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Barrio lento, o el glorioso sonido de lo ilegible

Habitar otros espacios de ese lenguaje que nos parece quisquilloso por ser de barrio o menos modesto que lo que consideramos cercano. Y, sobre todo, habitar las atmósferas, esos barrios y sus calles, los apartamentos, las mentes.

“Todos chocaron puños (…) Se escuchó el abrir y cerrar de una puerta.
Adentro, quedó derrotado el demonio de humo y lentamente
comenzó a disiparse. Afuera, pensamientos ingrávidos y en la
misma frecuencia se enlazaban.”

Barrio lento; Rafael Ferrer.

Hace algunos días, Valerie Miles, la directora editorial de la revista británica Granta, mencionaba en su discurso -al anunciar a las 25 nuevas voces de la narrativa en español- que “(los nuevos y nuevas autoras) han perdido el complejo que dictaba que escribir bien en español era escribir así”. Así como sucedió en el Boom, explicaba. Se han extraviado esos cánones por los cuales transitaba la literatura, su lenguaje, las palabras. Se ha democratizado el acceso a la escritura, a la lectura de autores noveles, a las variantes que nos brinda el español sobre todo en Latinoamérica y España. Pienso en esto a menudo cuando leo autores y autoras que tienen apenas un par de libros publicados, o de quienes su obra se encuentra no junto a los que se venden por montones. O, de plano, de quienes su obra se encuentra inédita. Las ideas que plantea Valeria Miles convergen con mi pensamiento a raíz de la lectura de Barrio lento (Dharma Books), de Rafael Ferrer (San Francisco de Campeche, 1975).

Respecto a lo anteriormente dicho, hay una cuestión particular que escapa convencionalismos en el lenguaje y las voces de la novela que hace remitirme a ese escape de escribir así: la floritura (del lenguaje) y su sonoridad no nos dice directamente que este sea informal (aunque lo sea). Indica que el manejo de este se ha modificado, que sus impresiones son distintas, que los espacios de exploración se mueven y mutan a conveniencia del autor, de su literatura. Se apropia de sus personajes. La piel de Rafael se calza con cada una de las pieles que figuran en la historia. No es importante entonces comprender dos o tres palabras que no suenen lejanas o desconocidas, sino formar parte de esa inteligibilidad, habitarla. Habitar otros espacios del lenguaje. Habitar ese lenguaje que nos parece quisquilloso por ser de barrio o menos modesto que lo que consideramos cercano. Y, sobre todo, habitar las atmósferas, esos barrios y sus calles, los apartamentos, las mentes.

Todo sucede en un espacio que podría ser cualquier lado. En un barrio que se encuentra cruzando nuestras avenidas, tal vez. O quizás es el mismo barrio donde vivimos. Un barrio extenso. Las Razas Unidas. Es, sobre todo, una historia de amor y resistencia, auspiciada por el hip-hop y rimas portentosas, raperos con dotes ninjas, punks ortodoxos, sardos desertores, zombies y dejos de esperanza que resiste por entre los vínculos y la confianza que se va esgrimiendo en conjunto y la necesidad de confianza y soporte. A lo largo de más de una decena de capítulos, el también autor de Una mente enferma (Tusquets) compone un escenario distópico y musicalizado en que un grupo de desertores de algunas pandillas, abanderados por el adalid MC TAO, y su inseparable MASTER BIT, emprenden una recorrido por los límites del barrio, primero en búsqueda de respuestas inmediatas hacia lo que parece ser una embestida militar (una operación programada) so pretexto de vacunar a toda la población a raíz de la propagación de un virus sumamente peligroso. Para ello, se les solicita, no muy amablemente, que asistan a la brevedad a la escuela primaria del lugar, que ahora funge como albergue. Nadie sabe lo que dentro sucede. Y, los que salen, han dejado de ser ellos. Están cobijados por otra realidad. Parecen abducidos, somnolientos. Lentos y hasta imbéciles en su comportamiento. La realidad se ha transformado de la noche a la mañana. Un centenar de vidas han cobrado distintos rumbos a merced de un operativo militar organizado que está dotado por una variación de voces que describen desde dentro y fuera tal desgracia. Y todo parece suceder debajo, o suceder a medias para los otros, quienes miran desde fuera. Para quienes están inmersos, parecido estar aguardando la extinción. Pero no todos, sólo quienes no cuentan con suficientes privilegios. Los demás se encuentran a salvo, como estampas que no se mueven por nada del mundo. Los distintos peldaños de las escalas sociales bajo la misma realidad de mierda que toca a distintos niveles.

Hay cierta ambigüedad respecto a los espacios y los lugares donde todo sucede, y ello permite mover con libertad hacia cualquier geografía. Es sugerente en comprobarnos que, a un costado, cruzando la calle o a cientos de kilómetros, la realidad está siendo rebasada, puesta en duda por su inverosimilitud y su quebranto. Convoca a una mirada (auto)exploratoria en donde quizás pudiera conjurarse una idea acerca de la naturalidad con que miramos la violencia y sus excesos, que no es necesario mas que abrir los diarios y observar, o echar ojo de las noticias para formar parte de tal espectáculo. No propone solución alguna ni un manifiesto a favor de otra realidad, sino un asomo personal. Permite, en cierto modo, que este asomo sea más verosímil e interactivo, haciendo uso de una escritura muy absorbente y perenne, salpicando por momentos con canciones famosas. O bien, proponiendo el uso de una canción de rap como conclusión a las descripciones: ¿qué es la música sino un vehículo que permite extender la comprensión e interceptarnos en su atmósfera para ser parte de la experiencia?

La literatura no debe comprender límites. Escribir es alucinar, imaginar espacios que escapan nuestra cercanía. Cada libro es un método. Pensaba hace poco que los libros me parecen ciudades, y que por tanto el conocimiento a través de ellos, ellas, debiera ser tranquilo, natural, sin prisa. Hay que entrometerse en las calles de las ciudades para conocer, para habitar. Y sí, probablemente las calles que Rafael Ferrer nos hace recorrer no son lugares que quisiéramos visitar para un verano en familia, pero, ¿quién, o qué, sino esa literatura fantástica y juguetona que escapa de los cánones, podría meternos en esos espacios que no pisaríamos ni por error, y que sin embargo disfrutamos? Quién sino la literatura y ese glorioso sonido liberador de su aparente ilegibilidad. 

Por Demian García

Lector permanente. Devoto de la poesía y el fútbol. Escribo, hablo y habito en Revista Purgante, Interferencia IMER y Diario 24 Horas.

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