Los divagantes: el regreso de Guadalupe Nettel

Antes una cosa: no pretendo aportar nada a la polémica —a la ‘funa’, se diría hoy— en la que se ha visto envuelta la autora en semanas recientes. Esta es sólo la reseña de un libro.

Guadalupe Nettel es, probablemente, la escritora mexicana contemporánea más internacional de todas. Entiéndase “internacional” no por la cantidad de lenguas a la que es traducida —alrededor de 17—, ni por los distintos mercados en que circulan sus libros: Brasil, Japón, Inglaterra, seguidos de un largo etcétera; sino por los espacios en que transcurre su narrativa. Lo mismo nos puede contar una historia que suceda en un parque de Ciudad de México que en un café de Barcelona; en un departamento de Nueva York que en una librería de París, pues se tratan de ciudades que libro a libro la autora ha ido utilizando, hasta hacerse dueña de ellas, para poner en movimiento a sus criaturas.

Esto también ocurre en Los divagantes, su último libro de cuentos. La escritora, nacida a principios de los setenta, vuelve al género —tan poco comercial— tras diez años de olvidarse de él. Diez años que aprovechó trabajando en su carrera como novelista, y que Editorial Anagrama, el sello donde ha publicado casi todos sus libros, no tardó en señalar, en parte para crear expectativa, en parte para anunciar su regreso como hija pródiga a un tipo de escritura que, le escuché a Nettel decir una vez, fue con el que empezó a escribir. El título del libro proviene de los albatros divagantes, llamados así por encontrarse volando muy lejos de su área habitual y que Baudelaire los nombró “los poetas malditos de la naturaleza”. Una primera ojeada al paratexto aviva el fuego del cintillo celebratorio; ocho cuentos cuyos títulos destacan por su sencillez, por su lado de misterio: “La impronta”, “La cofradía de los huérfanos”, “Jugar con fuego”, “La puerta rosada”, “Un bosque bajo la tierra”, “La vida en otro lugar”, “Los divagantes”, “El sopor”, así como un epígrafe de Anaïs Nin que acaso quiere ser recordado por el lector, al menos en lo que dura el libro: No vemos las cosas como son. Las vemos como nosotros somos.

La contraportada dice que son cuentos protagonizados por “divagantes”, personajes que se han visto obligados a salir de su espacio habitual y a moverse por territorios extraños. Así, “La impronta” pone el foco en una muchacha que conoce al pariente desterrado de su familia. La narradora, una joven estudiante de literatura, acompaña a su amiga al hospital una mañana por su mamá enferma. Allí, mientras espera, se entretiene leyendo en las puertas los nombres de los pacientes. En una de éstas encuentra el nombre de Frank y ella comprende que se trata de su tío, el hermano mayor de su madre, alguien a quien nunca ha visto en persona y del que apenas sabe algo, pues en su familia “nadie hablaba en voz alta [de él]”. Las visitas secretas que a partir de entonces comienza a hacer al hospital, donde establece una relación cada vez más cercana con su tío proscrito, así como las pesquisas que lleva a cabo para entender qué fue lo que pasó, van configurando el argumento de la historia.

Menciono este cuento, el primero del libro, porque en él aparecen dos elementos característicos en la obra de Nettel. El primero es la familia pensada desde el cuerpo, que en cierta manera configura la psicología de los personajes, su modo de actuar ante distintas situaciones. La narradora, por ejemplo, no se sorprende ni se espanta cuando Frank toma su mano por primera vez. Al contrario, cree reconocer en esa palma una cierta intimidad. “… había leído algo acerca de la huella que dejan en nuestra memoria el tacto y el olor de quienes se relacionan con nosotros en los primeros años de vida. «La impronta», creo que se llama. Según el artículo, en esa huella corporal se afianzan los lazos familiares”.

El segundo elemento, por otra parte, está en ese enigma que gira alrededor del relato. Como Neuman, Nettel sabe que contar un cuento es guardar un secreto. Yo prefiero cambiar la palabra “guardar” por “ocultar”. Lo oculto no significa que no esté, está, y la autora confía en que el lector sea capaz de encontrar esos indicios para descubrir el secreto, revelar el enigma, completar la historia. El segundo elemento es, entonces, lo que no se dice, o se dice a medias, esas líneas sueltas que al reunirlas generan el sentido del cuento: “… le hacía a Verónica el recuento de aquellas visitas, «hoy me rozó los labios», «hoy el borde de la oreja»”, “… escuché a lo lejos la voz alterada de mi madre, «… veinte años y cuando te la encuentras quieres hacerle lo mismo»”.

