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Bichos raros (I): El domador

Los relatos que presento a su consideración, se mueven en realidades inquietantes. Son historias de afectos y vidas distorsionadas. No son pérfidos, ni injustos, ni buenos. Quizá héroes de una existencia atormentada de la que nadie habla. Son vidas cortas, austeras, llenas de capas. Voces peculiares, herederos de huellas, habitados por la singularidad que imprimen a nuestra existencia el azar y las circunstancias.

Los científicos utilizan la palabra bicho para catalogar un grupo muy específico de insectos. Porque todos los bichos son insectos, pero no todos los insectos son bichos. Los verdaderos pasan por una metamorfosis incompleta.

Los relatos que presento a su consideración, se mueven en realidades inquietantes. Son historias de afectos y vidas distorsionadas. No son pérfidos, ni injustos, ni buenos. Quizá héroes de una existencia atormentada de la que nadie habla. Son vidas cortas, austeras, llenas de capas. Voces peculiares, herederos de huellas, habitados por la singularidad que imprimen a nuestra existencia el azar y las circunstancias.

Algunas personas no enloquecen nunca. Qué vida tan horrible deben tener.
Charles Bukowski

Escribí un libro, que nadie ha leído. Igual maté ayer a un hombre y nadie ha venido por mí. Mi soledad es impune.

Vivo rodeado de raros, cada cual en su entierro. Puedo mezclarlos y cambiarles la vida, ser mezquino con su felicidad. Será porque me reconozco en cada distorsión que describo. Ninguno me pertenece, aunque así lo piense. Van agarrando cuerpo, desmontando mis juicios y creciendo en su desacierto. Los escribo con la tinta de la tristeza que me producen, el asombro y la pena de verlos volar con su desencanto. Deseo creer que así los quiero, no puedo ocultar que así se quieren ellos, explotando en palabras, entre comas y párrafos incompletos.

Duermo tranquilo, no me atormentan el sueño. Se escurren al amanecer, me tuercen lo cotidiano. Respetan el rol que juego, se manifiestan cuando la tinta los describe y les da vida propia. Todos somos un cuento necesario. Ellos son la historia que arranca cuando el roce de sus tormentos salpica mi normalidad. Me hacen narrarles en relatos ordinarios, incorrectos. A veces ruedan en palabras mugres. No son pérfidos, ni injustos, ni buenos, ni perversos. Otras son héroes de una existencia atormentada de la que nadie habla. Parecen gente de circo, de esas que tienen caspa y no se afeitan las barbas. Huelen a piratas de río, son corsarios de charcos, bichos de agua empozada, de uñas mordidas, o suelas gastadas. Los acompañan botellas y cucharas plásticas llenando pocillos con azúcar de piedras. No tienen bandos ni esteras, solo sus salivas y sus alientos, todas inventadas por mí. Son vidas cortas, que parece no valer la pena que nadie lea.

Soy un domador de circo, no soy ni escritor ni poeta.

Adriana García Sojo, venezolana (20/05/1966), nacida y viviendo en Caracas. Internacionalista, con estudios y experiencia en comunicación, producción de eventos y creación de contenidos, aunque su oficio más persistente es leer y escribir.
Algunos de estos relatos están publicados en la antología “El Club de los relatores”, y las revistas digitales Letralia, Transtexto, Sello Cultural y Nagari.

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