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Viaje a solas: Partir, de Paula Parisot

La novelista carioca relata la travesía de un hombre que decide abandonar Río de Janeiro para enfilar hacia Alaska.

Con más de dos décadas recorriendo el planeta y más de 100 países visitados, Alberto Lati es una autoridad en el terreno de los viajes. En un pasaje de su primer libro, Latitudes, dice: “Hay dos paralelos únicos al viaje: escribir y leer”. No será un descubrimiento, pero no deja de ser cierto y resulta más atinado en tiempos en los que viajar es un recuerdo remoto que se tiñe de añoranza conforme se amontonan los días.

Parte de mi trabajo consiste (o consistía, en esa otra vida que tuvimos antes del virus —A.V.—) en subirme con cierta regularidad a un avión para ir a sitios que, de no ser por ese trabajo, difícilmente visitaría, con agendas de otro modo improbables. Más allá de alguna desmañanada salvaje o de dos o tres viajes que quedan muy cerca y me mantienen mucho tiempo lejos de casa, ésa es una de las cosas que más me gustan de lo que hago. Es fácil comprender que eche de menos esa parte de la vida A.V.

Por eso encuentro tan oportuna la afirmación de Alberto. Los libros han sido siempre una oportunidad para trasladarnos a otros lugares y épocas desde, pongamos, un sofá. Ésta es una verdad como un templo (agigantado en estos días). Y a mí se me convirtió en el vaticano de lo cierto mientras leía Partir. La novela de Paula Parisot relata la travesía de un hombre que, tras una vida repleta de ocupaciones diversas, amantes múltiples y episodios no exentos de rareza e interés, se halla sin ambiciones ni propósito concreto y decide abandonar Río de Janeiro para enfilar hacia Alaska, un destino que a ratos parece arbitrario —“Existen cosas que no tienen un porqué”— o determinado por el espíritu aventurero que impregna la literatura de viajes. En realidad, según contó la escritora carioca a Correo Braziliense en 2013, la elección no fue aleatoria: su propio padre trató de llegar a Alaska más de una vez, por tierra, como el personaje de su novela.

Mientras recorre la carretera por diversos países, el narrador salta de un estado de ánimo a otro y navega entre sus recuerdos, de los que emergen personajes y situaciones tan verosímiles como uno esté dispuesto a creer, en un abanico que incluye a una adolescente empecinada en tener un hijo con él, a un pato llamado Jack Kerouac (en un obvio guiño al autor de On the Road) y hasta a un asesino con debilidad por los gordos.

A lo largo del camino se dibuja un tipo con un alcoholismo no disimulado, creencias sólidas, pero convicciones frágiles, y un profundo enamoramiento por la comida y sus secretos (tanto que, por momentos, el libro adquiere tintes de recetario exótico, con los secretos de la cocina que otros personajes comparten). Esa personalidad es la que nos lleva en coche por los caminos del sur y convierte a Partir en una trama construida sobre una base de aforismos, gastronomía y una ruta de viaje que transita por hoteles desvencijados, paisajes inspiradores, parajes desoladores, escenarios suntuosos, golpes de suerte y de realidad.

La novela delinea un viaje doble: uno en el sentido estricto de traslado geográfico, y otro que transcurre por la intimidad de los senderos del pensamiento; por el del lector conforme sigue la trama y no necesariamente el del protagonista, quien afirma: “Pensar es un viaje que se hace a solas, sin copiloto”.

Mientras su personaje encara el camino con determinación, pero sin la certeza de librar todas las vicisitudes para llegar a su meta, Parisot mantiene a lo largo del libro un paso cuyo ritmo atenúa o acelera, pero no pierde nunca firmeza. Es una prosa libre de efectos especiales, su efectividad radica en la capacidad de ordenar con propiedad puros fragmentos de realidad (tan tangible como la orfandad o disparatada y terroríficamente posible como un delincuente que desea comprar a una niña).

“¿Y si todo saliera mal? Al menos tendré otra historia que contar y contar una historia ya es mucho”. Con esa sucinta perla, el tipo descarta cualquier atisbo de duda antes de ganar la carretera para emprender su marcha (más que larga, inmensa, y más que osada, irracional) hacia Alaska. Además de justificar la travesía, esa reflexión refuerza la noción de que las únicas vías para igualar la experiencia del viaje son leer y escribir; la idea de que aún en nuestros días, donde conectividad, tecnología, prisa y urgencia dictan el ritmo de la vida, contar historias sigue siendo un estupendo oficio. Y leerlas, el mejor modo de viajar, mientras el mundo afuera dispone otra cosa.

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