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Especial de novelas de suspenso

La redacción de purgante se adentró en el peligroso mundo de la literatura de suspenso: la monstruosidad de la tecnología, clásicos misteriosos de todos los tiempos, thrillers psicológicos, descensos al infierno, tintes góticos y otras más.

Kentukis; Samanta Schweblin (Random House)

Por Demian García

Cuando se publicó Kentukis (Random House), la autora argentina describió los kentukis como «una mezcla entre una app y un dispositivo nuevo que lo que permite es el acceso remoto de un ciudadano a la vida privada de otro». Ese artefacto-mascota-peluche es el mediador (o medio) que probablemente emule a la experiencia humana real que se ve atravesada por la tecnología. Que, nos dice, quizás subrepticiamente, que la tecnología no es lo que es propiamente malo, sino quien le controla, quien está detrás de ese ojo vigilante que tiene cámaras incrustadas que, al ser activadas, pueden ser dominadas desde cualquier parte del mundo a través de un usuario.

En Kentukis se narran experiencias únicas que se ven expuestas por ese artefacto común, como un hilo que atraviesa todos los espacios, que no pide permiso para entrometerse, y que, pese a ello, no es por sí solo el culpable, sino que el horror, la monstruosidad tiene que ver con el usuario, con quien controla. Nos recuerda, eso, que la tecnología tiene una parte humana. Una parte humana frente a otra parte humana, mediada por un artefacto. Las conexiones humanas diseccionadas desde su perversidad, su globalidad, el tener que formar parte siempre de algo, por absurdo o ilegítimo que esto sea. Existen diferencias, y ello se plantea con las distintas culturas que Samanta Schweblin retrata; sin embargo, recuerda cierta uniformidad humana, que somos tan iguales como tan distintos al mismo tiempo: es la relación con la tecnología lo que nos hace ser seres iguales. Quizás pregunten, a estas alturas, qué de horror puede tener lo que Schweblin escribe en su segunda novela y que carajos intento acá desdibujar. Planteemos, pues, lo (in)inteligible, lo (in)distinguible, lo fatal y macabro pero reconocible, y encontrémonos así con lo insólito, lo incómodo de pensar, sentir, olfatear la realidad.

Sharp Objects; Gillian Flynn (Three Rivers Press)

Por Diana Lerendidi

Sharp Objects (Heridas abiertas) fue el debut literario de la escritora estadounidense Gillian Flynn, con el cual incursionó por el seductor camino del suspenso. Estamos ante un thriller psicológico inquietante e incisivo que retrata con pinzas distintas enfermedades mentales como: el Síndrome de Münchhausen por poder, las autolesiones como síntoma del trastorno límite de la personalidad, el estrés postraumático y la depresión, e intenciones suicidas. La depravación, la maldad, la doble moral, el abuso infantil, las relaciones patológicas y los trastornos mentales son los protagonistas de esta historia llena de intriga, perversión y secretos familiares. Camille Preaker encarna a una periodista, víctima de la autoagresión, una práctica que ejerce intencionadamente para reabrir sus propias heridas. Camille vuelve a su pueblo natal, Wind Gap, para investigar el asesinato de dos chicas y escribir sobre los lamentables hechos para el periódico en el que trabaja. Al llegar se reencuentra con un pasado que la aterra; los recuerdos tormentosos de la muerte de su hermana Marian y la causante de todos sus traumas, su enferma y manipuladora madre, Adora. Camille también se reencuentra con su media hermana, Amma, y es testigo de los estados patológicos que sufre y de la doble vida que tiene a espaldas y a consecuencia de los extremos cuidados de su madre.

Gillian Flynn nos regala trampas evidentes para engancharnos con posibles y sospechosos asesinos, deja un ilusorio hilo de dónde tirar hasta sorprendernos con un giro inesperado. Ponerle nombre, rostro y fin a los asesinatos es una dosis que debe tomarse lentamente y con los ojos cerrados.

