionales, feudales, que es lo que siempre termina imperando en la mayor parte de los conflictos. Cada vez que hemos tenido guerras, se impone otra vez ese tipo de normas y de totalitarismos, y todo lo que se avanza en feminismo, en las libertades, vuelve a restringirse.

Eso es parte de los grandes ciclos; Mircea Eliade hablaba del eterno retorno, y es eso: cada vez regresamos a las culturas primitivas. Una de las ideas más viejas de la ciencia ficción es que la tercera guerra mundial se va a llevar a cabo con palos y piedras, pero también que va a haber un evento supermasivo que destruya casi todo por completo, pese a lo cual siempre va a haber una especie de supervivencia. La idea es checar qué pasaría en esos términos.

Es un juego con esto, con las viejas narraciones de la ciencia ficción, con el juego del poder que estaría detrás del monopolio de la tecnología de la inmortalidad, de la reencarnación permanente en clones, e incluso de la tecnología para conservar un arca de personajes selectos de la industria fílmica para complacencia del rector de todo ello.

Es un panorama aterrador: en la novela se dice: es que los hombres no están preparados para resolver grandes conflictos, ni tampoco para una realidad sin ciberespacios productivos donde ya no haya tutoriales ni conectividad que supla nuestra falta de conocimientos.

El problema es desde los ciberpunks: William Gibson empezó a hablar de la tecnología como una droga, y ahora dependemos completamente de ella. Muchas cosas que solíamos aprender de memoria están al alcance de un clic: el conocimiento enciclopédico ya es sustituido por la conectividad. Pero, cada vez que hemos tenido conflictos y problemas y se rompe esa conectividad, entra la desesperación.

Por ejemplo, yo vivo en Jojutla, Morelos, y en el temblor de 2017 se cayó medio pueblo y nos quedamos incomunicados, sin luz. Entonces observé esto: la manera en que, de pronto, no funcionan las cosas y que tienes que volver a las formas primitivas. En ese sentido, fue experimentar eso de manera directa en un pueblo pequeño y ahora es verlo agigantado en la novela. 

Fueron pocas semanas las que se estuvo sin conexión y sin luz, pero se vive de manera crítica. Quienes padecieron los impactos del cambio climático en Acapulco les tocó vivir esto de manera terrible.

Son este tipo de nociones las que nos vuelven a enfrentar con esta dependencia tecnológica que tenemos, que de pronto se nos quita y perdemos gran parte de nuestras extensiones. Marshall McLuhan veía estas como extensiones del sistema nervioso: decía que el libro es una extensión de la memoria y hacía juegos así.

Somos ya, en muchos sentidos, cíborgs, cuando dependemos de estar conectados, de tener tutoriales para hacer todo, y cuando pierdes esto en este tipo de condiciones es terrible. Eso es lo que quería pintar.

En el mundo tan tecnologizado, de clones, también hay una disputa por la identidad. En un solo personaje, como el principal se mezclan muchas personalidades.

Es muy terrible en ese sentido. La identidad es algo que vas a defender siempre, y, lamentablemente, según nos ha enseñado el patriarcalismo que tenemos en nuestro México, el padre de familia difícilmente cede sus poderes, lo que pasa en todas las industrias y en todos los niveles. En ese sentido, es llevarlo al extremo en la novela, aunque lo hemos visto en muchos sentidos: hoy se comienza a decir respecto a Putin que es alguien que está queriéndose quedar en el poder de manera terrible, y se dijo lo mismo de Castro: que se aferró al poder hasta el último y que le costaba mucho trabajo cederlo. Al parecer, eso es muy humano: quererse quedar en ese instante y no cederlo ni siquiera a los hijos ni a la gente más cercana; en al caso de la novela, ni a los propios clones. Es un juego con ese poder absurdo que nos lleva a ese momento extraño.

La historia de mi papá fue medio paradójica, porque él tuvo demencia senil, cuando fue el único momento en que perdió la necesidad de control de todo, y fue cuando vi a otro ser humano porque, ya sin esa instancia de control, con una memoria nimia, cambian mucho las cosas.

