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Un cuento de Katherine Mansfield: “Tomar el velo”

A 103 años del nacimiento de la escritora neozelandesa Katherine Mansfield, Carlos González traduce para Purgante uno de sus relatos insignia.

Traducción de Carlos González

En 1923, en Francia, a los 34 años, Katherine Mansfield, la autora que revolucionó el relato breve, murió de tuberculosis, igual que su admirado Chéjov

Esta autora neozelandesa escribe relatos que parecen fotografías o pinturas, ya que son apenas un vistazo a la vida de sus personajes. Sin embargo, estos fragmentos, con frecuencia inspirados en sus vivencias, bastan para transmitirnos la forma que tenía Mansfield de ver la compleja existencia en la que estamos inmersos. En sus narraciones, el argumento suele pasar a segundo plano, mientras que en el centro encontramos una sensible exploración de los conflictos internos de sus personajes. Muchas veces estos conflictos surgen de las dificultades que tienen los personajes para relacionarse con el mundo que los rodea.

Mucho se podría decir de su biografía, pero como dice Jesús Ortega: “En el cuento en lengua inglesa hay una línea que va de lo clásico a lo moderno y que pasa necesariamente por la obra de Katherine Mansfield. Son conocidas sus aventuras bohemias de primera juventud en la metrópoli londinense, sus amores con personas de uno y otro sexo, su casamiento casi al azar”. Mansfield vivió diversas etapas en diferentes contextos a causa de los viajes que realizaba entre su natal Nueva Zelanda y Europa. Además, algunos de los acontecimientos de su vida cobran especial relevancia, dado que marcaron su producción literaria, como la muerte de su hermano.

A continuación, puedes leer la traducción que realicé directamente del inglés al español del cuento “Taking the Veil”, publicado en el libro póstumo The Doves’ Nest and Other Stories (1923).

Tomar el velo

Parecía imposible que alguien pudiera sentirse infeliz en una mañana tan hermosa. Nadie se sentía así, decidió Edna, excepto ella. Las ventanas de las casas estaban abiertas de par en par. Del interior venía el sonido de los pianos, las pequeñas manos se perseguían la una a la otra y huían la una de la otra, practicando escalas. Los árboles se agitaban en los jardines soleados, resplandecientes con las flores de primavera. Los niños de la calle silbaban, un perrito ladraba; las personas pasaban caminando tan ligeras, tan veloces, que parecían querer echarse a correr. Ahora veía a la distancia una sombrilla, color durazno, la primera sombrilla del año.

Quizá ni siquiera Edna se veía tan infeliz como se sentía. No es fácil tener una apariencia trágica a los dieciocho, cuando eres extremadamente bonita, con las mejillas, labios y ojos brillantes de perfecta salud. Sobre todo, cuando tienes puesto un vestido azul francés y tu nuevo sombrero de primavera retocado con acianos. Cierto, llevaba bajo el brazo un libro encuadernado en un horroroso cuero negro. Quizá el libro le daba un toque lúgubre, pero sólo por accidente; era la encuadernación normal de la biblioteca. Pues Edna había hecho de sus visitas a la biblioteca una excusa para salir de la casa a pensar, a procesar lo que había pasado, a decidir de alguna forma qué debía hacer ahora.

Algo terrible había pasado. Casi de repente, anoche en el teatro, cuando ella y Jimmy estaban sentados juntos en el balcón, sin previo aviso —de hecho, ella acababa de comerse una almendra con chocolate y le había regresado la caja a Jimmy—, se había enamorado de un actor. Pero de verdad e-na-mo-ra-do

Ese sentimiento no era como nada que se hubiera imaginado antes. No era ni de lejos placentero. Difícilmente tenía algo de emocionante. A menos que consideres la más horrible sensación de incurable miseria, desesperación, agonía e infelicidad como algo emocionante. Combinada con la certeza de que si el actor la encontrara en la calle después, mientras Jimmy estuviera consiguiendo un taxi, lo seguiría hasta los confines de la tierra, con tan sólo un gesto, tan sólo una señal, sin detenerse a pensar en Jimmy o en su padre y su madre o en su feliz hogar y sus incontables amigos una última vez…

