Me dedico a contemplar la naturaleza, el entorno, el desierto, porque es la única manera de observar los pensamientos, de ahondar en el conocimiento propio, el conocimiento que lleva a la sabiduría sobre la vida”, me confiesa Adhil mientras me tiende la mano y me abraza con la mirada, fija, penetrante, de color avellana. Son las siete de la tarde y el sol acaba de ponerse sobre el horizonte, estamos en uno de los barrios de la parte vieja de Marsa Matruh, ciudad de la costa noroeste de Egipto, equidistante de Alejandría y de la frontera libia, puerto romano de gran calado y base de las tropas británicas durante la Segunda Guerra Mundial. Punto obligado de paso entre el delta del Nilo y el oasis de Siwa, en el desierto occidental. “Puedo estar equivocado, pero sé que estoy en lo correcto. Uno nunca está preparado para lo que ofrece Siwa. Créemelo”, agrega mi anfitrión, profesor universitario de filosofía y bereber nativo del oasis donde la tradición dicta que el oráculo confirmó la divinidad de Alejandro Magno y su legítimo derecho como faraón de Egipto.
Llevamos cinco horas de trayecto desde El Cairo y todavía nos faltan cuatro o cinco horas más, dependiendo de las condiciones de la carretera. Hacemos una breve parada para cenar, arroz rojo y pollo asado con pimientos y dátiles, acompañado de pan árabe y jocoque. Seguimos una ruta milenaria, surcada antes por múltiples viajeros, por caravanas y ejércitos. Una travesía a través del tiempo camino del mítico oasis de Siwa, uno de los rincones más alejados de Egipto y, al mismo tiempo, uno de sus reclamos turísticos más sugerentes. Cuando nos adentramos entre sus bosques de palmeras pasada la media noche, con una refulgente luna llena iluminando de plateado sus montañas y lagos, caigo en cuenta de que lo que Adhil predijo es cierto. Uno nunca está preparado para lo que ofrece Siwa.

Con una extensión de alrededor de 200 kilómetros cuadrados y menos de 20 mil habitantes, el oasis de Siwa, situado a 19 metros bajo el nivel del mar, es un espejismo. Despertar a orillas de su inmenso lago de agua salada, rodeado de juncos, aves migratorias y manantiales, a los pies de la llamada Montaña Blanca, un enorme macizo de piedra caliza en forma de barcaza antigua, a la manera de las de la Grecia clásica, es, de cierta forma, seguir soñando. Desde el interior de cualquiera de las 40 habitaciones que componen el lodge ecológico Adrere Amellal, las vistas se superan a sí mismas. A semejanza de un asentamiento bereber, el conjunto de construcciones de arena, sal y adobe prescinde por completo de electricidad, funciona con paneles solares que garantizan agua caliente y comida preparada in situ, pero noches silentes y estrelladas, a la luz de las velas. Invitando, como Adhil, como Siwa y el desierto que la circunda, a la reflexión.

“Es el sonido del silencio”, me responde Mohammed, gerente del establecimiento de lujo concebido y propulsado por el emprendedor cairota Munir Neamatalla, principal motor detrás del renacimiento de Siwa como imán turístico desde inicios de siglo, a la pregunta sobre lo que a mis oídos se escucha como una melodía silbada por el viento. Me dispongo a desayunar unos huevos con cebolla, faláfel, queso fresco y miel de abeja, acompañados de un vaso de agua de jamaica recién preparada, especialidad egipcia, y una taza de café árabe. Acabo de pasar una de las mejores noches de las que tenga memoria, el dormir a pierna suelta, el despertar apacible, el viaje que empieza pero que no quiero que acabe nunca, una noche de descanso pleno que quisiera se repita todas las que me quedan de vida.
“Aquí nació la historia”, me asegura sin el menor atisbo de duda Rohuim, mi guía, un risueño y chaparrito bereber quien comenzó hace 30 años auxiliando a una misión arqueológica alemana en sus excavaciones en torno a la conocida como Montaña de los Muertos y hoy preside el equipo local de arqueólogos a cargo del principal sitio patrimonial de Siwa. La extensa necrópolis localizada en un montículo desde donde la mirada se pierde en el mar de palmeras circundante fue establecida durante la 26ª dinastía que reinó Egipto entre los siglos VII y VI antes de Cristo. Entre las tumbas abiertas al público sorprenden los coloridos interiores con efigies faraónicas y detallados jeroglifos. Desde ahí, a bordo de un vehículo todo terreno, nos trasladamos hasta el templo de Zeus Amón, cuyo interior resguarda el oráculo hasta el que peregrinó Alejandro Magno y que le coronó como faraón. Cada equinoccio, una fila de estrellas se sitúa en el cielo resguardando el lugar, afirma un convencido Rohuim. El recorrido continúa por el manantial de Cleopatra, uno de los cientos que conforman el oasis, en donde la leyenda cuenta que la reina ptolemaica se daba baños que perpetuaban su belleza. Aunque Rohuim lo califica como una “trampa para turistas”, el ojo de agua provee un merecido descanso para el viajero que busca refugiarse del sol durante sus horas de mayor intensidad.

Las tardes en Siwa pueden invertirse en excursiones a las afamadas piscinas de sal, donde la salinidad del agua hace que el cuerpo flote de manera natural, o chachareando entre las tiendas de antigüedades, artesanías y productos biológicos del zoco del pueblo, el jarabe de dátil, las alfombras de pelo de camello, las piezas de alfarería y el aceite de oliva son compras obligadas. La puesta del sol ha de apreciarse desde alguna de las dunas que marcan el límite entre el oasis y el vasto mar de arena que desdibuja la frontera sahariana entre Egipto y Libia. Las noches, como la primera, acompañadas, invariablemente, del sereno. No importa cuántos días decida extender su estancia, el viaje le durará para toda la vida, porque el mundo puede estar en guerra, pero en Siwa, me consta, siempre encontrará paz.