Como se nos educa con esa visión, tendemos a ser dictatoriales, que es algo que llevamos muy en la sangre, que parece que hemos heredado del colonialismo esta necesidad de control. Lo vemos en muchas familias, en industrias que se mantienen mientras no hay cambio de cabeza; pero en cuanto lo hay todo se vuelve caótico porque no hay una preparación para un sustituto.

Tendemos a pensar nuestra identidad como algo unitario, pero incluso vernos en el espejo es irnos adaptando al cambio. Yo no soy, aunque conservo muchas cosas de mi juventud, el mismo: por más que quiera mirarme igual, todo va cambiando. En la novela hay un poco de todas estas reflexiones para explorar cómo somos y llevarlas al lector porque estamos tan acostumbrados a esta forma protectora que lo que queremos es que no te tiren y no vemos más allá.

Por supuesto, el libro está escrito con muchas inquietudes del presente, como la disputa sobre las personas trans, la cuestión de género. El personaje de la novela, después de dos reencarnaciones en hombre, reaparece como mujer. ¿Qué otros temas actuales problematizas en la novela?

La idea era tocar temas extraños y meternos con este cambio de paradigma sobre la noción de la diferencia entre las sexualidades femenina y masculina. Hay varios trucos, lo que es parte de seguir el juego de poderes, pero la idea es preguntarnos: ¿piensa igual un hombre que una mujer si es trasplantado a un cuerpo femenino? ¿Seguirá pensando de la misma manera esa mente? Porque funcionan de manera distinta sus cerebros.

Cuando hablamos del transexualismo se habla de un estatus de cambio de sexo, pero, aunque haya todos los cambios físicos y hormonales, hay una reticencia social a la aceptación y hay una condena hacia este tipo de ejercicio de la libertad.

El peso de lo tradicional en nuestra sociedad colonizada hace que difícilmente aceptemos estas otras muestras de las decisiones sexuales. En muchos de estos asuntos necesita ocurrir un gran cambio para que deje de suceder ese rechazo; mientras tanto, vamos a seguir enfrentándonos a ello. Por ejemplo, en los libros de texto la parte que escandalizó a muchos fue el cuadro en el que se exploraban diferentes tipos de familia, lo que a muchos les pareció terrible porque seguimos con la idea de quedarnos sólo con la imagen tradicional.

Pero el mundo y las libertades siguen evolucionando, y es algo que tenemos que enfrentar. Si hubiera la posibilidad de reencarnación a través de la ciencia, nuevamente nos enfrentaríamos a ello de muchas otras maneras.

Todos esto es parte de lo que, de alguna manera, quiero que el lector se pregunte, se enfrente, disfrute y también sufra.

En la novela los avances tecnológicos no cambian al mundo en un sentido moral porque continúan el clasismo, el racismo, la discriminación, la pobreza, los abismos sociales. Después de siglos de avances de la civilización, el mundo vuelve a ser dominado sólo por la fuerza bruta, y hay una parte en la que se dice que los líderes sólo se están disputando seguir con lo mismo. ¿Esto no es un poco desencantado?

Allí mi ser es un tanto pesimista, pero creo también en la otra visión: educar o ponderar todo en el plano de la fantasía absoluta, donde todo es bello y la utopía es esperable. Es el discurso de la ciencia ficción de los años 50: la ciencia y la tecnología nos van a salvar de nosotros mismos y nos van a llevar a la utopía, pero no es cierto: a final de cuentas, son las pasiones humanas las que rigen y van a seguir rigiendo el mundo.

Mientras no entendamos eso y queramos que los paradigmas de los derechos humanos terminen por regirlo todo, que vaya a haber un momento en que todo sea un paraíso, será educarnos como princesas para un mundo que no existe sino que es una burbuja externa.

Una de las feministas más aguerridas, Camille Paglia, decía: estamos en un mundo que cede a su naturaleza pánica, al impulso animal que nos hace desear cosas terribles. La naturaleza no es controlable; podemos protegernos de ella, pero las ficciones de que las ciudades nos van a proteger para siempre del impacto de la naturaleza es, decía ella, lo dionisíaco contra lo apolíneo. Esa visión de lo dionisíaco es parte de la naturaleza humana, de lo que está allí siempre, el lado oscuro de la humanidad; lo que siempre queremos es lo apolíneo, lo bello, lo limpio, la utopía que sería llevar los derechos humanos a su cumbre y que ya no os moviéramos de allí.

