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Editorial

Cuando rinde el horno

Lo que soy ahora, con mis torpezas y mis hallazgos, tiene algo de su trabajo paciente. No porque yo sea su mejor pan, sino porque fui de los que vio cómo se hacía.

Mi abuela María sabía que la cocina era también una especie de calendario: lo que estaba al fuego llevaba su tiempo, y lo que estaba al horno tenía su destino. Lo decía con una mezcla de certeza y resignación que solo dan los años: cuando rinde el horno, todo vale la pena.

Crecí viendo esas manos que parecían siempre medir sin medir, sazonar sin probar y amasar sin aspavientos. Mientras otros niños sabían de superhéroes, yo sabía qué era hidratar la levadura, cuándo una masa ya no pegaba en las yemas y en qué momento exacto se abría la puerta del horno para que lo que estaba dentro no se bajara.

Ella hablaba mucho —y bien—, y a veces callaba más, pero su verdadero idioma salía en forma de pan, sopa, pastel y guiso. En cada cosa había una historia que no contaba con palabras: el trigo que fermenta y sube aunque parezca que no lo hará; el caldo que tarda horas y al final alimenta a todos; la fruta que madura cuando uno ya lo había olvidado.

No eran recetas escritas. Eran relatos transmitidos de cocina en cocina, de hija en nuera, de nuera en nieto. Y así, sin proponérmelo, entendí que en su cocina estaba el mapa de la familia: las ausencias que se guardaban junto a los frascos, las pérdidas envueltas en servilletas, los recuerdos puestos a dorar con mantequilla. Había una hija muerta (Lucy) que nadie nombraba mucho, pero que siempre estaba ahí, como un molde que no se usa pero nunca se tira. Hubo más retoños. Había un marido —mi abuelo Miguel— al que amó sin mezquindad, un hijo —mi padre— que buscaba cariño, una nuera que estuvo hasta el último minuto, y un nieto que aprendió a mirar mientras ella encendía el horno.

Cuando murió —un viernes 27 de enero, hoy hace 20 años— ya había enseñado todo lo importante sin decirlo directamente: cómo estar acompañado incluso en el silencio; cómo se baja la voz sin rendirse; cómo se sigue adelante aunque la masa tarde en subir.

Y lo curioso es que, con el tiempo —como si volviera a Manderley— he soñado muchas veces con ella (sola y con Miguel). No como fantasma, sino como presencia que aparece para revisar la bandeja, tocar la miga, soplar la harina de la mesa y seguir su camino, mientras me habla y, sobre todo, me escucha. Hay visitas así: breves y suficientes.

A veces pienso que su manera de querer era como esas recetas largas: no para impacientes, no para quien necesita aplausos inmediatos, sino para los que saben esperar. Y quizá por eso, tantos años después, su ausencia ya no es amarga. Es más bien como el olor que queda en la cocina después de que todos se han ido: tibio, persistente, un poco dulce.

También heredé otras cosas: la espalda recta en la mesa, la idea de que la vida hay que enfrentarla con cierta compostura, la resignación que no derrota sino acompaña. Me enseñó —tal vez sin saberlo— que hay que seguir amasando aunque uno no espere demasiado del resultado, porque a veces el horno sorprende.

Lo que soy ahora, con mis torpezas y mis hallazgos, tiene algo de su trabajo paciente. No porque yo sea su mejor pan, sino porque fui de los que vio cómo se hacía.

Y al recordarla no me desgarran ya los hilos. La extraño, sí —y mucho— pero desde un lugar donde la pérdida no exige explicaciones. No todos los platos salen igual y no siempre queda claro qué faltó en la mezcla. La vida es así, y ella lo sabía mejor que nadie. Para oírla solo tengo que hablar en voz alta, y cuando cierro los ojos la veo servir sin medir privilegios: un plato para el hambriento, una porción para el tímido, un poco más para el que había llegado tarde. Esa era la generosidad más pura: la que no se declara.

Hoy, al escribirle, no busco respuestas. Ya no las necesito. En su cocina estaban las que importaban: paciencia, serenidad y esa forma rara de esperanza que se parece a dejar el pan reposar sin moverlo.

Ella se fue, sí. Demencia vascular: sus luces se apagaron poco a poco. Pero el horno quedó encendido en quienes la aprendimos.

Y mira, María, cuánto ha rendido el horno.