Categorías
Libros

León

A su memoria

A Mohammed y Osama Al-Jabour,
de Palestina, y a su gato Leo, asesinado por Israel

El siguiente relato pertenece a Antes de morir, de Samuel López, un libro que está por ver la luz bajo el sello de Editorial Gato Blanco.

En las vísperas de mi cumpleaños número siete, me perdí en un bosque a las orillas de un parque y me escondí detrás de un ciprés. Estuve quince minutos perdido. Estaba jugando a que desaparecía y no atendí a los gritos. En ese lapso de tiempo pueden ocurrir muchas cosas: los pájaros cantaron hacia el oeste, mis papás se señalaron como culpables, las cigarras pidieron la palabra, mi mamá perdió la voz entre los árboles. Y en ese cuarto de hora, donde cupo el tiempo inmóvil de la angustia, hallé lo que comúnmente se conoce como un genio, aunque este era informe e inexpresable, una sombra que me cegó, y viví la fantasía de todo niño de enunciar las tres ideas más anheladas durante la infancia para volverlas realidad; para mí, que no hubiera hora para irme a dormir; que las flores fueran infinitas (estaba pensando en mi mamá, quien decía que las flores eran la mínima fuente de felicidad); y, por último, que León entendiera mi lengua. No que hablara, que León, mi gato, me entienda, dije, pues a esa edad no advertí la ventaja inconmensurable de comunicarnos, y entonces pedí, con la fuerza de mi pecho, que me escuchara y supiera mi voz y el idioma que habitaba en ella. Y fue así: cuando me hallaron arrancando raíces, tenía los ojos cinerarios, el color me lo había arrebatado momentáneamente el prodigio, y León, kilómetros más allá, al norte, conocía ya el alfabeto arábigo y la mueca de la máscara de la palabra encima del mundo.

Mi aparición fue un alivio, mi papá piensa en la inmensidad del bosque cada que lo rememora y usa la palabra milagro. Lo fue. Todo aquel día lo fue. Yo lo supe cuando esa misma tarde, al volver, estaba un ramo de flores de loto frente a la puerta, tendido en el pórtico como si lo hubiera enviado un enamorado, sin mensajero o aviso, cual brote espontáneo del limo, y lo corroboré en el momento en que nombré a León, cuando sus pupilas almendradas se abrieron como el seno de un pozo, y se quedó mirando las sílabas que emanaban de mis labios y conjuraban su ser. 

“León, León, León”. 

No se lo dije a mi mamá ni a mi papá. No se lo dije a nadie.  

Crecimos así, conjurados, compañeros, salvaguardas, en el silencio del secreto y con la certeza cada día más evidente de que ese había sido el único deseo que me haría feliz después de mis siete años. Los otros dos tenían su encanto, su maravilla, pero no hacían más que adornar la vida. Sí, me vi de ida y vuelta series, películas; acabé libros y videojuegos; mis amigos siempre querían dormir en mi casa porque la noche era vasta; pero, por más, los desvelos me comenzaron a arrebatar las mañanas y los tiempos despiertos eran los mismos que cuando me acostaba temprano y hacía mi vida a la luz del sol. Que te manden a la cama es un mandamiento que expira en la adolescencia. No fue fantástico, no fue, tampoco, milagroso, como acaso sí cuando mi papá se terminó un café y al fondo de la taza se dejó ver un geranio, o cuando de una hendidura de la vieja fachada de nuestro edificio se alzó una columna de tulipanes, cuando en un viaje en carretera vimos una vaca muerta con el belfo abierto entregando un ramo de eléboros negros. No fue el primer anhelo como el segundo, pero ni uno ni el otro se equipararon a la maravilla del gato, el mío, por fin verdaderamente sabio, como en las narrativas fantásticas, que si cavilaba en la ventana ya no era por instinto ni enigma, sino por imaginación del mundo, animal para quien, frente a una existencia muda, sin plegarias, el conocimiento era nada más divertimento, razón pura, y la palabra el instrumento único para amar. 

