La timidez se envasa en pequeños contenedores. Se llevan (o deben llevar) siempre en una mochila —o de alguna forma que permita contar con ellos en todo momento— y se destapan cuidadosamente para evitar un derrame o incidente. Su manejo requiere cierto expertise. Carece de denominación de origen y su contenido, por pura inferencia, debe tener algún gas noble o alguna forma del benceno.
Los envases que la contienen son de uso exclusivo de sus portadores y los efectos – en teoría, siempre en teoría – son contenidos por los propios afectados en cuestión de segundos.
Seguramente, de pequeño, mis padres eran los encargados de guardar o transportar la carga que me correspondía. Conforme fue pasando el tiempo, la responsabilidad fue cedida al arriba firmante. En un principio tuve algunos incidentes al transportarla de un lado a otro. Grandes y pequeños. Me explotaban los envases en las manos por agitarlos en demasía. Derramé más de una docena de ellos por los lugares donde circulaba o en sitios en los que las condiciones se tornaban fuera de mi planeación. Quizá mi impericia y falta de motricidad fina hayan tenido cierta responsabilidad.
Se rumora o he escuchado a través de un experto (¿o era influencer?) que el contenido y la mezcla de cada envase es creado de forma personalizada. Ninguna timidez resulta igual a otras timideces. Reacciona de formas distintas ante un mismo impulso. Diferentes sujetos presentan diferentes conductas. De ahí la importancia de mantener un entorno aséptico en su elaboración. Todo esto se ha desarrollado a través de trabajo de campo, bajo una estricta vigilancia en la recopilación de datos.
Ahora que lo escribo, no recuerdo haber solicitado —o mencionado querer o buscar— esos envases en ningún tipo de presentación. Ignoro —porque nunca lo hablé, claro— si mis padres hicieron o llenaron alguna solicitud en mi nombre, antes o después de mi nacimiento. Quizá sea momento de hacer algún tipo de pesquisa al respecto. He estado recabando la información necesaria para deshebrar esta situación que ha generado, yo no diría inconvenientes, pero sí algo más que simples incomodidades.
Durante la adolescencia las dosis que correspondían llevar conmigo cada día de mi vida eran de medianas a altas. Esto se explica porque los contextos y las circunstancias pueden cambiar minuto a minuto, día con día. Poco sabía hasta hace unos meses acerca del incremento súbito en la saturación de la mezcla entre C0, M100, Y100 y K0, y que el resultado ese compuesto podía ser percibido con cierta facilidad a varios metros a la redonda.
Es cierto que la timidez no se explica con una constante, así que el marco teórico no puede ser tan teórico. No lo sé, igual cambiar su embalaje, la fórmula, generar marcos dónde podamos medir la velocidad con las que las palabras se esconden cuando efervesce o si podemos vigilar la trayectoria con la que descienden las pequeñas gotas de que contienen cloruro de sodio que llegan a desprenderse. Son ideas que pongo en la mesa a través de esta disertación o ensayo.
Hay condicionantes que pueden llegar a alterar el funcionamiento de la timidez. La presencia de ciertos elementos (o elementas) en condiciones inesperadas. Situaciones donde la absorción del contenido de los envases se acelera. Se ha documentado (Caso 3105-71, sexo masculino) que, posterior a esos eventos, la persona puede, eventualmente, entrar en un loop de pensamientos que, de no atenderse, puede convertirse en una falla recurrente en el sistema.
Se ha debatido sobre la persistencia y biodegradabilidad del contenido de esos envases: si en algún momento el cuerpo lo absorbe y simplifica o si el DNA forma cadenas con información al respecto. Si siempre que llames o escribas el pulso se me acelerará. Si ante la emoción de escucharte con ese timbre de voz perfectamente detectado e identificado, sonreiré como estúpido.
Lo ignoro.
Se desconoce hasta hoy —fecha en la que redacto este ensayo/prueba clínica— si, después de la muerte, la condición se mantiene o toma otra forma. Ya habrá tiempo de averiguarlo.

