El egoísmo es un pecado que el ser humano lleva consigo. Esta película es como un extraño rodillo pictórico que el ego desenrolla y muestra. Algunos dicen que no pueden entender en absoluto este guion, pero eso es porque es imposible comprender el corazón humano.
Akira Kurosawa sobre Rashômon (1950)
Las luciérnagas son insectos de la familia Lampyridae, también conocidos como cocuyos o gusanos de luz. Son populares gracias a su bioluminiscencia, que es la capacidad de producir luz mediante una reacción química en su abdomen. La mayor parte de su corta vida la pasan como larvas en el suelo, alimentándose de lombrices y caracoles; su presencia indica que la salud del ecosistema es positiva.
En la cultura oriental, las luciérnagas (hotaru) tienen importantes connotaciones poéticas y espirituales, símbolos del amor, las almas de los muertos y lo efímero de la belleza. En la película animada La tumba de las luciérnagas (1988), del director Isao Takahata, cuando la pequeña Setsuko pregunta a su hermano Seita por qué las luciérnagas mueren tan pronto, existe una alegoría directa con ellos mismos, dos almas inocentes en un mundo demasiado cruel.
Pero la metáfora del título va más allá. Diversas fuentes históricas señalan que durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados japoneses se referían como luciérnagas a las bombas incendiarias que caían y explotaban, dejando a su paso una estela de muerte y destrucción. En la animación de Takahata, la diferencia entre las luces de fuego que caen y los radiantes insectos que se elevan, se difumina, dolorosamente. El miedo y la culpa lo carcomen todo.
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En el desenlace de aquel tremendo drama llamado Lilya Forever (2002), del director sueco Lukas Moodysson, los personajes centrales Lilya y Volodya caminan felices jugando en una azotea que es bañada por lo que parece luz divina. Son muy jóvenes, apenas adolescentes, y después de sufrir toda clase de vejaciones en un mundo que no los entiende y los tortura, su alegría explota en ese tejado porque están juntos, en otra dimensión. La muerte les permitió escapar de un ambiente en el que nunca se sintieron seguros. Los adultos indiferentes, los gobiernos corruptos, las guerras interminables. Todo apunta a un universo social demasiado complejo para las infancias que en lugar de juegos y amor, reciben violencia.
En La tumba de las luciérnagas existe un triste paralelismo con Lilya Forever: tanto Seita y Setsuko como Lilya y Volodya, están muertos al final de sus tramas, porque jamás encontraron un verdadero hogar y desde muy pronto, el horror los atosiga sin piedad. Solo encuentran la paz al traspasar el umbral de la muerte. Una de las secuencias iniciales más hermosas (pero no por eso menos dolorosas) de la historia del cine, es sin duda, la de la película de Isao Takahata: cuando el bote de dulces cae al piso (con las cenizas de la pequeña Setsuko dentro), provoca que cientos de luciérnagas se eleven en ese negrísimo cielo, iluminándolo. Seita toma de la mano a su hermana y juntos emprenden un viaje a los sitios donde vivieron, tratando de entender su deceso.
La tumba de las luciérnagas es, precisamente, la crónica de dos almas inocentes que en retrospectiva asimilan su desgracia en medio de la guerra, una de las expresiones más destructivas del ser humano. Durante todo el metraje, los espíritus de Seita y Setsuko transitan entre el horror, viéndose a ellos mismos degradarse ante la tragedia final. Pero en esa otra dimensión, donde están muertos (aunque, paradójicamente, sanos y tranquilos), su hermandad se ve arropada por el cariño que se tienen y la seguridad de estar juntos. Hacia el desenlace, cuando el fulgor del Japón moderno rebota en las caras de los dos ingenuos personajes, Setsuko se queda dormida y Seita voltea ligeramente al espectador, rompiendo la cuarta pared. Pareciera que el joven interpela al espectador: ¿Habrían hecho lo mismo?, ¿En verdad las guerras valen todas las vidas que se pierden?
