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Poesía

Nueve palabras

Nadie te dice que, mientras cultivas ese amor y preparas el camino, hay algo más oscuro del otro lado esperándote.

Me encuentro a pocas semanas del otoño. Apenas comienzo a sentirlo, es casi sublime, tan poco perceptible, un casi inexistente parpadeo. Un aire que no huele al calor del verano. La brisa de la lluvia que amenaza con ser tormenta. Las tres hojas pinceladas de amarillo de las macetas traseras. La certeza de que algo está terminando y lo demás está por comenzar. Aunque el tiempo pareciera estático. Simplemente mi estación favorita, y mucho más cafés y tés de tardes que las acostumbradas en verano. Hace algún tiempo —si no es que a principios del verano— conversaba con un amigo respecto a esta frase, y si bien puedo ponerme más sincera, llevo ya un muy buen tiempo yo sola conversando con esta frase, sin que esta me responda, a la naturaleza que espero que lo haga, simplemente se ha quedado ahí: inerte y callada. Solo una frase diciendo lo que tiene para expresar, sin el mayor sentido de la aprobación de nadie más que del autor, Juan de la Cruz. Certera y segura. Infalible al resultado.

Y no sé si solo soy yo, o mi infunesta necesidad personal de llevarle la contra a un santo del siglo XVI. Este escrito no es desde el desdén o el desafío, porque yo de teología ¿qué pudiera saber que él no? Me convertiría en una impropia e injusta, y no es lo que pretendo. Tal vez solo estoy tratando de cuestionar sobre la conversación de la frase en sí misma o tal vez para que me responda alguien más que mi propia mente.

Han pasado demasiados siglos de su muerte como para decirle que no es verdad.

Pero, no es verdad.
Para mí, no. 
No es verdad que donde pongas amor sacarás amor.

O tal vez no lo estoy dando de la forma adecuada, tal vez sé tan poco de la vida, que lo que creo saber del amor tal vez no sirva de nada, tal vez este ser humano que soy ni siquiera sepa amar.

«Vaya desgracia», solo puedo pensar.

He tenido que vivir lo suficiente como para estar aquí escribiendo que no es verdad, que donde pongas amor sacarás amor. No. Porque he puesto amor, entrañable, dedicado, silencioso, desinteresado, y bueno, lo único que encontré debajo de eso fue odio y cualquier espejismo de indiferencia. 

A veces sacarás los rumores más despectivos verás el veneno salir de la lengua de las ovejas más afelpadas, habrás dejado tu amor germinando y alguien llegará a pisotearlo.

Y luego amarás.
Y nada de lo que crees que sabes, tendrá sentido.
Solo habrá silencio.
Niebla.
Nada.

Y no hay quien te lo advierta a tiempo. Nadie te dice que, mientras cultivas ese amor y preparas el camino, hay algo más oscuro del otro lado esperándote. Uno lo aprende después, cuando ya lo dio todo y lo que regresa no se parece en nada a lo que se entregó. Es ahí donde creo que De la Cruz se equivocó. Amar no garantiza nada. Y su frase, entre más la leo, más me hace pensar que es básica y hasta que puede pasar por un experto en marketing espiritual del siglo XVI, un eslogan fácil de grabarse en la memoria.

«Pon amor donde no hay amor, y sacarás amor». (repetir)

Pero, entonces llega lo otro, lo que no esperaba: sigo amando. Fuck. No a quien pisoteó lo que germinaba, no de quien el veneno emana, sino de la capacidad que sigue aquí adentro. Terca, casi ridícula de tan intacta que continúa. Y ahí me pregunto si esa es la parte de la frase que se me había olvidado leer. O si es que por fin está empezado a responderme, en ningún lado dice que el amor regresará de la misma dirección de donde lo mandaste. Dice que sacarás amor. De ti. No de los demás.

Y, aunque lo acuse de Marketing, es verdad, cinco siglos después, sé que puedo dar amor, y a su vez sacar amor de nuevo de mí. Creo que su frase no se trata de ir y después venir, como un boomerang, si partes la frase en dos, tal vez las dos vayan hacia afuera. Nueve palabras. No me tardo más que un segundo en leerla, sin embargo llevo más de un año entero, tal vez más, tratando de entender lo que resolviste en una sola línea de nueve palabras. Me pregunto si este tipo de frases simples sobreviven a la intemperie de los siglos precisamente porque nadie se detiene a preguntar cuánto te costaron. Juan, ¿cuánto te habrá costado esta frase? ¿Qué habrás tenido que sobrevivir?

Imagino que cuando la redactaste ya estabas del otro lado de ella.

Resuelto.

Yo todavía estoy en medio de ella, sin mapa, con solo el destino que prometiste sin ninguna instrucción de cómo llegar hasta ahí. Que duro es estar aquí, a la mitad, habiendo puesto ya el amor, sin saber todavía qué va a salir, ni de donde, ni cuándo.

Ni siquiera si lo estoy haciendo bien.

Sigo atrapada en medio de todo, en medio de «poner» y «sacar»; un sin fin de vivencias que he estado teniendo que pasar para cruzar de un verbo al otro.

Han pasado demasiados siglos de tu muerte como para pedirte que me expliques el proceso completo. Tal vez solo querías dejar la constancia de que sí hay un destino, de que sí se puede llegar del otro lado. Tal vez sí tengas razón, pero me está tomando más tiempo del que cabe en una sola línea de nueve palabras.

Por fuera de la ventana pronto será otoño, de nuevo.
Otra vez otoño detrás de la ventana.
Otra estación que finaliza para que pueda comenzar la siguiente.
Y yo que pensé que pronto me encontraría del otro lado, creo que apenas estoy iniciando el comienzo.

«Pobre ingenua», me digo en silencio.