Por mucho tiempo lo viví sin pensarlo a profundidad, sin reflexiones en torno a las condiciones que impone la conciencia: el ser, el estar, el infinito o la muerte; ¿para qué?, si era ya tan fácil pedirle que no se subiera a la mesa del comedor, saber si tenía hambre o si tenía sed, pedirle su compañía en las madrugadas de insomnio; si ya podía confiarle enteramente las verdades que decía a medias, dolores, pecados. Por otro lado, jamás podría haber sabido lo que se arremolinaba en el flujo de su conciencia. Sé que empezó a mirarme más a los ojos; por admiración o piedad (qué triunfo para los idealistas), sé que se compadeció de los gorriones que esperaban el viento en nuestra azotea; sé que tenía curiosidad por la palabra escrita pues participaba en las lecturas en voz alta de mi mamá. Pero ir más allá de esos hechos implicaba caer en conjeturas infértiles para mi imaginación inmadura. Tuvieron que pasar los años y a raíz de un regaño que le dio mi papá, cuando León fue incapaz de controlar su deseo por un pollo rostizado que se había quedado en la mesa de la cocina, hallé la angustia en sus ojos que me obligó a empezar a atar cabos acerca de su felicidad, su probable melancolía, sus dudas.  

Cuando tenía quince años, por ejemplo, tomé conciencia de su amor por la música. Cada que mi mamá ponía discos de Schubert o Dvořák iba él y se instalaba en el taburete de la sala. Ella decía que lo hacía soñar. Soñar despierto. Ignoro si las palabras nos dicen más sobre la música, si la comprensión semiótica de la lengua condiciona el modo en que conocemos una melodía, pero fue en ese momento, cuando se descordonaba la respiración de un corno y advertí que su cola danzaba al tempo de la mística sonora de la cadenza, que pensé en mi fantasía en torno al sonido, luego en la suya, y mientras su cuerpo enroscado en la tarima me trasladaba a la memoria mimética de tenerlo sobre mis piernas, meses atrás, durante las tardes en que mi mamá nos narraba Hermano en la tierra, Julio Verne, Francisco Hinojosa, mi imaginación en torno a él se inflamó como un incendio que no tendría respuesta ni fin. 

Me he preguntado desde entonces si advertía las fracturas entre las grietas de las palabras; si la literatura le pintaba a la humanidad como una suerte de cañones estrechos, incomunicables, a veces, en una paramera sin fronteras, con sus valores morales similares a islas habitadas por unos tantos, como ideas extranjeras a la naturaleza del cosmos cuyo sentido recae en cómo vivimos, dónde vivimos, por qué vivimos. Me he preguntado qué representaban para él la lengua y la literatura. Si un padre lucha contra el hambre, la soledad, contra otro hombre, si decide no luchar, qué dice la palabra coraje; si el alma se desgarra, cuál es el filo de la navaja; si una niña despierta con los sonidos del alba, de qué pájaro se trata; si una madre muere, qué dice la palabra muerte. Fue entonces, ya no niño, sino adolescente, que a partir de esa última idea me pregunté si no debí haber deseado otra cosa: que León fuera infinito, no; que me durara toda la vida, tal vez; que no sufriera, que sus años fueran más largos que los de cualquier gato. Que no tuviera miedo. Advertí el hecho de que algún día había de verlo morir y que probablemente él no lo sabía.  

A mis dieciocho, recibimos de emergencia a un tío, hermano de mi papá, que vivía solo en una habitación rentada. Una tos lo había derrumbado mientras esperaba al metro, y huérfano, como mi papá, solo había podido decir a los paramédicos el número de nuestra casa y el nombre de su hermano. Estuvo solamente un mes y medio en una cama rentada que pusimos en la sala y asistimos en poco tiempo a sus postrimerías. León lo acompañó hasta el último, al alcance de la mano o encima de su pecho plagado de pulmonía; miró a la muerte a los ojos y no sé qué encontró en ellos. Acaso, para él, la partida de mi tío significó llanamente una semejanza con las flores que nos llegaban de a montones en coronas y arreglos, a veces sin un claro remitente, y que tan pronto eran verdes, violetas, carmesí, se marchitaban; durante esas noches yo intenté adivinar su calma tan honesta mientras apoyaba su cuerpo contra el mío, mientras lloraba, adivinar la idea que acaso él tenía de que la voz muerte no dice nada, que es una sombra de un monolito que no existe o cuya forma es la de un charco de agua que se abre camino sobre el cemento. Muerte es ausencia; fuera de eso, todo es bruma. Y entonces hice la conjetura de que su naturaleza animal le otorgaba otra concepción acerca de la intimidad entre las palabras y las cosas, o más diáfana o menos irremediable.