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La experiencia de La tumba de las luciérnagas emerge desde dos coordenadas: la culpa y el miedo. La catarsis del arte, siempre tan efectiva, permite exorcizar esas culpas y temores. El autor de la novela corta en que se basa la película, Akiyuki Nosaka, publicó el libro en octubre de 1967, como una forma de redimirse ante la muerte por desnutrición de su hermana Keiko. Por otro lado, el director Isao Takahata también tuvo terribles vivencias durante la guerra: a los nueve años, sobrevivió a un bombardeo junto a su hermana, en la ciudad de Okayama. Takahata afirmó en entrevistas que no podía dejar de temblar del miedo ante cada estallido, pero sobre todo, le aterraba perder a su hermana.
Esta fusión de culpa y sobresalto es amalgamada por los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Akiyuki Nosaka había recibido muchas ofertas para la adaptación de la historia, pero no se convencía, hasta que le propusieron que fuera una animación. Takahata, que venía de producir Nausicaä del Valle del Viento (1984) y El castillo en el cielo (1986) de su amigo Hayao Miyazaki, se interesó en la historia de Nosaka y la propuso al recién fundado Studio Ghibli.
El legendario productor Toshio Suzuki tuvo una idea arriesgada: la producción y el estreno en conjunto de dos películas: Mi vecino Totoro (1988) y La tumba de las luciérnagas, mostrando así dos lados de la adversidad en la infancia, uno más positivo que el otro. Mientras el filme de Miyazaki apuntaba a la amistad y la esperanza, el trabajo de Takahata sería un drama histórico y realista sobre la Segunda Guerra Mundial. En su momento, el resultado de ese debut paralelo fue desigual, pero no poco relevante: Totoro obtuvo un notable éxito con el público en parte debido a su marketing y los entrañables personajes, al tiempo que la historia de Seita y Setsuko fue alabada por la crítica, pero no alcanzó una amplia recepción del público, probablemente por su crudeza. Lo cierto es que ambas se convirtieron con el tiempo en películas de culto.
Cielo, mar, bosque y ciudad son los espacios donde se desenvuelven los personajes de las dos historias. Pero es solo en La tumba de las luciérnagas donde la barbarie de la guerra salpica los cuatro puntos, de forma siniestra. La poderosa animación de Isao Takahata irradia una actualidad que estremece, podría dialogar plenamente con el contexto contemporáneo. El tema principal, las infancias bajo la metralla infame, resulta de una vigencia imperecedera.
En esta época de grandes avances tecnológicos, con smartphones atiborrados de aplicaciones y la inteligencia artificial cundiéndolo todo, resulta frustrante que los gobiernos sigan sumidos en conflictos armados que revelan el fracaso en su deber más importante: proteger a la sociedad. Después de la pandemia de COVID-19 que azotó al mundo hace unos años, se perdió una oportunidad única de entender que todos los seres humanos comparten la misma tierra y que solo la unión de intereses/acciones es la salida al caos. Las guerras en Ucrania y la Franja de Gaza se presentan entonces como un hervidero de traumas y muerte que afectan a la sociedad civil, principalmente, a las niñas y niños que crecerán con un dolor emocional crónico.
Recientemente, Israel ha mantenido su ofensiva sobre Gaza, dejando gran parte del territorio en ruinas. Datos de la ONU señalan que más del 60% de las casas fueron destruidas y el 95% de los hospitales no funcionan; alrededor de dos millones de personas han sido desplazadas en medio de la grave escasez de alimentos, medicinas y agua potable. El ingreso de la prensa internacional a la zona ha sido limitado, por lo que los fotógrafos locales arriesgan sus vidas para documentar la guerra que viven. En el World Press Photo de 2025, pudieron verse fotografías brutales de Ali Jadallah y Samar Abu Elouf, fotoperiodistas palestinos quienes han perdido familiares y amigos en medio del desastre. Aquellas imágenes que encuadran niños heridos y mutilados con sus miradas perdidas, presas del terror, son devastadoras.
