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El tarot: mi máquina para escribir historias

Acceder a los extraños terrenos de la propia psique para descubrir el tesoro que radica en ese caos recóndito es difícil. Hay escritores que lo logran con drogas o alcohol; otros, más iluminados, son capaces de nadar en esos mares sin estímulos externos. Yo uso el tarot.

En 2017, tuve la gran fortuna de trabajar unos meses en la Galería de los Uffizi. Ya había vivido en Florencia antes y la idea de volver a la ciudad que me había visto crecer me tenía fascinada. Allí descubrí que el tarot había nacido en Italia durante el Renacimiento. Su origen documentado se remonta a una baraja de juego llamada tarocchi, encargada por el duque de Milán, Filippo Maria Visconti, y su yerno, Francesco Sforza, en el siglo XV. Son preciosas: fondos revestidos con pan de oro, bellos grabados decorativos y personajes que parecen sacados de un cuento de hadas. El mazo es considerado una obra maestra del arte en miniatura del Renacimiento. Además, a los pocos días me topé con un libro de Italo Calvino que no conocía: El castillo de los destinos cruzados, un ejercicio narrativo en el que las historias se construyen a través de las cartas de tarot. A lo largo del libro, las imágenes de las tiradas se incluyen como anotaciones al margen. Este experimento literario llevó a Calvino a describir al tarot como una «máquina narrativa combinatoria». 

Como escritora, amante de lo esotérico y fan de Calvino, tomé aquello como una señal: si él usaba el tarot para escribir, yo debía hacer lo mismo. Comenzó así mi obsesión. Fui a una pequeña tienda esotérica y compré mi primer mazo, un Rider-Waite-Smith. La dependienta aseguró que sus imágenes, cargadas de intención psicológica y emocional, lo hacen bastante pedagógico. Aún lo conservo. Sigue siendo mi mazo de cabecera, fiel compañero de viajes y fuente de consejo para amigos y familia. Han pasado años y aún no he tenido que enterrarlo; está como nuevo.  

Después de aprender los significados de las cartas y de mucha práctica, terminé por darle la razón a Calvino. El tarot es un motor para la creatividad. La disciplina de la cartomancia exige afinar la intuición y desarrollar la imaginación. Naturalmente, se empieza por la memoria. Hay que estudiar su estructura, los elementos que lo conforman y los significados que oculta cada arcano. Esto es fundamental porque el tarot cuenta la historia arquetípica de la experiencia humana. Cada carta representa una etapa, un momento o un estado psíquico concreto de la vida. 

Tras dominar la teoría y practicar lo suficiente, la intuición despierta. Al girar las cartas, brota en la mente una imagen, pensamiento o enunciado repentino. No suele ser un argumento que nazca del análisis, ni tampoco un consejo sensato; no es la respuesta lógica a una pregunta mundana. Es un mensaje súbito, directo y a veces brusco. Poco tiene que ver con la sabiduría o el entendimiento, pero, extraordinariamente, resulta atinado y muy específico para quien pregunta. 

Además, el tarot trabaja con el azar. El resultado depende de la coincidencia: barajas tu mazo con 78 cartas y escoges unas cuantas. Para mí, esa casualidad es significativa; para ti puede no serlo, y no importa: usar el azar en el proceso creativo nos lleva a los caminos menos sospechados y rompe con las estructuras convencionales.

Cuando tiramos más de una carta, estas suelen ordenarse en tiradas: esquemas para acomodar las cartas sobre la mesa. Una de las tiradas más comunes, por ejemplo, se conforma de solo tres cartas: pasado, presente y futuro. La imaginación entra en juego para crear conexiones entre las imágenes y, así, tejer historias que aludan directamente a la situación del consultante. 

Llevo años utilizando el tarot para mis proyectos literarios. Las cartas me fueron indicando el camino de mi primera novela, Delirio. Vale la pena aclarar que escribo ficción —novela y cuento— y que el tarot, como cualquier otro medio artístico, no viene con instrucciones de uso; depende de lo que a cada uno le traiga la paz necesaria para escuchar la intuición y desplegar la imaginación sin contratiempos. Si te hace feliz encender velas negras, poner incienso, o encerrarte en el sótano de un monasterio embrujado, ¡fenomenal! Yo me siento frente al escritorio, pongo música de Nick Cave o de Lana del Rey y cruzo las piernas sobre la silla. 

