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El castrado de la zona

De pronto todo es confusión. Y de pronto, también, pienso que yo pude haberle rajado la jeta a esos dos guachos y apaciguarlos a puño limpio. Pero ahora los cabrones yacen en el piso, los dos con un boquete en el pecho por el que les reverbera la sangre. Pinche Mizuki, te los chingaste, pélate, órale, le digo después de abrirme paso por entre el griterío y los pasos desvariados de los borrachos de la cantina. El Mizuki tiembla, el revolver le tiembla en la mano y yo sigo pensando que a esos guachos empedados yo les pude haber partido la madre sin necesidad de emplomarlos. Esos culeros se creen muy protegidos por el santo poder militar que seguido vienen y arman su desmán aquí en la Zona. Golpean a las mujeres de los congales cada que quieren, se ponen a bailar con ellas y a la hora de pagar ái nos vimos, les dicen, y ellas que les contestan que no, cómo que ái nos vimos si es tanto. No, no, cuál tanto, y pum, que se las sorrajan. Por eso me da gusto que el Mizuki les haya pegado unos plomazos. Aunque yo me los hubiera calmao a puro puñetazo.

El Mizuki es un azul, un tira, un poli. Pero ese compa sí es derecho, por eso se les plantó derecho a esos dos milicos y les dejó ir su dosis de plomo a cada uno. Lo malo es que se pelaron todos los clientes y ya ni propina dejaron. Lo bueno es que con el alboroto al patrón se le olvidó cobrarme el préstamo. La noche anterior había hablado con él.

—Patrón, fíjese que necesito un dinero extra para hacernos unos análisis mi mujer y yo. ¿No me podría prestar algo?
—Ya van muchas veces que te presto, Sebas. ¿Qué crees que soy un banco?          
—Pero siempre le he pagado, patrón. Ándele, se los pago mañana saliendo. Sin falta.
—Ya los muchachos me han estado diciendo que a ti siempre te presto lana, Sebas. Al rato todo mundo me va venir a pedir.
—Pero ya sabe que yo siempre le pago, patrón, no como los demás que se tardan días.
—Tá bueno. Si no me los pagas mañana, te los tendré que cobrar al doble. Ya sabes, eso de los impuestos.

Siempre era así, siempre se hacía de rogar el cabrón. Pero terminaba cediendo. Donde nunca cedía era en cobrarme los impuestos si me pasaba un día. Y es que los patrones se creen el mismo diablo y nosotros somos apenas sus pobres almas martirizadas en el purgatorio de las cantinas. Lo bueno fue que con el alboroto de los muertos no se acordó de cobrarme tampoco impuestos al siguiente día. La siguiente noche ya pude recolectar propinas y además cobrar de más a algunos pelaos que se habían puesto hasta las manitas y así completar lo que me había prestado. Los borrachines aquí andan con sus pacas de billetes recién cobradas de la labor. A veces hasta me encontraba pacas de billetes tiradas en el suelo de los baños. Así que es fácil engañar a estos mequetrefes. Por ejemplo, este borrachito que voy a atender me pedirá una cerveza pero yo anotaré que fueron dos. Al final pagará lo que sea, no saldrá con que oiga cómo que es tanto. No. Él sólo se dedicará a pagar sin alardear. La noche de los muertos vino el Semefo y levantó los cuerpos y nadie dijo nada, ninguno rajamos. Ninguno desembuchó que había sido el Mizuki.

***

Torreón está enfermo. Las cantinas le nacen como un lunar canceroso en esta piel vieja que es la Zona de Tolerancia. Yo traigo la boca seca y mi mujer dice no sé qué cosas. Ya no la logro oírla desde que me dijo que yo era el enfermo. Es el tercer laboratorio que lo dice: yo soy el enfermo. Yo soy el que no puede tener hijos. Nací mocho, soy un discapacitado, soy una anormalidad más en este paraje de anormales.

—¿Y qué hacemos?
—Quiero formar familia, Sebas, quiero un hijo.

Me encojo de hombros nomás. Tengo que volver al Trece Negro a trabajar. Los dos volvemos a casa sin decir pío. De ahí me zarpo pa’ la Zona. Llego tarde y el patrón que ya me está esperando nomás pa’ regañarme.