Este paralelismo de realidad atroz entre La tumba de las luciérnagas (una película que cumple 37 años) y la realidad actual es demoledor porque indica que la sociedad y sus gobiernos no han aprendido nada. Seita y Setsuko son las víctimas de un conflicto armado que no alcanzan a entender y los coloca en una situación de vulnerabilidad que poco a poco los irá acabando. Seita se enorgullece primero del patriotismo que lo motiva, poniendo en la figura de su padre al salvador que regresará y pondrá las cosas en su lugar, justo como era antes. Después, el joven se dará cuenta que el sentimiento patriótico de poco sirve cuando el hambre golpea y la salud de su hermana empeora.
Qué dura resulta esa secuencia donde una familia regresa a su casa después de la guerra y enciende el tocadiscos; las risas siguen y parece que nada hubiese ocurrido. Un ligero paneo y se muestra enfrente el sencillo escondite de Seita y Setsuko, con la desesperación y la muerte acechando. En las guerras, no todos tienen la misma suerte, algunos pierden todo, otros no mucho, pero todos pierden algo. Pareciera que los combates armados solo destrozan inocentes y recompensan a los que se aprovechan del caos. Aquellos pocos que no resultan tan afectados, son los que más desean conservar lo que tienen. El dolor ajeno se acentúa en la adversidad y la sociedad se vuelve irremediablemente egoísta, protegiendo lo suyo, como la tía de Seita, quien se aprovecha de ellos y después, los deja ir sin preocuparse por el futuro de los niños.
Las guerras también convierten a los niños en adultos de manera instantánea, llenos de estrés ante el miedo y las responsabilidades que los persiguen. Seita debe cuidar de su hermana y falla en ese deber. El escritor Akiyuki Nosaka vio morir a la pequeña Keiko y a diferencia de su alter ego, tuvo que seguir viviendo con la culpa. Seita y Setsuko se encuentran en el más allá y con eso el autor quiso reducir esa culpa, dando a sus personajes la paz de estar juntos, lejos del miedo.
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Libro y película resultan poderosas, cada una en su lenguaje y medio. Si bien la versión literaria de La tumba de las luciérnagas es mucho más cruda en sus descripciones (por ejemplo, las últimas líneas sentencian: “La tarde del veintidós de septiembre del año veinte de Shōwa, Seita, que había muerto como un perro abandonado en la estación de Sannomiya, fue incinerado junto a los cadáveres de otros veinte o treinta niños vagabundos en un templo de Nunobiki y sus huesos fueron depositados en el columbario, los restos de un muerto desconocido”), la cinta animada solo es posible atravesarla en sus 99 minutos (Setsuko muere al minuto 80) gracias a los siempre hermosos trazos de anime que van de lo tierno a lo lúgubre, de lo oscuro a lo radiante.
Las pinturas de Katsushika Hokusai se sienten como una referencia pictórica natural, en esos limpios planos de color donde el agua y el verde de la naturaleza aparecen para dar un poco de alegría a los hermanos protagonistas. Resulta curioso el uso que Isao Takahata le da al flashback en esta animación, como en aquella secuencia donde Seita y Setsuko aparecen felices en la playa, con las olas brillantes y el sol que rebota en la arena. El flashback se utiliza no para iluminar el presente con la luz del pasado, sino que se toma como en la poesía oriental, para proponer un paralelismo. Es triste que lo que en un momento fue luz y felicidad, se torne lúgubre ante eventos que los niños no pueden controlar, como las guerras y la violencia. En su libro Niño (2013), el cineasta Takeshi Kitano dice tajante: “No existe el cielo. Es una idea que creamos cuando nos dimos cuenta de que tan sólo existe el infierno después de la muerte”. En La tumba de las luciérnagas, esta idea se afianza con la desilusión de Seita ante la desgracia que lo lastima, provocando en el espectador una reflexión: en algún momento de la vida, el peso irremediable de la realidad adulta llegará y el único consuelo serán las inolvidables tardes infantiles, que al igual que un ukiyo-e de Hokusai, envuelvan olas espumosas y bosques llenos de musgo.