La obra había empezado con considerable alegría. Eso fue durante la etapa de las almendras con chocolate. Después el héroe se había quedado ciego. ¡Terrible momento! Edna había llorado tanto que tuvo que pedirle prestado a Jimmy su suave y doblado pañuelo. No es que las lágrimas fueran un problema. Filas enteras estaban llorando. Incluso los hombres se sonaban la nariz emitiendo un fuerte sonido de trompeta e intentaban echar un vistazo al programa en lugar de mirar al escenario. Jimmy, lleno de compasión y con los ojos secos —¿qué habría hecho ella sin su pañuelo?—, apretó su mano desocupada y le susurró: “¡Anímate, querida mía!”. Y fue entonces que tomó la última almendra con chocolate para darle gusto y le regresó la caja de nuevo. Entonces, hubo una escena espectral en la que el héroe estaba solo en el escenario dentro de un cuarto desierto al atardecer, mientras afuera tocaba una banda y se escuchaban los aplausos y gritos que venían de la calle. Había intentado —¡ay!, ¡con qué dolor, con cuánta lástima!— tantear su camino hasta la ventana. Al fin lo había conseguido. Estaba ahí de pie sosteniendo la cortina, a la vez que un haz de luz, sólo uno, le daba de lleno en su cara levantada sin vista, y la banda se iba perdiendo a la distancia…

Fue… Sí, fue absolutamente… Oh, tan… Simplemente… De hecho, desde ese momento, Edna supo que la vida nunca podría ser la misma. Retiró su mano de la de Jimmy, se echó para atrás y cerró la caja de chocolates para siempre. ¡Por fin eso era amor!

Edna y Jimmy estaban comprometidos. Ella había llevado su cabello recogido por año y medio; habían estado comprometidos públicamente por un año. Pero habían sabido que iban a casarse desde que caminaron por los Jardines Botánicos con sus nanas y se sentaron en el pasto cada uno con una galletita y un caramelo para el té. Era una cosa ya tan aceptada que Edna había usado una imitación maravillosamente buena hecha de galleta de un anillo de compromiso durante todo el tiempo que estaba en la escuela. Y hasta ahora ambos habían mantenido su compromiso hacia el otro.

Pero ahora eso había terminado. El fin estaba tan claro que a Edna le pareció difícil creer que Jimmy no se diera cuenta también. Sonrió con perspicacia, con tristeza, al dar la vuelta hacia los jardines del Convento del Sagrado Corazón y dirigirse por el camino que los atravesaba hasta Hill Street. ¡Qué mejor que saberlo ahora y no esperar hasta después de casados! Ahora era posible que Jimmy lo superara. No, no había por qué engañarse; ¡él jamás lo superaría! Su vida estaba destrozada, arruinada; eso era inevitable. Pero era joven… El Tiempo, siempre decía la gente, quizá el Tiempo podría hacer una pequeña, pequeña diferencia. En cuarenta años, cuando fuera un hombre viejo, podría pensar en ella con calma… tal vez. Pero ella… ¿Qué le deparaba el futuro?

Edna había llegado a la cima del camino. Ahí, bajo un árbol recién cubierto de nuevas hojas y cargado de pequeños racimos de flores blancas, estaba sentada en una banca verde y miraba los macizos de flores del Convento. En el más cercano a ella crecían alhelíes tiernos, en el borde había violetas azules con forma de concha y en una esquina un cúmulo de fresias crema, con sus finas hojas verdes entramadas sobre las flores. Las palomas del Convento daban vueltas por el cielo y Edna podía escuchar la voz de la hermana Agnes, quien estaba dando una clase de canto. “Ah-me” dijo la monja con un tono grave, y “Ah-me” fue la respuesta…

Si no se casaba con Jimmy, por supuesto que no se casaría con nadie. El hombre del que estaba enamorada, el actor famoso… Edna tenía demasiado sentido común como para no darse cuenta de que jamás sería posible. Era muy extraño. Ni siquiera quería que se diera. Su amor hacia él era demasiado intenso para eso. Tenía que soportarse, en silencio; tenía que atormentarla. Simplemente era, ella suponía, ese tipo de amor.

—¡Pero Edna! —exclamó Jimmy—. ¿Nunca vas a poder cambiar? ¿Nunca más voy a poder tener esperanza?

Oh, qué pena tener que decirlo, pero debe decirse:

—No, Jimmy, nunca voy a cambiar.

