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Vietnam sin billete de vuelta

Viajar por Vietnam desmontó muchas de las ideas preconcebidas que yo misma llevaba desde casa. El caos organizado del tráfico, los puestos de comida callejera, la vida que transcurre en las aceras desde primera hora de la mañana… Todo resultaba intenso, pero no amenazante.

Entre responsabilidades y miedos es fácil convencerse de que lo prudente es esperar a cuando llegue el momento “perfecto”. Esperar a que todo encaje. Pero esa espera suele esconder una pregunta incómoda: ¿cómo sabe uno cuándo es el momento? 

Unos 9.567 kilómetros separan Barcelona de Hanoi, la capital de Vietnam. Una distancia que también implica estar lejos de la familia, los amigos, la rutina y la seguridad conocida. Es alejarse de todo aquello que construye la sensación de estabilidad.

Cuando mi pareja me propuso viajar a Vietnam durante un mes sin un billete de vuelta, la reacción inicial fue una mezcla de entusiasmo junto con vértigo. ¿Cómo íbamos a hacer esa locura? Tendríamos que dar muchas explicaciones. Yo estaba en mitad de curso de la universidad; él tendría que renunciar a oportunidades laborales en su empleo. Sobre el papel, no parecía el mejor momento para marcharse.

Estudiar da paso a trabajar, trabajar a formar una familia, y así sucesivamente. Pero, las obligaciones no desaparecen con el tiempo, se transforman. Me di cuenta de que, en mitad de curso de la carrera, hay un plazo de dos semanas destinado a las recuperaciones de los exámenes suspendidos, además de unos días de vacaciones. Cogimos el vuelo justo al día siguiente de terminar mi último examen. Eso significaba que debía aprobar todas las asignaturas a la primera, porque, de lo contrario, no podría presentarme a las recuperaciones.

Además, si queríamos viajar durante tanto tiempo, cuando las clases volvieran a empezar yo aún estaría fuera. Esto implicaba una buena organización: hablar con profesores y compañeros y mantenerme al corriente de la materia incluso estando de viaje. Tuve que afrontar más situaciones similares que no lo pondrían fácil. Irme significaba mucho esfuerzo y asumir ciertas consecuencias que estaba dispuesta a aceptar.

Pero no solo uno mismo siente miedo tratando de reunir el coraje para lanzarse a la aventura; el entorno también reacciona con inquietud. “¿Tanto tiempo?”, “¿Sin billete de vuelta?”, “¿Y la universidad?”, “¿Y el trabajo?”, “¿Tan lejos?”, “Esos países no son muy seguros”. La distancia amplifica los miedos y el desconocimiento mezclado con la incertidumbre los convierte en certezas infundadas, a menudo, alejadas de la realidad.

Viajar por Vietnam desmontó muchas de las ideas preconcebidas que yo misma llevaba desde casa. El caos organizado del tráfico, los puestos de comida callejera, la vida que transcurre en las aceras desde primera hora de la mañana… Todo resultaba intenso, pero no amenazante. No presencié altercados ni situaciones que me hicieran sentir en peligro. Hay que vigilar que un taxista o un vendedor no te cobre de más y estafas similares, pero nada que no pueda pasar también en otras ciudades occidentales. 

A mi regreso, una de las primeras preguntas que me hicieron en la universidad fue, precisamente, una de las mismas con las que me había marchado: “¿Vietnam es seguro?”. La sorpresa de mi amiga ante mi respuesta afirmativa evidenciaba la distancia entre la percepción y la realidad. Antes de viajar, a mi también me costaba creer del todo a quienes decían que el sudeste asiático era un lugar seguro.

¿Cuántas decisiones se aplazan por miedo? ¿Cuántas experiencias se descartan por la presión de encajar en un calendario social que marca cuándo estudiar, cuándo trabajar y cuándo arriesgar?

Tal vez el momento “perfecto” no aparece por sí solo. Tal vez el momento llega cuando uno decide asumir las consecuencias. Todo empieza con un billete de ida.