Cuando una historia empieza a tomar forma, lo primero que hago es identificar a los personajes principales para leerles las cartas como si fueran personas de carne y hueso. Quiero conocerlos a fondo, saber de dónde vienen, cuáles son sus influencias, esperanzas, miedos, obstáculos y hacia dónde se dirigen. Para esto utilizo la tirada de la Cruz Celta, una de las más famosas y completas; se compone de diez cartas que forman una cruz a la izquierda y una columna a la derecha. La combinación de azar, intuición, simbología e imaginación permite que el perfil del personaje escape de lo estereotípico y que adquiera dimensiones humanas. 

En el caso de Delirio, la trama avanzó y se construyó junto al tarot. Cuando no conseguía ver más allá de la niebla, hacía preguntas muy específicas. Las posibilidades son infinitas: ¿hacia dónde debe avanzar la historia?, ¿qué están sintiendo Renata, Kika o Juanjo en este momento?, ¿qué harán?, ¿qué tono debo utilizar para abordar este capítulo? E incluso: ¿qué opinas de la obra?, ¿cuáles son sus defectos, sus limitaciones o sus virtudes? 

Pondré un par de ejemplos intentando no hacer spoilers. Estaba escribiendo la página sesenta o setenta de la novela cuando me bloqueé. La historia tenía los cimientos que necesitaba para sostenerse, pero requería el detonador para la acción. ¿Qué debe pasar?, pregunté. La respuesta fue el caballo de espadas invertido. La ilustración muestra a un jinete sobre un corcel blanco que, empuñando una espada, avanza a toda velocidad. Es una de las cartas más rápidas: habla de alguien que, tras haber dominado un conocimiento específico, sabe hacia dónde debe ir, por eso avanza rápido. Invertida el significado se altera: premura, impulsividad, escapar sin una meta fija. Mi personaje tenía que salir apresuradamente, para resolver el problema desde la desesperación, sin un plan concreto. Nombré al capítulo «Precipicio». 

Cuando pregunté cómo debía narrar la historia, la respuesta fue bastante directa: La Luna, una de mis cartas favoritas y de mayor carga simbólica. La ilustración muestra un camino ondulante, apenas iluminado por la luz lunar, que comienza junto a un lago y concluye en lo alto de una montaña. Es la carta del misterio, del suspenso, de la lógica onírica, de la emoción y la intuición. Apunta a situaciones donde lo sugerido tiene más peso que lo explicado, en las que el mundo se ve a través de un velo que distorsiona las formas. Trabajar creativamente con la Luna es dejarse guiar por la emoción y no por la razón; es escribir desde el subconsciente, construir misterio a través de la ambigüedad, sin correr el velo, sin iluminar. Delirio es una novela lunar, onírica, oscura. El lector no puede confiar en la narradora y muchos de sus personajes jamás se muestran del todo. El delirio y la verdad ocupan el mismo espacio: eso es la Luna en el Tarot. 

En la novela, el personaje principal también utiliza las cartas como brújula. Renata hace tiradas todo el tiempo y obedece al tarot; lo divertido es que yo hice esas tiradas de verdad. En el segundo capítulo, la Torre le advierte sobre una inminente desgracia. Más adelante, el as de espadas invertido le recomienda esperar a ganar claridad antes de actuar. El diablo junto a la estrella le indican que el camino hacia la redención será sucio, y así es. 

Acceder a los extraños terrenos de la propia psique para descubrir el tesoro que radica en ese caos recóndito es difícil. Hay escritores que lo logran con drogas o alcohol; otros, más iluminados, son capaces de nadar en esos mares sin estímulos externos. Yo uso el tarot. Cuando me encuentro perdida en la mitad de ningún lado sin saber cómo llegué allí, le pregunto a las cartas qué debo hacer para volver, o si acaso llegué accidentalmente al lugar adecuado. Para cada bloqueo, cada historia que comienza a salirse de su eje, cada momento de duda, las cartas están ahí. Me divierte este juego. Barajar, cortar, sacar una carta, dejar que el azar hable. Experimentar con la sincronicidad, poner en marcha la imaginación para unir símbolos y, sobre todo, ceder espacio al asombro. Las sorpresas son agradables, salvo algunas escalofriantes ocasiones.