Estos dos elementos también aparecen en “Un bosque bajo la tierra”, para mí el mejor cuento del libro. “Un bosque bajo la tierra” trata sobre una familia que tiene una araucaria plantada en su jardín, la cual ha empezado a enfermar. La protagonista, una adolescente, va explicando lo que hacen para tratar de salvarlo, así como las vidas separadas que cada miembro de su familia parece llevar. Laura, su hermana mayor, metida en su propio mundo con los peinados y la música; Sergio, el de en medio, siempre con los ojos puestos en la computadora; sus padres, al margen del trabajo y los quehaceres del hogar, peleando todo el tiempo en su habitación. De nuevo, conforme la trama avanza, el lector sabe o intuye que allí hay algo que no se termina de decir. La enfermedad del árbol, la visita del jardinero, los reclamos de los vecinos, las tormentas que azotan la casa… la narradora nos cuenta todo esto, como si quisiera que nos preguntáramos qué representa para la familia que la araucaria pueda morir. Después lo entendemos: de alguna manera, lo que pasa con el árbol es lo que pasa con la familia también, está tan enferma que en cualquier momento se puede venir abajo. Y, tanto a la protagonista como a los otros, les aterra esa posibilidad. Sin embargo, el cuerpo vuelve a jugar aquí un papel importante. “Las raíces, esa parte oculta bajo el suelo en la que nadie piensa y que nadie quiere ver, es la que nos sostiene a todos”, dice el hermano en cierta ocasión. Por eso, al final de la historia, ni el árbol ni la familia se caen. Las cosas siguen su curso, y aunque la hermana se muda a otro país y el hermano piensa marcharse también, la protagonista concluye con que es imposible zafarse, nadie se va.

Pero Nettel no es ingenua, sabe que repetir un truco más de dos veces puede aburrir. Por eso, en otro de los cuentos abandona el realismo y pone un pie en lo fantástico. Me refiero, pues, a “La puerta rosada”, quizá el más imaginativo de todos. Éste trata sobre un hombre casado, sumiso y harto de su vida actual, que compra unos dulces en un local misterioso que acaban de abrir, los cuales le permiten regresar a ser joven para empezar otra vez. Siempre que lo hace, sin embargo, pierde lo que tenía en la edad anterior. Si al principio de la historia, este protagonista es padre de una hija de treinta y un años, cuando come el dulce y vuelve a la época del inicio de su matrimonio, ésta simplemente deja de existir.

Luego están los cuentos que abordan una problemática social, como “La cofradía de los huérfanos”, que habla de los desaparecidos, o “Los divagantes”, que trata sobre los exiliados que llegaron a México en los sesenta. Tenemos también “La vida en otro lugar”, un relato que destaca por su malicia, donde el protagonista, un actor medio fracasado, decide usurpar la vida de un conocido exitoso. Escritas bajo un lenguaje sencillo, pero perfectamente dominado, con una prosa que no conoce de rimas internas ni palabras repetidas, cada una de las historias del libro se leen de manera rápida. Demuestran la importancia que tiene en la narrativa el estilo y el ritmo, algo que puede tomar mucho tiempo conseguir.

No obstante, no hay libro perfecto. En Los divagantes, uno de los temas que trata la autora, además de los antes mencionados, es el del confinamiento durante la pandemia. El problema es que al hacerlo algo parece fallar. Quizás es por el ligero toque naif que posee su escritura, y que algunos críticos han señalado antes, el cual le impide representar una realidad tan inmediata como es el encierro. En “Jugar con fuego”, por ejemplo, se cuenta la historia de una familia que decide ir al campo un fin de semana, para desestresarse un poco de la pandemia, pero ciertos pasajes o diálogos, demasiado inocentes para el contexto que se narra, más un par de elementos que ponen un pie en el terror, hacen que el relato no termine de cerrar.

El otro caso es “El sopor”, el último cuento del libro, en el que Nettel utiliza la ficción especulativa para hablarnos de un mundo donde el confinamiento no terminó. La protagonista, una profesora de literatura, cuenta cómo su familia, recluida entre cuatro paredes, lo único que quiere es dormir, pues en el terreno de los sueños pueden gozar de la libertad. Después se menciona una suerte de gobierno totalitario, que controla los medios de información, elige las carreras que estudian los jóvenes y provee a la población de una renta universal, pero es ahí donde veo una oportunidad perdida, pues la autora no ahonda mucho en ello y en ocasiones hace que me pregunte si no se trató de un relato para cumplir un cierto número de cuartillas. Es verdad, un mal cuento no hace un mal libro, pero sí le resta puntos. En éste no se explica, por ejemplo, cómo la familia consigue los alimentos o compra sus bienes, cuando se supone que nadie puede salir.

Una última cosa que echo de menos es el manejo de los narradores. Honestamente, no tengo reparo en que todos los cuentos estén escritos en primera persona, pero sí en que las voces sean muy parecidas de un relato a otro, como si se tratara del mismo personaje.

Con todo, creo que Los divagantes es un buen libro para pasar el rato. Empezaba esta reseña hablando de los espacios, y es porque algunas de estas historias transcurren en diferentes ciudades: Barcelona, Nueva Orleans, Aviñón. Mientras que otros escritores, más jóvenes quizá, utilizan los espacios sólo como pretexto para hablar de temas coyunturales, Nettel vuelve a dejar en claro que le es fiel a su estilo, a sus obsesiones. Al menos, aventuro que quien se acerca a su literatura, lo hace porque sabe que encontrará allí un universo personal. Por mi parte, yo espero que su obra cuentística siga creciendo a la par de sus novelas. Pienso que cuando una autora como ella regresa al cuento, el género se revitaliza e invita a más lectores a interesarse por la narración corta.

Guadalupe Nettel, Los divagantes, Anagrama, Barcelona, 2023, 161 pp.

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