—Es que fui a recoger los análisis, le digo.
—¿Y qué?
—Pues nada.
—Te notas mal, me dice.
—Soy yo el que no puede tener, y pues mi vieja se puso mal.
—Ah, resultaste castrado, me dice, lo vocifera, se burla y se va.

Los otros cantineros escuchan, los clientes escuchan. Y ya soy el castrado. Eh, pinche castrati, otra Carta. Ese mi castradito, tiéndete a la mesa seis. Quihubo mi castrao, sírveme una caguama, cabrón. El apodo me hizo perder el hechizo de cobrar de más a estos pinches borrachos. Desde entonces ya no me sale. Soy de menor categoría que ellos que sí tienen hijos y ya no se dejan engañar por un castrado. Y la Iris, mi esposa, que ahora se le ha metido en la choya que la inseminación artificial.

—No chingues, Iris, ¿o sea que te va a embarazar otro cabrón? ¿Voy a mantener al hijo de otro güey?
—No, mi vida, van a analizar tu esperma y a arreglarlo y luego me lo van a poner a mí.
—Pero eso cuesta mucho dinero, le digo a la Iris, y ella me dice que sí y que hay que hacerlo en el Distrito Federal. Que le pida un préstamo a mi patrón, uno grande, que va a valer la pena, que por fin vamos a tener la familia que tanto queremos. Pero desde que me volví un hombre incompleto, mi patrón ya no me hace préstamos. De castrado ya no me baja.

—Patrón, le prometo que le voy pagando cada semana en abonos, le digo. Es más, cóbreme el impuesto que usted quiera.

Pero el putarraco sólo se ríe y les grita a todos los presentes oigan, cómo ven a este castrado, quiere que le preste lana para que pagar porque otro güey se chingue a su esposa. Y todos ríen aunque ni me conozcan. No soy un castrado, sólo no se me dio el don de tener hijos, bola de culeros. Y para qué quiero hijos si al final me van a salir unos hijos de puta como todos ustedes. Pero la Iris es la que sueña con amamantar un niño de sus entrañas. Y cada madrugada cuando llego se despierta sólo para preguntarme si ya me dieron el préstamo. Cada madrugada es lo mismo y siento cómo se me cuartea todo el cuerpo nomás al llegar a casa.

—Vete a otra cantina, Sebas, no es la única. Busca una donde el patrón sí te preste.
—No puedo, Iris, por Dios, si renunció mi patrón habla con los demás patrones para que ninguno me dé trabajo.

Al día siguiente se fue del cuarto que rentábamos. Regresó a casa de su mamá. La vi irse y sentí cómo se me cuarteaba el alma. Si quería recuperarla, debía conseguir ese desgraciado préstamo. Esa tarde me le volví a plantar derecho al patrón.

—Mire, la verdad es que me urge ese préstamo. ¿Quiere que trabaje de por vida para usted? ¿Quiere que le limpie la casa? Dígame y lo hago. Pero présteme esa lana, por favor.
—¿Y ora qué te picó, castradito?, y lo oigo reírse.
—Eso, patrón, necesito esa lana sí o sí.
—Miren nada más al castrado, no manda ni con su mujer y quiere mandar aquí.

Y lo oigo otra vez reírse con esa risa que ya odiaba, esa risa de pajarraco desculado. Toma su sombrero de la barra y me dice adiós, castradito, ponte a jalar mejor. Camina hacia la salida y en medio de la cantina me acerco por detrás a él y lo toco el hombro.

—Patrón, le digo.
—Y ora qué quieres, pinche castra…

Pero ya no lo dejo terminar. Ya jamás terminará de pronunciar nunca nada. El picahielos entra por un lado de su cuello. Sus brazos quedan sueltos y el sombrero cae y su cuerpo se balancea. Cuando parece que termina de vaciarse por la rajadura que le he hecho, se desploma. Y siento una cuarteada enorme por todo mi cuerpo.

Pélate, cabrón, pélate, oigo al Mizuki gritarme, que ha vuelto después de semanas desaparecido, no era necesario, cabrón, con unos putazos tenía. Y lo siento empujarme como desde un sueño.

Pélate.

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