Pero de su costumbre de mirar a los ojos no pude nunca desentrañar ningún código y mis dudas sobre su imaginación o espíritu las viví en soledad durante muchos años. Esa soledad de saber que los genios no existen; que los deseos fantásticos pertenecen a la literatura o al sueño y que nadie lo podría creer jamás. Pero yo sabía. A pesar de que nunca renunció a la libertad que su nacimiento como animal le había regalado como derecho, yo sabía que él entendía cuando discutía con mi papá, si estaba angustiado al volver de la escuela, que era Fabián Casas quien había descrito a la muerte como un umbral tras una puerta de la cual no tenemos la llave, que era Whitman el que hablaba del alma panteísta en las lilas y en los corderos que pastan en marzo. Y tenía la certeza de su virtud tan solo por la constante lluvia de pétalos, por las noches despierto durante mi niñez, por escuchar sus patas acercándose sobre la madera cada vez que lo llamaba desde mi cama. No importaba que León no se permitiera recibir órdenes ni dar signos evidentes de su condición como retoño de la lengua. Yo creía, y durante varios años más creí en soledad. Hasta que llegó Aura y dijo “ese gato te entiende”.

Aura estudiaba Arquitectura, la conocí por amigos en común de la facultad mientras yo estudiaba Actuaría; tenía lentes de armazón grueso, cachetes redondos y su pelo negro y lacio sobre sus hombros hacía contraste con su piel blanca. Como sabía lengua de señas y había trabajado con personas sordas, dijo que en el mirar de León brillaba una cierta admiración por la palabra que ella había aprendido a reconocer en personas quienes descubrían que sus emociones cabían en movimientos y flexiones. No confirmé sus sospechas; sin embargo, el mismo día en que se quedó a dormir conmigo por primera vez en el departamento que empecé a rentar cerca de la universidad, hizo un exabrupto diminuto a raíz de un acto de León que interpretó como una evidente respuesta a una petición mía y entonces empezó a creer; dijo “ese gato te entiende”. Pero callé. Callé y el asunto se resolvió de manera tácita: ella lo mantuvo como un secreto. Le decía corazón, gatito sabio, León Tolstoi; ponía audiolibros y le acariciaba las orejas; descubrió que no le interesaban las noticias de la radio mas sí las estaciones donde ponían música y contaban anécdotas de bandas de los sesenta, pero no le dijo a nadie. Ni durante toda la carrera ni después. Como yo, probablemente pensaba que hablar del portento podría romper el hechizo y compartimos el silencio. Me daba paz, sin embargo, pensar que teníamos las mismas dudas, que ocasionalmente podíamos hablarlas como un tema casual, incidental, sin involucrar directamente a León. 

“¿Qué estará soñando?”, “¿tendrán los animales un olor favorito?”, “si los gatos tuvieran memoria, ¿tendrían entonces un recuerdo más querido?”.

Desde luego, a pesar de que eventualmente pudo atar algunos cabos —mis papás retomando la anécdota de mi extravío, mi mirada gris, y las maravillas que ocurrieron desde entonces, como la aparición de margaritas en las coladeras de la cochera o una peonía que creció en una bota vieja de mi mamá que permanencia al fondo del ropero—, nunca llegó a pensar que las fascinaciones que vivía a mi lado eran producto de una triada mía de deseos. Simplemente creía, como en tantos otros prodigios. Entre copas, en una celebración de cumpleaños, recuerdo escuchar su voz perdida entre más conversaciones narrando la historia del nahual en el pueblo de sus abuelos, contando la vez que una tía le había quitado la tristeza de tres días con un huevo, o aquella otra cuando se sobó el codo después de golpearse contra el borde del escritorio y desaparecieron cien pesos de su cartera. Entonces pensé que tal vez la realidad está sostenida por una urdimbre de narraciones fantásticas, que la realidad no es nada sino lo que nos decimos y lo que imaginamos. 