Consumidos; David Cronenberg (Anagrama)

Por Sebastián López

Un joven David Cronenberg de 21 años, antes de consagrarse con su prolífera carrera cinematográfica, tenía curiosidades periodísticas y literarias debido a la vocación de su padre, Milton Cronenberg, quien practicaba la palabra y denuncia escrita. El interés de Cronenberg con el cuerpo humano como símbolo de la condición y crítica social, parte de escritores como William Burroughs (1914-1997) —de quien adaptaría su polémica novela El almuerzo desnudo— y una serie de cuentistas poco conocidos para basarse en su filosofía y crear un estilo propio. Consumidos es una novela juvenil de una manera no tan convencional: tiene un ritmo maduro, pero al ser un escritor con indagaciones, la pasión de introducir elementos en demasía se hacen presentes, cosa que evoca los intereses de Cronenberg a la hora de exponer una filosofía que parte de una moral análitica, intelectual, paroxista. Es con el body horror que Cronenberg sabe manejar su rubro de una forma en la que destruye al lector: lo corrompe, lo deconstruye, lo hace ser participante de un recorrido perverso y existencial para comprender las nuevas miradas de explorar el mundo.

La figura o la vocación de su padre se hacen visibles, puesto que los dos protagonistas son periodistas, ambos investigan casos de homicidios diferentes, que tienen interrogantes, donde las relaciones afectivas a la distancia o la confianza en el segundo polo del vínculo están presentes a manera de una metáfora sobre las relaciones humanas —que no han tenido un cambio en la contemporaneidad; sin embargo, al estilo Burroughs, Cronenberg hace de su primera novela un banquete de elementos de horror, suspenso, filosofía, pedagogía y, claro está, la vocación periodística, para dar una narrativa literaria que es un breve descenso al infierno: no hay página en la que se descanse, constantemente, mientras se sigue leyendo la linealidad de la historia, hay un despertar por saber cuál será el destino de los personajes, pues como Hitchcock mencionaba (parafraseando su definición): el suspenso es cuando el espectador o lector sabe que el personaje está en peligro, pero no puede trascender al plano de la ficción para advertirle: está en espera de su inevitable destino.

La Historiadora; Elizabeth Kostova (Umbriel)

Por Ricardo López Si

Días antes de adentrarme en los Cárpatos, pasé una larguísima tarde en la Biblioteca Nacional de Rumania, a orillas del río Dambovita. En una de las salas exteriores me encontré con una serie de registros históricos que profundizaban sobre la dura infancia de Vlad Tepes, El Empalador, como rehén en la corte del sultán Murad II y de su meteórico ascenso militar en la Hungría medieval. Entonces descubrí que, aunque pesaba sobre mi espalda la alargada sombra de Jonathan Harker, me sentía más identificado con la escrupulosidad y melancolía del profesor Rossi, aquel entrañable personaje cuya desaparición detona la trama de La historiadora. Confieso que me parece un tanto injusto que la novela de la británica Elizabeth Kostova sea valorada únicamente como deudora del Drácula de Bram Stoker. En realidad, dentro de lo que parece ser una novela histórica con tintes góticos, se asoma un relato de viajes puro y duro. Pensemos que el libro propone una ruta apasionante que incluye las antiguas bibliotecas de Estambul, las aldeas más remotas de Bulgaria y los monasterios transilvanos en ruinas. Por ello, en mi regreso a Bucarest, aprovechando los miles de visitantes que tiene cada día la librería Carturesti Carusel, de la Strada Lipscani, dejé una nota en el interior de un libro de Richard Ford para no levantar sospecha entre potenciales cazadores de vampiros: Para mi querido y desventurado sucesor; dolorosamente tuyo.

