Como quien ve caer la lluvia, a través de una ventana, en la soledad de una noche de invierno. Así vimos medio centenar de personas el recital que ofreció Thalia Zedek en el Kafe Antzokia. Como una tormenta eléctrica -llena de rabia y tristeza- de una hora de duración. Vestida rigurosamente de negro y armada con su guitarra, la compositora norteamericana desgranó, junto a los miembros de su banda, las piezas de su último disco, el enérgico -pese a su melancolía innata- The boat outside your window (2025), donde vuelve a hablarnos de la ausencia y el paso del tiempo, de soledades y desamores, de coraje y resistencia.
Thalia Zedek no necesita enarbolar la bandera del feminismo para explicar que las letras de sus canciones están dedicadas a mujeres. Tampoco proclamar sus inclinaciones políticas en un país que niega por sistema las libertades a determinados colectivos sociales. Nacida en Estados Unidos, pero de orígenes europeos (su madre era alemana y su padre lituano), Zedek (Washington D.C., 64 años) escuchó por primera vez a Patti Smith en la adolescencia y ese hecho, que inicialmente fue una revelación, se convirtió con el tiempo en una clara determinación: dedicar su vida a componer canciones para grabarlas y llevarlas a un escenario.
Como afirma el periodista Eric Gras, el suyo es el perfecto ejemplo de la artista cuya obra no se mide en cifras sino en cicatrices. Sus composiciones, frecuentemente tristes y desoladas, llenas de disonancias y ruido, de pasajes silenciosos e introspectivos, beben del rock y el blues y quedaron adscritas -desde los años noventa- a la música indie. En esa década fundó, junto a Chris Brokaw, la banda Come, que grabó cuatro discos y teloneó a Nirvana y Sonic Youth antes de disolverse en 2000. Mucho antes, en los ochenta, después de trasladarse a Boston y matricularse durante seis meses en la universidad, militó en otros grupos alternativos cuyo fracaso comercial y desmembramiento la llevaron a flirtear con la heroína.
Icono de la cultura underground y figura de culto en España, donde actúa regularmente, Zedek ha sido comparada por la oscuridad de sus canciones con artistas como Nick Cave, aunque su mayor virtud consiste en revertir la melancolía en mensajes de esperanza, como sucede en su último disco. Ese propósito alumbraba también su debut como solista, Been, here and gone (2001) y se repite en los once álbumes de estudio que ha grabado hasta la fecha. Discos -siempre editados en vinilo- llenos de autenticidad y emoción, donde sus letras poéticas son acompañadas -según el caso- por un mínimo soporte instrumental que se ciñe a una guitarra, un violín y una batería, como en su tercer elepé, titulado irónicamente Trust not those in whom without some touch of madness (2004), es decir: “No confíes en aquellos que carecen de un toque de locura”. Un trabajo -tal vez su obra maestra- que Mike Joyce, crítico de The Washington Post, definió como “hermosa música inspirada en la desesperación”.
Ajena a las grandes discográficas y a las servidumbres que exige el negocio del rock, y fiel a sellos independientes que creen en su obra y muestran así su fidelidad hacia ella, la cantante ha trabajado de cocinera en restaurantes y ha sido limpiadora de hogar, oficios nada glamurosos que le han permitido cierta flexibilidad para compaginarlos con sus giras. En una entrevista reciente -previa a sus conciertos en España- declaraba en Rockdelux que sigue comprando libros y discos y que no cambiaría nada de su vida. También que, teniendo en cuenta la situación de EEUU, no tiene motivo alguno para creer en la política. Y que, aunque las cosas hayan mejorado notablemente para el colectivo “queer”, sigue habiendo muchas barreras y prejuicios, sobre todo en el mundo de la música.
Sensible y delicada, frágil y poderosa a la vez, alejada ya de los sonidos lúgubres de sus inicios y con un mensaje más esperanzador (“Cierra los ojos/la luz está dentro de ti”, escribe en Shoes), Thalia Zedek siempre ha mantenido un vínculo especial con Euskadi. De hecho, hace seis años -no se sabe si por motivos profesionales- vivió una temporada en Bilbao. Y tuvo ocasión de ofrecer varios conciertos junto a Anari Alberdi. Fue a finales de 2019 y la artista declaró: “Actuaremos como un grupo con dos compositoras. Anari tiene una banda increíble…Es bonito recibir la invitación de alguien, formar parte de su mundo, trabajar juntas y hacer amigos”.
El 2 de octubre de 2019 tocaron en La Caja Negra, la sala pequeña del Kafe Antzokia. Y la actuación -imaginamos- fue breve y hermosa, arrebatada y fugaz. Como la del pasado 26 de octubre, en la que algunos privilegiados presenciamos una tormenta eléctrica, tras el marco del mismo escenario, y a una mujer enigmática que cantaba con voz áspera sus heridas y las de los que estábamos allí. Con los ojos cerrados.