Pasados varios meses, cerca de la titulación de Aura, su mamá nos anunció que sus ahorros durante sus años de trabajo y el monto de su jubilación le alcanzaban para hacerse de una casa en las afueras de la ciudad. A pesar de que yo venía arrastrando varias materias a raíz de un desaliento vocacional que no podía dispersar, no nos negamos cuando nos sugirió que la estrenáramos en un pequeño viaje para festejar el fin de la carrera de Aura y nos fuimos en la camioneta que nos prestó mi papá. La casa estaba situada cerca de una pradera y de un arroyo que mojaba las faldas de un monte con un follaje tan denso que no dejaba pasar el sol hasta el suelo. Pensé en la campiña escocesa y nuestro aislamiento me remitió a aquella pintura de Andrew Wyeth. Junto a la puerta de entrada había una piedra gris del tamaño de un rinoceronte dormido desde la que uno podía sentarse a mirar cómo el viento azotaba los pastos. La arquitectura era rústica y los interiores estaban perfumados por el aroma fresco del adobe y la madera. La primera vez que partimos, León me escuchó hablarle de un camino largo; le pedí que no tuviera miedo, que descubriera cómo al tomar la autopista clarea el cielo, y durmió mientras salimos de la ciudad hasta que pronto, cuando iniciaba la carretera, le llamó la atención el desdoblamiento soberbio de las montañas y su cercanía fraterna con el celaje. Verlo recorriendo el lomo de los cerros me hizo dudar si la insignificancia es un motivo para tener miedo o una razón para considerarnos más libres. Luego, tan distantes del orbe y del tiempo colosal de la metrópoli, saboreando otra estructura de la vida, me empecé a preguntar si la lengua sería suficiente: si verdaderamente con mi deseo yo había hecho más grande a León o más diminuto (“León, mira las estrellas, escucha el borboteo del río, cómo se tuerce el aire en la frontera del bosque, ya baja la neblina, arden las piedras, huele el aroma de los leños chamuscados, escucha las hojas secas que suenan a cáscaras de huevo. No vayas más allá de los saltos de agua, vuelve antes de que se vaya el sol, no persigas a las musarañas hasta el fondo del monte”); si el concepto de lo que yo nombraba y él reconocía extendía su imaginación de las cosas o las limitaba por darles una denotación tangible. 

No nos tomó tiempo instalarnos y acostumbrarnos a la vida ligera del campo. Estuvimos ahí seis semanas en las que olvidábamos constantemente el nombre de los días y el de las horas que transitaban. Con dos bicicletas que compramos, solíamos ir al poblado más cercano a comprar víveres y se volvió una costumbre seguir la corriente del río hasta una laguna silenciosa donde desembocaba para pasar las tardes en la orilla. A León lo llevábamos en una cangurera que le permitía ir a nuestras espaldas como una mochila. Sin miedo a mojarse, nos acompañaba cuando nos zambullíamos y Aura encontró en su teléfono los nombres de los peces que nadaban y las aves que cantaban. Allá, en ese lugar distante, sentíamos que era otra la pureza de las voces cuando nombrábamos al agua, cuando encima de un cerro lejano señalábamos la luz de una fogata, cuando apagábamos las lámparas antes de irnos a acostar. 