Por otra parte, la música es un elemento que refuerza las emociones a lo largo del metraje de la película. La partitura es obra del compositor, director de orquesta, musicólogo y profesor japonés Michio Mamiya, experto en los estilos barroco y clásico. En algunos de los temas como Setsuko and Seita ~ Main Title, At the Shore of the Pond, Grave of the Fireflies y Two (People) ~ End Title, la melancolía expuesta en cada nota se vuelve casi insoportable. No es solo lo que se ve, también es lo que se escucha. La mezcla de las durísimas imágenes de las vicisitudes de Setsuko y Seita, junto a las afligidas melodías del soundtrack, provocan un dolor profundo. La cinta, funciona sin duda también como parte de la memoria colectiva del Japón; son pequeñas notas autobiográficas del sufrimiento de una nación entera. Michio Mamiya, que murió en diciembre de 2024, afirmaba en no pocas ocasiones que su música estaba creada para fomentar la paz.
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Una parábola budista dice: “Como vasijas de barro moldeadas en el torno de un alfarero, así son las vidas humanas: por muy cuidadosamente que hayan sido creadas, todas están condenadas a la destrucción. Nada de lo que existe perdurará, la vida es como las aguas de un río que fluyen y nunca regresan”. Este reflexión pesimista, queda inevitablemente ligada al horror de la guerra y los conflictos armados. La tumba de las luciérnagas es también una dura crítica a la política japonesa de aquellos años, que no aprobó una ley de protección para los huérfanos de la guerra hasta septiembre de 1945, justamente cuando todo parecía terminar.
80 años después, en esta era Instagram que bombardea con millones de imágenes todos los días, la sociedad sigue tan egoísta e indiferente como siempre, escondida en un falso activismo que no sirve de nada. Las guerras que se miran de lejos, como la subida de un río que se ignora hasta que el agua inunda los pies, son eventualidades que parecen lejanas pero que dañan irreparablemente a todos los seres humanos que comparten el mismo planeta. La tumba de las luciérnagas podría ser exhibida en cada escuela del mundo, mostrándole a los niños y adolescentes el dolor que las guerras dejan, lejos del heroísmo que Hollywood ha vendido hasta el cansancio.
Takahata negó siempre que su animación fuera una película antibélica, alegando que su intención era poner el foco en la relación de los hermanos ante la adversidad de una sociedad egoísta. No obstante, el filme tiene elementos que irremediablemente la hacen estar en contra de la guerra: la representación gráfica de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias emocionales en los seres que viven la tragedia. En la tradición antibelicista de grandes obras como Senderos de gloria (1957) y Cara de guerra(1987) de Stanley Kubrick, La infancia de Iván (1962) de Andréi Tarkovski, Ven y mira (1985) de Elem Klimov y En tierra hostil (2008) de Kathryn Bigelow, la película animada de Isao Takahata destella como una de las más hermosas en la historia del séptimo arte.
El despiadado crítico norteamericano, Roger Ebert, opinaba: “La tumba de las luciérnagas es una de las películas más impactantes con mensaje antiguerra que haya visto”. Por su parte, el historiador de animación Ernest Rister, no solo comparó la obra con La lista de Schindler (1993) de Steven Spielberg, también dijo: “Es la película más profundamente humana que haya visto en mi vida”. Tim Grierson de la revista Rolling Stone, escribió: “La tumba de las luciérnagas quizás sea la cumbre de la animación para adultos (…) ¿La última película de Pixar te hizo llorar? Esta te arrancará el corazón y el alma.”
La leyenda cuenta que el gran Akira Kurosawa, al terminar de ver este filme animado, se sintió profundamente conmovido; no reparó en elogios para el anime y la consideró su producción favorita del estudio Ghibli, por lo que escribió una carta de felicitación a quien creía era el director de la cinta: Hayao Miyazaki. Un error que solo incrementó la popularidad del trabajo de Isao Takahata. El mismo Miyazaki alabó la película de su amigo (no debe olvidarse que se estrenó junto a Mi vecino Totoro), pero criticó la actitud de Seita, al ser un tanto irresponsable con la salud de su hermana.
