Están por entrar a una historia que, sin testigos, suena inventada. Esta es una de ellas. Aquí hay cómplices, aunque no hace falta que hablen.
Llegué al Olímpico Universitario entre 9:45 y 10 de la mañana, con la ansiedad acumulada desde días antes. No había hambre. Solo una presión constante en el pecho y la cabeza fija en lo mismo: entrar.
Afuera ya era un hervidero. Policías a caballo cercando las avenidas frente al estacionamiento, vallas que apenas contenían a la gente: filas tras filas. El aire estaba cargado: humo de comida, pólvora de bengalas, marihuana, cerveza abierta desde temprano. Banderas ondeando, cánticos que cambiaban con la llegada de cada barrio, botellas rompiéndose contra el pavimento. Todo al mismo tiempo.
Yo apenas registraba ese desmadre. La cabeza estaba en otra cosa. Esa escena se repite cada domingo, pero este no era uno más.
La reventa no era opción. No porque no quisiera, sino porque no alcanzaba. Cada boleto venía con precio de retiro incluido. Nadie quería quedarse fuera. Y yo ya estaba fuera.
Caminé sin rumbo durante horas. De la Biblioteca Central a las islas, de las islas a los estacionamientos, de regreso otra vez. Repetía la misma pregunta, recibía la misma respuesta. Nada. La cabeza se vacía en ese punto. No hay plan, no hay estrategia. Solo una idea fija que se vuelve obsesión: entrar como sea. No importaba cómo, ni con quién, ni en qué condiciones. Solo entrar.
La banda cada vez más alcoholizada, más acelerada. Algunos ya estaban adentro desde hacía rato. El reloj no se detenía. El partido se acercaba y yo seguía sin boleto.
En medio de ese recorrido apareció una opción que, en otro momento, habría descartado sin pensarlo. Un compa de la banda dijo que tenía boletos de otro evento. Uno era de Luis Miguel. De un concierto días antes. El boleto no estaba cortado. No era una solución lógica, pero en ese momento no importaba la lógica. Importaba intentar algo.
Seguramente había más en la misma situación. En ese momento, solo importábamos dos: el Proks y yo. Nos miramos y no hubo discusión. A esas alturas, cualquier intento era mejor que quedarse afuera, oyendo el partido desde lejos.
El primer acceso era el punto crítico. Ahí arrancaban los controles: filas, revisiones, miradas encima, tensión entre gritos, chiflidos y empujones. Nos acercamos sin llamar la atención, midiendo el momento. No había mucho que pensar. Era acercarse y negociar.
El intercambio fue breve, casi invisible. Hablamos entre dientes, medio de espaldas, sin sostener la mirada. El guardia entendió sin que tuviéramos que explicar nada. Doscientos cincuenta pesos en la mano. Miró el boleto apenas, como cumpliendo, y nos dejó pasar.
En ese entonces no había escáneres ni códigos que validar. Todo dependía de la mirada y de la disposición de quien estaba en la puerta.
Antes de soltarnos, dijo: “Adentro es su pedo”. Y tenía razón.
Porque pasar ese primer filtro no significaba nada. Faltaba el segundo. Ahí ya no había dinero que resolviera. Ahí dependías del momento, del movimiento de la gente, del desorden que tarde o temprano iba a ocurrir. Nos quedamos cerca, esperando, viendo cómo la tensión crecía. Más gente llegando, más presión en las filas, más empujones. La tensión subía y se sentía en el cuerpo: el pecho apretado, la respiración corta, la piel húmeda. En ese punto solo había dos opciones: entrar o terminar el día en el Ministerio Público.
Hasta que llegó la señal.
Cuando el equipo salió a la cancha y empezaron las primeras notas del himno universitario, lo que estaba contenido se desbordó. La gente que seguía afuera corrió hacia los accesos. Las filas desaparecieron. Los controles dejaron de existir. Era empujar o quedarse.
Nos metimos con la banda que corría con el boleto en la mano. En ese punto, el boleto ya era lo de menos.
Cuerpos pegados, gritos, jalones, nadie viendo a nadie. En esa situación, no hay autoridad que controle nada. Solo avanzas. Sin pensar demasiado. Sin detenerte. Siendo uno más.
Y pasamos.
El túnel se abrió y, de pronto, estábamos adentro.
A las 12:10 ya estábamos en la grada. Planta baja general, debajo del pebetero, pegados a la reja como si eso nos protegiera. Por momentos parecía que alguien nos iba a sacar, pero no pasó nada. El sol pegaba directo, la piel ardía, la grada ya estaba encendida desde antes del inicio. Cantos constantes, banderas en movimiento, gente que no se sentaba, que no dejaba de gritar.
En ese momento, lo único que sentí fue alivio. Un corte seco. Toda la angustia de la mañana desapareció de golpe. No había espacio para pensar en lo que había pasado. Solo en que lo habíamos logrado, que estábamos dentro, que el partido ya se jugaba frente a nosotros. Era lo único que importaba: el juego. Después, lo que viniera. La prisión, si tocaba.
Y siguió.
Con los minutos, la adrenalina fue tomando todo. Ya no importaba el cómo. Importaba el estar. Cuando cayó el gol de Cortés, la reja dejó de ser límite. La gente se volcó hacia adelante. Empujones, abrazos con desconocidos, gritos que salían de todos lados. Cuando terminó el partido y Pumas se confirmó campeón, nos quedamos ahí, pegados al alambrado, con los ojos llenos de lágrimas, la piel que ardía y la garganta desgarrada.
No era solo el resultado. Era haber estado. Era salir campeón.
De Luis Miguel sé lo básico. Nunca fui seguidor. Pero ese día, su boleto me metió a la final y vi a Pumas levantar la séptima.
La celebración después del silbatazo final, la que terminó en el Ángel de la Independencia, es otra historia.