Un sábado, lo tuve que comprobar en el calendario de la cocina, por la rendija de la ventana del baño voló una lantana. Aura la descubrió entre las burbujas del piso mientras se enjuagaba y entonces escuchó el zumbido afuera como de alas arremolinándose. Creyó, primero, que el rumor provenía del vuelo de un enjambre de mayates. Al salir, con el pelo trenzado con una toalla, me dijo que tal vez era una motocicleta lejana y salí con unos binoculares al cuello. Desde la gota ámbar del sol, el cielo líquido se desteñía en círculos crecientes que tendían al azul. Altas, venían descendiendo las flores como copos de sangre. Vi a León a lo lejos saltando para atraparlas como el puma que caza a un ganso a medio vuelo. Le grité a Aura para que trajera la cámara; la escuché corriendo descalza, luego riendo, luego los clics del obturador. Los tallos rasguñaban el horizonte y resonaban como el interior de una colmena. Llovieron las flores por un tiempo incierto hasta que se apareció la noche sigilosa. Todavía no terminábamos de cenar y algunos pétalos aún se resbalaban por las cornisas. León había metido varias flores a la casa y cada recámara parecía estar forrada por un mosaico de colores; a la media noche, encontró descanso en una hacina de hojas sueltas mientras Aura y yo nos distraíamos jugando una partida de ajedrez. Nos dio la una de la madrugada; contamos cuatro tablas en juegos que se alargaban por conversaciones en torno a lo más nimio y lo más importante; desde un recuerdo acerca de una fiesta acuática de la infancia hasta aquellos de las veces cuando más miedo habíamos sentido; hablamos de relaciones pasadas y amigos extraviados o extrañados. Divagando, Aura me platicó sobre un conocido suyo que había encontrado un billete cuya fecha de impresión correspondía a un futuro que nos adelantaba por cincuenta y ocho años; aunque el plástico era el mismo que el de los billetes de nuestra actualidad, el personaje plasmado en el frente era una mujer desconocida. Lo tiene entre las páginas de un libro, dijo, espera que en un lustro o una década aparezca esa mujer y seamos testigos de la proeza por la que será recordada. Cuando apunté que podría haber sido impreso por cualquiera, me echó una mirada severa. “Se han visto cosas aún más asombrosas”, dijo. Nos paramos a lavar los trastes que quedaban. Desde un umbral desconocido una cuija imitaba el rechinido de las bisagras de una puerta. ¿Cuántos años tiene ya León? Quince, reflexioné. “Ojalá nos durara toda la vida”, murmuró, y recordé nuevamente el arrepentimiento de mi adolescencia; el haber deseado poco, el haber sido inocente. 

Pasaron días menos prodigiosos, pero tranquilos, hasta que acaeció la tarde en que creímos que León se había perdido. Solía pasar horas enteras fuera pero invariablemente regresaba al despertar la noche. Era un pacto, una condición que yo le había pedido y, por lo mismo, la lluvia torrencial que inició temprano y nos vio mantenernos a la espera en la ventana nos inquietó. León no llegó. Temimos que hubiera sido víctima de un deslave de la montaña provocado por los torrentes y sin pensarlo más, salimos con linternas en mano. La luna era ancha, total; el sonido de nuestros pasos conjuraba la curiosidad de las aves nocturnas e infundía el miedo de los marsupiales y roedores, que hacían sonar los cardos con su huida. Cruzamos el río por encima de un tronco que contenía el envite raudo del agua crecida. Nos separamos para cubrir más terreno. Acordamos una hora para volver, con León o sin él. Nos metimos entre la espesura del bosque. Luciérnagas parecieron indicarme que iba por el camino correcto. El halo de mi linterna atraía mosquitos y parecía hacer bailar los restos del mundo que transitaban como polvo, polen o resina en los haces de luz. Anduve solitario por algunos minutos hasta que lo encontré en una cárcava, como en el centro del universo, dormido. De su panza brotaba un candor inexplicable, ardiente. Lo cargué boca arriba y bajé la cuesta. Aura estaba ya esperándome bajo el farol del porche. Lo acarició en la nariz, entre los ojos cerrados. No se le veía mal, solamente presa de un sueño recóndito. Lo acostamos junto a nosotros y lo abracé hasta que me quedé dormido y entre imágenes oníricas reviví su búsqueda. Pero esta vez no lo encontraba entre la yerba. Ahora, más adentro, cerca del corazón de la montaña, en un trozo de luna desnuda que se refugiaba de las sombras, soñé que me recostaba a descansar sobre el pastizal y que lo veía frente a mí navegando entre el silencio de las estrellas. Más allá de la Vía Láctea y el supercúmulo de Virgo, después de la nebulosa de la Hélice y cruzando los filamentos galácticos, soñé que León se bebía un cuásar como si fuera el reflejo de una lumbre en el fondo de un estanque oscuro. Aunque tenía miedo, sentía un alivio ligero de estar con él. Conforme bebía, la luz del fondo del universo se extinguía. Hasta que nos quedábamos a oscuras, entre el líquido oscuro. Desperté cuando un cordón de luz se desenredó sobre mí. Vi a León cerca de la ventana, en un chorro de mañana. 