Sí, sería ideal, y ojalá pudiéramos hacerlo; lamentablemente, para eso todos tendríamos que estar bien educados y, como decía Cristo, considerar que todos los otros son prójimos y quererlos como a uno mismo. Allí empezamos otra vez con los racismos: el prójimo es el que se parece a mi raza, pero no los de allá; eso es terrible: queremos la utopía pero, lamentablemente, incluso dentro de los mismos grupos sociales hay sesgos, diferentes visiones.

Entonces la novela es volver a recordar un poco eso, y no creernos esa fantasía de que los derechos humanos ya son como una alteración completa que llega, se impone sobre la realidad y la domina. Ojalá fueran como ese virus que llega, se impones, domina todo, nos cambia y ya somos la utopía. Pero no es así: lamentablemente, las pasiones dominan.

¿Qué lugar le das al humor en la novela? Alexa, la protagonista, hace muchos señalamientos muy corrosivos, e incluso le reclama a su muñeco Boxy que nunca termine de desarrollar su humor.

El problema es tomarnos todo al pie de la letra y de manera mortalmente seria, lo que nos lleva a un automatismo extravagante. El humor es uno de los recursos que por algo en México mantenemos como una defensa, la que los pueblos colonizados mantienen desde siempre. El humorismo y el sarcasmo son un remedio en el que me burlo del otro, pero soy capaz de burlarme de mí mismo. Cuando esto no existe sólo hay un momento opresivo.

La idea era plantear un Estado totalitario de regencia con los mecanismos periféricos controlables; es un problema del personaje Morair Saer y su ansia de dominación, que, lamentablemente, ejerce contra sus otros yo: es el Alfa, una parte de la animalidad que seguimos conservando dentro de nuestros seres.

Vamos a la vertiente antiutópica de la novela: hay una cumbre para intentar resolver los conflictos, que, más bien, es una repartición del poder. Hay una rebelión, pero no da mayores esperanzas: no hay un proyecto distinto. ¿Qué dices al respecto?

Ese es el problema: las rebeliones generalmente llegan cuando hay hartazgo y, sobre todo, hacen evidente la diferencia social: cuando se presume la riqueza ante los caídos es cuando llegan los momentos de revolución, y ocurre por hartazgo, no por un proyecto social.

Eso es lo lamentable, pero lo hemos visto una y otra vez en Latinoamérica, donde hemos vivido, una y otra vez, ese tipo de momentos y ese es el problema: no hay un proyecto, sino hartazgo.

Por allí hay una línea que está un poco escondida dentro de la historia y que es la que articula la tercera parte: cuando se propone un proyecto alterno, para muchos va a haber una visión en la que se le va a ubicar como totalitario, y, para enfrentarlo, sólo con otro régimen totalitario. Es un juego absurdo; es como cuando una computadora se pone a jugar al gato, pero llega un momento en que siempre va a haber empate y no habrá ninguna otra posibilidad. Esa es la terrible verdad que está detrás y que todos sabemos, pero seguimos instalados en los planes de dominación. Muchas de nuestras enseñanzas siguen estos paradigmas de dominación, de supremacía y demás.

Pero pese a este mundo desastrado que imaginas, al final hay una esperanza, aunque tal vez no en este planeta.

La esperanza es fundamental para un ser humano; sin ella, el humano cedería por completo al pesimismo. Si no hay una posibilidad de reivindicación, hay la rendición absoluta.

Siempre tenemos esperanza, y por eso una de las historias perennes dentro de la historia humana es la del amor. Es el gran ecualizador, por decirlo de alguna manera, lo que hace que valga la pena sufrir tantas cosas.

También las nociones de hermandad humana son algo que muchos deseamos; puede ser un sueño guajiro, pero no lo olvidamos, y creo que está presente cada vez que tratamos de pugnar por otro modelo de trabajo.

Muchas veces se ha dicho que en la literatura iberoamericana hay poco espacio para la fantasía y la ciencia ficción. ¿Cómo ves el panorama actualmente en el país?

