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Charly García: a punto de caer

Yo estaba en un lugar
A punto de caer
Y, aunque te parezca extraño,
Música es lo que das.

Charly García

Cuando era más joven, el director de la escuela sentenció a sus alumnos augurando un futuro en caída libre sin posibilidad de otear el fondo. Los objetivos de dicha premonición fuimos un amigo y yo. Éramos unos pobres pibes que pasábamos las clases leyendo, escuchando a Joaquín Sabina o admirando las tardes que transcurrían ante las risas extrañas de nuestro alrededor. Sólo nos interesaba la capacidad seductora del lenguaje y conocer lo más pronto posible un mundo lleno de secretos. Como es evidente, nunca fuimos populares, pero teníamos la ventaja de ser más sensibles que el resto. Nos ocurrieron cosas tan inverosímiles como cuando fuimos contactados por un ex mánager de Sabina llamado Paco Lucena, el cual había colaborado con él en la década de los ochenta y noventa. En las conversaciones que teníamos, expresó que un tal Charly García era el mejor artista que había dado nuestro continente. Nosotros apenas y lo conocíamos. Su nombre no figuraba en nuestro imaginario y una pésima canción a dueto con Sabina nos despojó del deseo de descubrirlo.

Hoy pasó el tiempo y el contacto con Lucena se perdió por completo. Siempre nos habló de que la carrera del compositor de Úbeda lo había dejado en la calle, arruinado y solo. La curiosidad es el valor intrínseco para la creatividad y, afortunadamente, el trayecto empantanado se cruzó a tiempo con el rock argentino; el rock nacional. Devoré como se hace con los buenos libros todos los álbumes de los grandes exponentes, descubriendo también pequeñas joyas ignoradas. La mayoría me encantó. Otros me sorprendieron. Casi nadie me decepcionó. ¿De dónde provenía su capacidad lírica? Quizá del tango y de esa seducción que vincula al cuerpo con la palabra, como vislumbró Astor Piazzola al reconocer a los jóvenes rockeros como el futuro de la música. La triada proponía que Gustavo Cerati era mucho más que Soda Stereo, Luis Alberto Spinetta conmovía hasta el llanto con su Muchacha Ojos de Papel y Charly García se resistía a ser comprendido. Entendí que a García no se podía llegar desde el azar. Para encontrarlo percibí que la censura fue un alimento que no le permitía salir indemne, mostrando una faz estrafalaria y ornamental que enmascaraba su infinita ternura.

El rock es algo que nadie podría definir con claridad pero que todos conocen, muy parecido al amor. Representa una fusión total y una serie de sonidos disruptivos de la época y el espacio. La industria musical devora todo y, como siempre, evita el cuestionamiento catalogando a propios y a extraños como pop, remitiéndose al concepto de popular, cuando lo bonito de éste y del arte en general es nunca conocer con exactitud lo qué es. En el momento en que catalogamos todo comienza a perder sentido.

Así es Charly García desde sus inicios, pues irrumpió en la escena de la música argentina con Sui Generis al lado de Nito Mestre, donde la formación clásica de Carlos hacia evocar desde la muerte la voz de Nito con melodías tan hermosas como las que compusieron, logrando embellecer las confesiones pueriles de inverno. Como siempre sucede, sólo adquirimos conciencia de lo perdido cuando ya no está. Y así fue este dueto que se convirtió en un símbolo de culto tras su separación.

En los momentos más duros de la dictadura argentina yacen los primeros pasos de la Máquina de hacer pájaros y de Serú Girán al que el emblema de aquel país —Luis Alberto Spinetta—, calificó como el más grande grupo argentino que se había formado, rompiendo las comparaciones —siempre odiosas— con Almendra. Evidentemente, la unión de talentos natos como Pedro Aznar y García potenció al cuarteto, proporcionándole una inyección a tiempo a todos los que se les estaba pudriendo el corazón y que padecían el maleficio del silencio político.

El nacimiento del Charly García contemporáneo es difícil de ubicar, pero tal vez nos acercaremos a él con el lanzamiento de Modern Clix (1983) y el incipiente regreso de la democracia. No obstante, Charly protestaba y advertía: «Nos siguen pegando abajo» y «la persona que amas puede desaparecer». Grabado en Nueva York, García rompía las fronteras del idioma, como una especie de Chaplin con guitarra y cigarro. Argentina lloraba su ausencia, pero él no los olvidó, pronosticando su regreso y aconsejando que cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar a nada y yo «no soy un extraño», nadie lo es, decían sus canciones en tono progresista y como una pluma metafórica que narraba la vida nocturna y emancipadora para los civiles. García nunca se ha separado del piano; es una quimera y con el disco Piano Bar consolidó su legado para siempre en aquellos años de Raros Peinados Nuevos.

Fue entonces que me di cuenta de que estaba cerca de la revolución; una tan grande como la de aquellos grupos británicos que paralizaron el orbe. Charly es eso para los latinoamericanos. Si luchaste por un mundo mejor, sabrás que Charly García seguirá materializando la catarsis de toda una generación.

A sus 70 años no se ha cansado de hacer canciones de protesta ni se cortará el pelo, negándose a morir con ese bigote bicolor que ilustra lo que ha sido su vida y obra, en el que los claros y obscuros lo tienen siempre a punto de caer, como nosotros lo estábamos, pero a su vez, nos hace sentir mucho más fuertes con su amor, ganando una estrella en el infinito deseo de encender la máquina de ser feliz.

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