Ese es un punto en donde se ha encontrado que los públicos han tenido variadas interpretaciones de la película, debido a las diferencias culturales. Para los orientales, las acciones de Seita se tornan comprensibles, por el honor y orgullo, mientras que para los occidentales, la idea de que pudo haber hecho más por Setsuko, es contundente. Rumbo a los últimos minutos de la trama, mientras suena el lamento del piano, hay una secuencia que irradia un dolor lírico por la potencia de sus imágenes. Ya hemos hablado del uso del flashback para remarcar el paralelismo, entonces, cuando Seita está por incinerar a su hermanita, la recuerda jugando, feliz, entendiendo que con su muerte, la alegría se ha terminado. Hay una disolvencia sobre la cara feliz de Setsuko, que nos lleva directamente a su rostro dentro del ataúd, con la palidez del deceso. El fuego purificador y el dolor del adiós.
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La tumba de las luciérnagas incomoda por que coloca al espectador frente a una realidad terrible como es la guerra, no dando oportunidad de voltear la mirada. Esta trascendente obra japonesa, ya proponía a la animación como una herramienta óptima para atender temas adultos; vendrían después otros trabajos como Anomalisa (2015) y la sexualidad; Persépolis (2007) y la difícil situación de las mujeres en Irán o Vals con Bashir (2008), también de temática bélica.
La animación del director japonés Isao Takahata trasciende por su dolorosa atemporalidad, con la mirada sobre los estragos de la violencia armada en los niños, que sin entender la complejidad de la guerra, se ven envueltos en sus consecuencias. Los conflictos actuales en el mundo, como la invasión rusa en Ucrania, la guerra civil en Sudán, la violencia interminable en la República Democrática del Congo, los bombardeos entre Irán e Israel y la destrucción de La Franja de Gaza, demuestran que las sociedades siguen sumidas en una indiferencia crónica. Las guerras casi son documentadas en vivo desde Instagram y TikTok, pero de nada sirve el atestado envío de imágenes sino pueden detenerse las hostilidades. En esta época tecnológica avanzada, con teléfonos de alta gama y la inteligencia artificial acechando, nos sigue faltando lo más importante: tener humanidad.
La crónica de Seita y Setsuko, como dos espíritus que buscan entender y asimilar los motivos de su tragedia, pasa a la historia como una de las animaciones más hermosas y crueles de la historia, que debería y podría ser utilizada con fines didácticos, donde los niños y niñas de las nuevas generaciones se enfrenten y conozcan el horror de las guerras y sus efectos en la población.
Luego de su triste travesía, los hermanos se sientan en una banca ante el Japón contemporáneo, cansados, pero convencidos de que es en esa dimensión etérea donde están mejor. El director Takahata, finaliza: “Hay una cosa que me gustaría explicarles primero. En Japón, el budismo es una religión importante (yo mismo soy budista), pero se trata de un budismo que experimentó un cierto número de cambios en comparación con su doctrina inicial que provenía de India o China. Se mezcló con un culto a los ancestros que todavía es muy fuerte hoy en Japón. Para darles algunos elementos explicativos, se trata de un conjunto de creencias que sostiene que los difuntos no se fueron realmente, sino que están en un lugar lejano e inaccesible para nosotros, aunque permanecen muy cerca de nosotros. Y nos ven. Puede considerarse como suerte, pero también puede ser una forma de vigilancia. Hagan lo que hagan, quienes nos son queridos nos ven. Y es más bien este aspecto el que deseo expresar en este final. Pero en cierto sentido, también tienen razón, porque en la ciudad de Hiroshima, donde cayó la primera bomba atómica, hay un monumento a los muertos que tiene una inscripción grabada que dice: Descansen en paz, porque no repetiremos los mismos errores”.
