Si bien la incursión de Woody Allen en la literatura se había dado ya entre cuentos (Gravedad cero, 2022), relatos cortos (Cuentos sin plumas, 1991), ensayos humorísticos (Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, 2002) y hasta una autobiografía (A propósito de nada, 2020), su debut en la novela busca sostener la hipótesis de que la ficción es más real que la vida misma.
¿Qué pasa con Baum? (Alianza editorial, 2025) es un desternillante greatest hits del universo Allen, lleno de referencias a personajes y situaciones conocidas que harán sentir en casa a los seguidores del cineasta, con un Manhattan melancólico de fondo.
Asher Baum, un terco escritor en decadencia, está al borde de la locura: carga con dos divorcios y su matrimonio actual se tambalea, envidia el éxito de su hijastro, es hipocondriaco, neurótico y está próximo a quedar envuelto en un escándalo #metoo; al tiempo que su angustia se desborda, Baum tiene largos y divertidos diálogos introspectivos que desnudan su alma atormentada ante el vacío existencial, un formato que parece influenciado por Herzog (1964) de Saul Bellow.
Cuando la hermosa Sam (la joven novia de su hijastro) entra a escena, Allen despliega sus mejores armas describiendo momentos casi tomados de Manhattan (1979) y Medianoche en París (2011), porque el autor no busca reinventar al género literario, sino que se regodea presumiendo la ironía y el humor negro de sus diálogos más filosos; más que una trama, hay un monólogo hilarante que por ratos parece una sesión de psicoanálisis sui géneris.
“La culpa, ese elemento poderoso que lo cubre todo, igual de omnipresente que el oxígeno y quizás igual de esencial”, piensa un atribulado Asher Baum mientras camina rumbo al MET junto a Sam (de quien se siente sumamente atraído, pese al probable caos que eso implique), para admirar el imponente El Boulevard Montmartre en una mañana de invierno (1897) de Camille Pissarro; el deseo de entrar en la pintura y evadir la realidad corroen a Baum, una sutil analogía en la complejidad de una matrioshka de metaficción: Allen anhela volver a ese NYC melancólico, Asher quiere estar dentro del cuadro y el lector, dentro del libro.
¿Qué pasa con Baum? no es una gran novela, pero sí resulta un divertido paseo por los mejores trabajos del artista neoyorkino de 90 años, lo que quizá indique que los lectores que no estén familiarizados con el estilo de Allen puedan perderse entre las múltiples referencias y escenas conocidas por los fans más acérrimos; se trata de una ocurrente excursión literaria que va de la campiña norteamericana hasta el corazón de Manhattan.
En una de las páginas más divertidas del volumen, Baum le cuenta a Sam la anécdota que vivió con una de sus ex esposas, mientras estaban por Europa: “Cuando estaban en Múnich, él propuso ir en coche a Dachau, el antiguo campo de concentración nazi que se había conservado intacto y estaba abierto a los turistas. Tanto él como Tyler se sorprendieron al ver el terrorífico campo arropado por hermosos bosques, entre árboles y flores. […] Había rincones hermosos y bien cuidados donde se asesinaba a golpes a los prisioneros. Miles de seres humanos inocentes parecieron hambre y torturas, y muchos se arrojaban a los cables eléctricos para quitarse la vida cuando el sufrimiento se volvía insoportable. Era lo más próximo al infierno que podría imaginarse. A la salida oyeron a una turista preguntar inocentemente en el mostrador central si había tienda de regalos”.
El humor negro como bálsamo ante la realidad atroz, en ¿Qué pasa con Baum? Woody Allen lleva al extremo la idea de que solo a través de la ficción puede transmitirse la insoportable jocosidad de la vida; un asunto que se ha abordado desde distintos frentes, tanto cinematográficos, teatrales y literarios, como Zelig (1983), Sin plumas (Tusquets, 1976), Annie Hall (1977), La bombilla flotante (1981), Pura anarquía (Maxi Tusquets, 2007), entre muchos otros trabajos del multifacético (y polémico) artista norteamericano.