Edna inclinó su cabeza; y una florecita cayó en su regazo, y la voz de la hermana Agnes clamó de repente “Ah-no”, y llegó el eco, “Ah-no”…

En ese momento el futuro fue revelado. Edna lo vio todo. Se quedó pasmada; le quitó el aliento al principio. Pero, al final, ¿qué podría ser más natural? Se enclaustraría en un convento… Su padre y su madre hacen todo para disuadirla, en vano. En cuanto a Jimmy, su estado mental apenas le permite pensar en ello. ¿Por qué no pueden entender? ¿Cómo pueden contribuir así a su sufrimiento? ¡El mundo es cruel, terriblemente cruel! Después de una última escena en la que regala sus joyas y demás cosas a sus mejores amigas —ella tan tranquila, ellas tan devastadas— entra al convento. No, un momento. La noche de su partida es la última noche del actor en Port Willin. Él recibe a través de un extraño mensajero una caja. Está llena de flores blancas. Pero no hay nombre, ni tarjeta. ¿Nada? Sí, debajo de las rosas, envuelta en un pañuelo blanco, la última fotografía de Edna, con la leyenda:

Olvida el mundo, y por el mundo es olvidada.

Edna estaba sentada muy quieta bajo los árboles; apretó el libro negro entre sus dedos como si fuera su misal. Toma el nombre de hermana Ángela. ¡Tris! ¡Tris! Le cortan todo su hermoso cabello. ¿Le van a permitir enviar un rizo a Jimmy? De alguna forma se consigue. Y con un hábito azul y una toca blanca la hermana Ángela va del convento a la capilla, de la capilla al convento con un algo no terrenal en su mirada, en sus lastimosos ojos, y en la gentil sonrisa con la que saluda a los niños pequeños que corren hacia ella. ¡Una santa! Eso escucha que alguien susurra mientras recorre los fríos pasillos con olor a cera. ¡Una santa! Y se les cuenta a los visitantes de la capilla sobre la monja cuya voz se escucha por encima de las demás, sobre su juventud, sobre su belleza, sobre su trágico, trágico amor. “Hay un hombre en este pueblo cuya vida está arruinada…”.

Una abeja grande, una amiguita dorada y peluda, se arrastró al interior de una fresia, y la delicada flor se inclinó, se meció, se estremeció; y cuando la abeja se fue volando, continuó agitándose como si estuviera riendo. ¡Feliz y despreocupada flor!

La hermana Ángela la miró y dijo: “Ahora es invierno”. Una noche, acostada en su helada celda escucha un chillido. Algún animal perdido está allá afuera en el jardín, un gatito o un cordero o…, bueno, cualquier animalito podría estar ahí. Se levanta la monja insomne. Toda de blanco, temblando pero sin miedo, sale y lo trae dentro. Pero a la mañana siguiente, cuando suena la campana para los maitines, la encuentran revolviéndose en su lecho con una intensa fiebre… delirando… y nunca se recupera. Tres días después todo termina. Las oraciones han sido dichas en la capilla y la entierran en el rincón del cementerio reservado para las monjas, en donde hay unas pequeñas y sencillas cruces de madera. Descansa en paz, hermana Ángela…

Ahora es por la tarde. Una pareja de ancianos apoyada entre sí se acerca lentamente a la tumba y se arrodilla llorando: “¡Nuestra hija! ¡Nuestra única hija!”. Ahora viene alguien más. Va todo de negro; se acerca lentamente. Pero cuando llega a la tumba y se quita su sombrero negro, Edna ve con horror que su cabello es blanco como la nieve. ¡Jimmy! ¡Muy tarde, demasiado tarde! Las lágrimas se deslizan por su rostro; ahora está llorando. ¡Muy tarde, demasiado tarde! El viento agita el árbol sin hojas del camposanto. Jimmy suelta un terrible y amargo alarido.

El libro negro de Edna se cayó con un golpe seco en el camino del jardín. Se pone de pie de un salto; su corazón late. ¡Querido mío! No, no es demasiado tarde. Todo ha sido un error, un terrible sueño. Oh, ¡ese cabello blanco! ¿Cómo pudo haberlo hecho? No, no lo ha hecho. ¡Oh, cielos! ¡Oh, qué felicidad! Es libre, joven y nadie sabe su secreto. Todo es posible para ella y Jimmy todavía. La casa que tienen planeada todavía puede construirse, el niñito serio que con sus manos en la espalda los ve plantar las típicas rosas todavía puede nacer. Su hermanita… Pero cuando Edna llegó hasta la hermanita, estiró los brazos al frente como si la pequeña viniera volando en el aire hacia ella, y mirando el jardín, los brotes blancos del árbol, las lindas palomas azules sobre el azul, y el Convento con sus angostas ventanas, se dio cuenta de que ahora por fin por primera vez en su vida —nunca antes se había imaginado un sentimiento como ese— sabía lo que era estar enamorada, ¡pero e-na-mo-ra-da!