Heredera de una brecha que en su momento abrieron cintas como Las cuatro estaciones de los hijos (1939) de Hiroshi Shimizu, Robô no ishi (1938) de Tomotaka Tasaka y Haha to ko (1938) de Minoru Shibuya, La tumba de las luciérnagas también utiliza el punto de vista infantil para exponer las contradicciones del mundo adulto. En todas esas historias, las infancias deambulan entre el abuso, la violencia y sobre todo, la indiferencia de los adultos, con un realismo estremecedor. La semejanza con la actualidad duele, pues aunque el mundo es testigo de las guerras, casi en tiempo real, la muerte y la destrucción no terminan. Se decía, en algún momento, que si los ojos de todo el orbe hubieran estado atentos a los horrores de la Segunda Guerra Mundial, muchas atrocidades se habrían evitado. Es mentira. Hoy, la mirada está puesta en Gaza/Ucrania y no hay diferencia. Ante la guerra, la sociedad pasa de largo, olvida pronto, desliza la pantalla hacia la siguiente noticia.
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Shôhei Imamura trabajó en algún momento como asistente de dirección del legendario director Yasujirô Ozu. En una escena, una mujer mayor muere de hemorragia cerebral, lo que fue muy doloroso para el joven aprendiz, pues su propia madre había muerto apenas unos días antes del mismo percance. Imamura cuenta que desolado, se encerró en el baño a llorar. Lo que sucedió después, fue determinante para la visión del genio detrás de La balada de Narayama (1983): “Ozu me siguió y vino a orinar a mi lado. Señor Imamura, me preguntó, ¿es esa la pinta de una hemorragia cerebral? ¿Lo he captado bien? En el momento pensé que era terriblemente cruel pero más tarde me di cuenta de que un gran cineasta se tiene que comportar así en ocasiones”.
La tumba de las luciérnagas transmite precisamente ese sentimiento al que se refiere Shôhei Imamura. No es una película cruel, es una película real. Una animación sin concesiones en la que su director trata con precisión quirúrgica los estragos de la guerra dentro de una sociedad que se torna egoísta ante la desgracia ajena.
El río de barro (1981), del director Kohei Oguri, es una película dramática ambientada en 1956, que describe las vicisitudes de la infancia ante un mundo atroz y la inevitable pérdida de la inocencia. A propósito de este trabajo, el periodista, crítico, historiador de cine japonés Tadao Satō, lanzaba la siguiente pregunta: “¿Por qué las mejores películas japonesas sobre niños son tan dolorosas?” Luego de una profunda reflexión, agregaba: “Puede deberse a la misma naturaleza autoritaria de la sociedad japonesa y a la necesidad de preparar a los niños desde muy pronto para que soporten la represión de ese autoritarismo.”
Si bien la ópera prima de Oguri no aborda la guerra directamente, sí se acerca a los estragos de la miseria y los comportamientos de una sociedad sórdida, en la que cuesta crecer. Los niños, al igual que Seita y Setsuko, no alcanzan a entender por qué los adultos toman esas decisiones que lastiman y dejan cicatrices imborrables.
Mientras se escriben estas líneas, los gobiernos del mundo están reunidos buscando el alto al fuego y un acuerdo de paz en Gaza, en un plan impulsado por el Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. La esperanza debe persistir ante la adversidad.
Al final, La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahata, emite esa poderosa luz de optimismo sobre un mundo codicioso e indiferente. Un fulgor igual de enérgico que aquel diminuto insecto bioluminiscente cruzando la oscuridad del cielo nocturno que parece engullirlo. El destello, por pequeño que sea, siempre brillará entre las tinieblas.
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Referencias:
Hokusai, K. (1831). La gran ola de Kanagawa.
Kitano, T. (2013). Niño. Anagrama.
Kurosawa, A. (1999). Something like an autobiography. Vintage.
Miyazaki, H. (Director). (1988). Mi vecino Totoro [Película]. Studio Ghibli.
Moodysson, L. (Director). (2002). Lilya 4-ever [Película]. Memfis Film.
Nosaka, A. (1967). La tumba de las luciérnagas. Shinchosha.
Takahata, I. (Director). (1988). La tumba de las luciérnagas [Película]. Studio Ghibli.
World Press Photo Foundation. (2025). World Press Photo 2025.
(Texto publicado en el libro: “Disertaciones psicoanalíticas y cinematográficas sobre anime” – Alma Rosa Tapia (Coordinadora) – Universidad de Londres, Editorial Hayal gücü)