Los renglones torcidos de Dios; Torcuato Luca de Tena (Planeta)

Por Josefina Zícaro

Los renglones torcidos de Dios es una novela publicada en 1979 por el madrileño Torcuato Luca de Tena; una obra con un éxito sin precedentes, vigente aun a día de hoy. El libro juega con la ambigüedad hasta en el clímax, un artífice propio del gótico que mantiene al lector alterado para que descifre qué está sucediendo realmente, las dos caras de la moneda. Torcuato de Tena introduce un personaje protagonista, Alice Gould, una mujer de familia acaudalada, quien se interna voluntariamente en un psiquiátrico para descifrar el porqué y el causante de un terrible crimen. Lo cierto es que si bien el personaje es criminóloga, no es menos cierto que a lo largo del libro su voz se torna poco creíble, al igual que se dan algunas incongruencias en sus relatos, a lo que hay que sumar un divorcio repentino justo antes de la entrada al centro, una posible historia de maltrato. Es uno de los libros más vendidos en España y con él, Torcuato De Tena tuvo tanto tino en la descripción del centro y de los personajes que a la obra se le sumaron posteriormente un prólogo del psiquiatra español Juan Antonio Vallejo Nájera, así como el siguiente escrito:

«Los renglones torcidos de Dios son, en verdad, muy torcidos. Unos hombres y unas mujeres ejemplares, tenaces y hasta heroicos, pretenden enderezarlos. A veces lo consiguen. La profunda admiración que me produjo su labor durante mi estadía voluntaria en un hospital psiquiátrico acreció la gratitud y el respeto que siempre experimenté por la clase médica. De aquí que dedique estas páginas a los médicos, a los enfermeros y enfermeras, a los vigilantes, cuidadores y demás profesionales que emplean sus vidas en el noble y esforzado servicio de los más desventurados errores de la Naturaleza.»

Y es que, con el objetivo de documentarse adecuadamente, Torcuato se internó en un psiquiátrico para observar las dinámicas en este y describir mejor el tono del ambiente. Otro artistas como Robert de Niro, hicieron lo mismo en filmes como Taxi Driver. Son llamativos los ecos góticos de influencia de Henry James en Una vuelta de tuerca, por ejemplo. El lector de Los renglones torcidos de Dios deberá descifrar si Alice dice la verdad o si sufre una demencia.

En México existió una adaptación cinematográfica llevada a cabo por el director Tulio Demicheli y actualmente se está trabajando en una nueva adaptación con la actriz Barbara Lennie.

El gato negro; Edgar Allan Poe (Plutón Ediciones)

Por Alba Otero

El gato negro es un cuento corto de Edgar Allan Poe, donde la perturbación del protagonista es el eje de la historia. Se trata de un relato narrado en primera persona, en el que el autor estadounidense consigue que al principio empaticemos y nos identifiquemos con él. Tenemos a una persona dulce que adoraba a los animales y, una vez alcanzada la edad adulta, se casa y tiene un matrimonio feliz —hay que recordar que es el año 1843. La decadencia de nuestro simpático personaje transcurre con el pesar de los años e incluso se vuelve un psicópata alcohólico, un giro de guion bastante inquietante. El relato, narrado en primera persona, consigue que te metas en la mente del protagonista. Durante todo el breve sólo deseas saber el porqué de sus acciones, no se llega a entender el motivo de sus crueles asesinatos —todos narrados de forma sencilla y sin ser muy excéntrico. El planteamiento que hace sobre la perversidad del ser humano es digna de análisis, pues muestra un personaje que carente de remordimientos explica sus crímenes y que no debe responsabilizarse de ellos, ya que justifica cada acto. El estilo de Poe es inconfundible en este cuento, donde el horror y los factores psicológicos dan esa expresión del terror abstracto. Esta trágica y aterradora obra juega con la empatía de las personas, escenario que sirve al también poeta para mantener el suspense durante toda la historia. A veces, cuando buscamos el porqué de un hecho, sencillamente no existe.

«Tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre».

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