Palabras domingueras es un compendio de las columnas que, durante tres años, María Luisa Sosa Delgado ha publicado para un periódico local de Querétaro.
A propósito del lanzamiento del libro, bajo el sello de Editorial Gato Blanco, hablamos con la autora sobre el origen de las palabras como excusa para contar historias.
¿Qué es una palabra dominguera?
En el habla mexicana, se dice que alguien que utiliza una palabra poco común o sofisticada está sacando sus “palabras domingueras”, como si fuera algo que no se emplea todos los días, sino solo en ocasiones especiales, como los domingos. En el caso de mi columna, fue una combinación de factores, puesto que yo quería hablar de una palabra a la semana y hacerlo en orden alfabético para tener un mapa que seguir, y cuando me ofrecen que se publique los domingos, el título de la columna se me reveló de inmediato. De hecho, en un principio no estaba planeado que las palabras fueran demasiado rebuscadas, sino solo un pretexto para desarrollar un tema. Sin embargo, el término “palabra dominguera” está tan arraigado al habla y la cultura popular, que los lectores del periódico empezaron a generar la expectativa de que la palabra los tendría que sorprender, y así fue como el reto fue subiendo de nivel. Y yo me fui encariñando más con esa búsqueda.
Mientras la lista de palabras va avanzando, podemos catalogarlas en algunos ejercicios de campos semánticos; se me ocurren que podría ser en ‘palabras poco utilizadas’, ‘verbos’, ‘algunos lugares como ciudades o sitios’. ¿Supuso un reto para ti buscar variedad en los temas que pudieran ser recurrentes en la elección de palabras?
No, la verdad creo que esa observación es algo que se puede lograr en este punto, hoy que ya tenemos la antología reunida. Si he de ser sincera, sobre la marcha nunca tuve esa claridad. La realidad es que en las entregas semanales todo era más aleatorio y menos planificado. Funcionaba como una suerte de diario personal, en donde afloraban palabras que me topaba en libros, o que asociaba con situaciones que vivía, lugares que tuve la fortuna de visitar, etc. Así fue haciéndose ese mosaico con un poco de todo y, de hecho, me parece maravilloso que un lector tenga la sensibilidad de pensar en agruparlas según diferentes categorías, porque esa es la magia de la lectura, que el texto se vaya convirtiendo en algo diferente según la persona que lo lee.
Dejas atrás, en muchas ocasiones, las etimologías de las palabras (o sus características técnicas) para enfocarte en cotidianas anécdotas de tu vida. ¿Era un punto clave volver amena la columna para que no se sintiera tan “académica”?
Sí, definitivamente mi intención era explorar distintos registros y discursos. Como soy docente, no es raro que a veces me incline hacia ciertas formas más acartonadas de la academia, y es necesario tener presente que al público de una columna no necesariamente le interesan los tecnicismos, por eso me esforzaba en no encasillarme en ese estilo. Por otra parte, también me encanta contar historias, y por eso procuraba explorar más los caminos de la narrativa, aunque se tratara de situaciones muy cotidianas de mi vida, como el viaje escolar de mi hija, el día que tuve que pasar por el alcoholímetro y otras tantas que me iban sucediendo y me generaban estas ganas de transmitirlas por escrito y encontrarles una palabra para asociarlas. De esta forma, yo sabía que les daba a mis lectores algo entretenido para leer, y a la vez les dejaba el conocimiento de una nueva palabra o un nuevo análisis, para que tuvieran cinco minutos de una lectura que les resultara de algún modo provechosa. Ese ejercicio siempre lo he disfrutado muchísimo.
¿En qué momento concebiste la suma de las columnas como un todo en un solo volumen?
La idea original fue del director del periódico, que amablemente siempre celebraba mucho lo que yo le enviaba. Cuando la columna apenas tenía como un año de publicarse me dijo que le gustaría armar un libro con mi material e incluirlo en una colección de volúmenes que se editaría con motivo del 50 aniversario del periódico. Por cuestiones administrativas y presupuestarias ya no se pudo incluir mi libro en esa colección, pero la idea ya había quedado sembrada en mi cabeza y continué escribiendo con miras a que en algún momento se pudiera hacer realidad. A esto yo lo considero un acierto involuntario, pues al no publicar el libro en el primer año, logré reunir más material y el proyecto quedó más robusto y con más consistencia para apreciar la evolución de tres y medio años de trabajo.
En el diccionario que formaste no está limitado el idioma, pienso en FOMO, siglas de una frase compuesta en inglés, otras como quilombo, son expresiones típicas de otros países y no necesariamente mexicanas. ¿Marcaste algunos limites o la exploración casi infinita fue tu lema para ir seleccionando palabras?
Al principio, inicié muy estricta y con la autoconsigna de que solo utilizaría palabras del español, por eso incluso propuse “madagaña” como alternativa al ghosting o “grima” en lugar de cringe. Precisamente porque estoy convencida de que nuestra lengua es muy rica, y que hay tantos vocablos a nuestra disposición que lo único que necesitan es ser conocidos y utilizados, en lugar de rendirnos a la tentación del anglicismo. Sin embargo, conforme fue evolucionando la columna, fui flexibilizando mis propios criterios, pues también es cierto que el lenguaje se nutre de todo lo que los hablantes utilizamos sin importar el contexto del que venga. Además, las palabras en español con letras como K, X o W eran cada vez más escasas y pues poco a poco fue necesario echar mano de expresiones en otros idiomas. De este modo, aparecieron también algunas voces intraducibles como “kintsugi”, “FOMO”, “Wabi” entre otras, que eran perfectas para ser comentadas y que no tenían equivalente en español. La lengua me recordó que es demasiado viva como para intentar ponerle límites.
¿Cómo fue el proceso para trabajar las ilustraciones que acompañan el libro?
Las publicaciones de Editorial Gato Blanco se caracterizan por la presencia de ilustraciones hechas por jóvenes creadores. Fue así que mi editor me propuso a varios ilustradores y cuando vi el estilo de Lucina Castillo me gustó de inmediato. Sentí que conectaba con mi visión y con lo que quería para mis palabras. Entre los tres —editor, Lucina y yo— nos reunimos a platicar para hacer una lluvia de ideas, y llegamos al acuerdo de que se ilustraría una palabra de cada vuelta al abecedario (el libro está divido en seis partes cada uno es una vuelta al abecedario). Para seleccionar esas seis palabras se pensó incluir un poco de todo para que fuera una muestra representativa de todos los temas que se pueden encontrar en el libro. Elegimos un par de palabras muy conocidas, una extranjera, un lugar, un personaje y una de las palabras raras y creo que así se logró un balance y obtuvimos una interacción muy interesante entre texto e imagen, que hacen que la lectura se vuelva más agradable. La misma ilustradora diseñó la portada con este collage de ideas que se encuentran en el libro y me parece que con ello también logró transmitir muy bien el carácter multicolor e intercalado de lo que representa esta compilación.