Ahora tal imágen, él en medio de la luz, la recuerdo de manera particular, pues fue la primera huella de que, como habitante mágico y único en su especie de la lengua, León partiría de este mundo, no como un cuerpo, sino como un fragmento de la voz extensísima e inacabada de la vida. Después de que volvimos a la ciudad su candor no se extinguió, sino que lo hizo parecer como una criatura que cargaba con un fulgor que lo abrasaba desde sus entrañas. Tenemos fotos de él, después del viaje, en las que no produce sombra, en las que parece un destello en una imagen quemada, otras, donde se mimetiza con una maceta o con el fondo de una ventana. Parecía como si se estuviera desvaneciendo día con día, como si perdiera hilachas de luminiscencia o grumos del resplandor de aquel cuásar del que había bebido al fondo del espacio. 

De sus dieciséis a sus diecisiete años perdió la vista. No sabemos exactamente cuándo pues aún descansaba en el alféizar, caminaba por la casa reconociéndola de memoria y no mostraba problemas para subir al sillón o a la cama. Si no hubiera sido porque tropezó con el cesto de ropa que dejamos mal colocado en el pasillo, acaso muy tardíamente habríamos descubierto su ceguera. Advertimos la condición como un preludio del final de sus días. A raíz del suceso, y después de que el veterinario confirmara nuestras sospechas, Aura tomó el hábito de hablarme en voz alta para que León estuviera al tanto de los movimientos que modificaban el espacio del departamento. “Cuidado con la planta que moví de lugar, junto a la buffetera”, “recuerda que dejé mi mochila a los pies de la cama”, “no olvides que pusiste la bolsa de basura frente a la puerta de la cocina”. Por ese entonces yo había encontrado un trabajo en una empresa de telecomunicaciones y me dedicaba a interpretar las métricas de sus ganancias. Me frustraba; mi salario era bajo, pues nunca me había determinado a sacar dos materias que me habían confirmado que mi decisión vocacional era errónea y me sentía descarriado a pesar de que tenía la libertad de trabajar desde casa tres días a la semana, a diferencia de Aura, quien pasaba de lunes a viernes, de la mañana hasta la noche, en el despacho de arquitectos donde había encontrado empleo. La única ventaja para mí era poder pasar el mayor tiempo posible con León, hablarle de las vicisitudes laborales, confesarle que me sentía solo y extraviado, rememorar con él episodios de nuestras vidas, y, a la vez, verlo todos los días dormir en las líneas del sol, perder peso, ser más paciente cuando le servía la comida, como mi abuelo cuando se sentaba en su mecedora a contemplar el tiempo, comer poco, mostrar cada vez menos interés por el ruido de afuera, recorrer la casa ya no corriendo, sino deslizándose pausadamente. Mi única ventaja era estar con él hasta el final de su vida. 

León se está yendo, le dije a Aura pocos días después de su cumpleaños dieciocho. Le habíamos comprado mousse de salmón y dos velas, una de cada número, que me hicieron presa de un vértigo inmenso y de una nostalgia de cachetes húmedos. “Háblale —me contestó—, dile todo, dile lo que quieras, dile todo”. Y contesté que sí, pero que me parecía escaso, que él ya sabía que lo quería con todas mis fuerzas, que me hacía feliz por ser, por estar, por escucharme. “Necesito darle un último trozo de vida, Aura”. 

En pocas semanas, León pareció envejecer como si hubiesen transcurrido meses. Cada día lo veía más cansado, inmóvil por horas en su cama, con la gravedad serena de los finales y, como no quise dejar correr más el tiempo, partimos una última vez en el fin de semana que encontramos más próximo. Éramos él y yo, pues a Aura le habían solicitado quedarse sábado y domingo para supervisar una obra. “Es imposible”, me dijo por teléfono el jueves. Una noche antes de que saliéramos de nuevo hacia la casa de campo, me dijo que sentía que nunca más lo iba a ver y se mantuvo durante la madrugada en vela con su cuerpo sobre sus piernas. Antes de caer dormido, desde la recámara, escuché la televisión prendida en la sala. Imaginé que Aura quería recordarlo así, como en cualquier ocasión cotidiana; que su última memoria juntos fuera liviana. Al día siguiente, cuando le pregunté si le había dicho algo, se limitó a contarme que le había dado las gracias. 