El apoyo que nos está brindando el Fondo de Cultura Económica es muy bueno en ese sentido ya que es una gran luz de esperanza; pero las otras editoriales están como echándose. Muchas declaran que ya no hay lugar para la ciencia ficción, y algunas hasta van a cerrar esa línea porque no produce regalías y se quieren ir por lo clásico, por lo que triunfa en los medios masivos de comunicación: Juego de tronos es uno de los grandes paradigmas en los últimos tiempos, fantasía a más no poder, muy basada en la historia medieval, en la de las grandes batallas.

Estamos en un momento paradójico que le ha pasado muchas veces a la ciencia ficción; cuando surgió el ciberpunk fue un momento crítico porque, debido al impacto de Star Wars, la industria editorial comenzó a pedir trabajos parecidos sin tanto vuelo de estilismo, sin tanta complicación filosófica, sino algo más digerible y más rápido, con lo cual cayó un poco o un mucho la literatura de ciencia ficción y hubo un repunte con el ciberpunk.

En ese sentido, estamos en un momento extraño porque no hay un paradigma total dentro de los medios masivos de comunicación, pero hubo un momento en que cierta editorial me dijo: “Queremos historias como las que están triunfando en Netflix, como Roma, porque eso es lo que está pegando”. Pero creo que no les funcionó ese objetivo y de pronto triunfan algunas historias y luego otras; no hay una sola vertiente. Creo que lo que tenemos ahora con esta hiperconectividad es una mayor fugacidad de las modas y no da tiempo a que las industrias editoriales se emparejen con sus planes cuando de pronto ya está surgiendo otra nueva moda.

¿Respecto a autores?

Está muy viva; hace poco fui jurado de un premio de ciencia ficción, y su estado de salud es muy bueno. Llegaron unos 20 cuentos generados por inteligencia artificial, y uno se da cuenta de inmediato, pero las búsquedas son interesantes. Hubo registros de todo tipo, y el que ganó fue muy interesante porque juega con la novela de la Revolución pero en un mundo futuro. Hay muchos juegos con el ánimo de generar nuevas historias.

¿Qué camino van a llevar? No lo sé; hay muchos que están optando por irse con Amazon para generar sus libros ante los vetos que hacen las grandes editoriales y que no permiten llegar a nadie. Pero ya hay redes sociales, como WatPad, que tienen sus propias líneas de éxito, y ya hay libros generados en esta red social que se dedica a la escritura de novelas.

Hay muchas vertientes; como decía Isaac Asimov, lo importante es que haya variedad, y en esta se encuentra el gusto, ya que encontramos la posibilidad de romper la noción de paradigma único que se enquistó en los setenta, sobre todo en México, cuando parecía que sólo había una línea narrativa o poética que podía seguirse y todo lo demás era descartable.

Pero no funciona más así el asunto, además de que también la pandemia llegó a imponer otras condiciones dentro de las editoriales. Entonces, ¿cuál va a ser la evolución de la literatura? No lo sabemos, pero creo que ya no hay marcha atrás y la digitalización nos va a llevar por muchos caminos.

Respecto a ello, al final del libro agradeces a Simon Haynes. ¿Qué nos cuentas de la experiencia tecnológica para escribir Perturbar la piel?

Él escribe Space Opera, y para escribir sus obras generó un programa de computadora que se llama yWriter, de acceso gratuito. Desde la versión 2 lo empecé a usar, y ya estamos en la 7; funciona en la PC, en la que tiene el problema de que uno tiene todas las ventanas del mundo abiertas, y despegarte de internet es muy difícil.

De pronto generó una versión para Android; la conseguí, y en un celular viejo me puse a escribir esta novela. Todo Perturbar la piel la escribí en ese celular, que tomé como máquina de escribir, desconectado de internet y con un teclado Bluetooth. Me hice una máquina de escribir de cartón y le puse encima el teclado y el celular, muy fetichistamente, y así salió, lo cual me permitió no distraerme en nada. Me paraba en las mañanas, me ponía a escribir la novela y me dejaba ir; sólo en los momentos en que tenía dudas sobre algún lugar de Europa o de África me metía en la computadora y buscaba en Google Earth, y también me ponía a buscar estudios sobre cambio climático y volvía al plano desconectado.

Es una buena herramienta que fue planeada por un escritor de ciencia ficción para escribir sus novelas, y la versión portátil para teléfono funciona muy bien.

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