Nos fuimos. Todo el camino se mantuvo sobre mí, tranquilo, con el temple de las rocas al fondo de una playa. Noté que respiraba lento y que sus pulmones se inflamaban con dificultad. Antes de llegar me propuse llevarlo al día siguiente en bicicleta a la laguna para ver si nos encontrábamos peces pardos y pájaros chapoteando en la ribera. Después de instalarnos, sin perder mucho tiempo, lo cargué y sentados en la piedra le describí los pastos que eran más verdes que nunca por la temporada húmeda y le dije que el cielo lucía cercano, sin aves y sin ganas de lluvia. Él parecía contemplar el horizonte. La palabra le era ya todo, le era esencia: las montañas, todas las montañas; el tronco, todos los troncos; las raíces, todas las raíces. Después lo dejé que probara el tacto del pasto y cuando se tiró de costado descubrí cómo su cuerpo se desmoronaba en partículas brillantes y, ascendiendo con el viento, se iba a perder entre las auras. 

He escuchado, por narraciones médicas y crónicas en hospitales, que las personas al borde de la vida saben cuándo van a morir. Tal vez algún día llegaré a saber si es verdad, pero esa noche León se acostó en mi pecho y, como nunca, apoyó su cabeza sobre mi mentón para ronronear hondo y ronco. Mientras dormía, consciente de la agudeza auditiva de los felinos, le hablé casi a ras del silencio. Descubrí que decir todo es un acto imposible. Descubrí que hay cosas que uno no las ha hablado con nadie en toda la vida. Mientras veía rotar la velada luz lunar por los extremos de la cortina, entre una visión empañada y acuosa, perdí el control de mis palabras y fui quedándome dormido. 

En la vieja cangurera transportadora en la que lo había cargado tantas veces en mi espalda, lo llevé cuesta abajo, montados en la bicicleta, en esa mañana límpida. Nos sentamos a unos pies de la laguna y guardamos silencio. Desayuné frutas y semillas y le di trozos de carnes frías. Recorrió algunos pasos con las patas bajo el agua y pececillos coloridos lo siguieron. Cuando lo vi detenerse a lo lejos le tomé la foto final de su vida en la que parece una lengua de fuego rodeada de ascuas como una llovizna de relámpagos. Al volver a mi lado lo abracé, tan pequeño, tan ligero, y le hablé por última vez. Me vi a mí mismo en sus ojos oscuros. Sobre mi regazo, estiró las patas y me rodeó como el tigre encaramado en una rama. Entonces, sin que hubiésemos advertido el color granito de las nubes, se soltó la lluvia. Recogí a prisa, lo cubrí con una manta y lo eché a mis espaldas. Pedaleé con fuerza sobre la pendiente. Sentía su cabeza recargada en mi nuca. Mientras avanzaba velozmente, entre el velo denso de la tormenta, creí ver que, ante nosotros, a nuestros costados, eclosionaban flores con la rapidez de una cinta que corre a cien veces su velocidad. Comencé a llorar. Frente a mí, y conmigo, en mi vida, que a veces sentía ser tan vacía, tan sola, tan incompleta, estaban las fantasías más grandes que había deseado en mi infancia. Ya no creí, entonces, en ese súbito instante, que mis deseos hubieran sido erróneos. Lanzado como una gacela sobre la senda que nos llevaba de vuelta a la casa, sentí que el peso de León sobre mí era cada vez menor. Sin poder echar la mirada hacia atrás, no pude hacer otra cosa sino nombrarlo. No tengas miedo. León, aquí estoy, no tengas miedo. Sobre mis manos aferradas al manubrio rebotó un destello en agonía que provenía de mi dorso. No pude voltear, no me detuve. Metros antes del sendero de tierra, cuando atisbé la cerca, el tejado marrón goteando, la roca junto al porche, sentí finalmente que la tela de la transportadora, ingrávida, ya por siempre vacía, se pegaba a mi piel como una estampa por el peso del agua.