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Cary Grant, el seductor clásico

Desde sus prolíficas mancuernas con Alfred Hitchcock y Stanley Donen hasta sus trabajos con Howard Hawks y Clifford Odets. Que sirva el siguiente compendio de reflexiones corales para rendir le homenaje al incomparable Cary Grant, el seductor clásico y estilizado.

Charade; Stanley Donen

Hay en el cine una máxima no escrita que Stanley Donen confirmó con Charade (1963): es la mejor película que Alfred Hitchcock nunca dirigió. Y lo dice alguien que adora al maestro del suspense, pero que sabe reconocer una impostura perfecta cuando la ve (vamos, hasta la protagoniza uno de sus actores favoritos). El centro de gravedad de esta cinta es, claro, Cary Grant. Para ese punto en su vida, Archie Leach ya tenía casi sesenta años y muchos temían que su wattaje comenzara a parpadear. Error. Su madurez no apaga nada: al contrario, afila su astucia, vuelve su carisma más socarrón, su charm más peligroso. Aquí Grant ya no es el galán de arrojo, sino un tipo que podría estar mintiendo en cada frase y aun así quieres creerle. Esa ambigüedad es su mejor truco. Y además, hace contraparte con la sublime Audrey Hepburn —de Givenchy de pies a cabeza, porque así debe ser—, que no es ninguna damisela. Su Regina Lampert es sagaz, desconfiada, inteligente y capaz de seguir el ritmo de Grant sin que le tiemblen las pulseras. Al mismo tiempo, es la caperucita (por así decirlo) que persigue al lobo; en algo completamente vanguardista, es la suculenta viudita quien le tira la onda al maduro enigmático. La química entre ellos chisporrotea como un cortocircuito elegante. Pero Charade no vive solo de rostros bonitos y tensión sexual no resuelta. Peter Stone y Marc Behm tejen un suspenso que nunca pierde el equilibrio: hay un ambiente siniestro (tipos que matan a sangre fría), humor ácido (el diálogo entre Reggie y “Peter Joshua” es una joya de cinismo fino) y encanto romántico, todo en la misma secuencia. Donen maneja los tonos como un malabarista: el peligro real no anula la sonrisa, y la sonrisa nunca empaña el peligro. Así que sí: Hitchcock jamás puso tanto ingenio, tanta elegancia homicida y tanto romance juguetón en un solo encuadre. Charade (que, por cierto, tiene el honor de ser la última película que vieron juntos John y Jackie Kennedy, unas noches antes de irse a Dallas) es un truco de magia que no necesita explicación, solo aplauso. En ella, Grant, en su ocaso como estrella, demuestra que su luz era de las que no se apagan: se vuelven más cálidas.

His Girl Friday; Howard Hawks

His Girl Friday (Howard Hawks, 1940), traducida de manera rocambolesca con el melosísimo título Ayuno de amor, es quizá uno de los primeros fogonazos en la carrera de Cary Grant. Más allá de que la obra constituya lo que hoy muchos reducirían como una carta de amor al periodismo, creo que el gran valor de ésta estriba en el hecho de que Hildy, la protagonista encarnada por Rosalind Russell, entiende -o, quizá, no lo entiende, y en ello transcurre también la obra- a la actividad periodística como un acto indisociable de su vida. La película, síntoma de otro tiempo y afincada en salas de redacción que hoy se antojan en peligro de extinción, tramposamente formula el argumento como un triángulo amoroso cuando el único interés romántico de la protagonista está en el acto de perseguir una nota. Hildy transita la película en medio de cualquier cantidad de periodistas buitres obsesionados por soltar exclusivas vía telefónica: apenas se conoce un dato nimio sobre la nota más reciente, todos ellos se arremolinan en los teléfonos para contactarse con la nave nodriza. Ella, por su cuenta, busca otra cosa: quizá entender al antagonista de la historia, al criminal, mientras dos hombres se desviven por ella. Y acá, creo, Howard Hawks da otro volantazo. Cary Grant no se desvive necesariamente por Hildy; está enamorado, en su condición de jefe del periódico, de las virtudes profesionales de su ahora ex esposa. No la desea a ella; desea sus notas, su redacción, su manera de abordar una historia. No sé si esto me parece sórdido o romántico; o ambas. Después de que ambos hombres le declaren amor eterno, el único momento donde vemos a Hildy realmente sonreír pletórica es cuando cuenta por teléfono la huida del criminal: no quiere ser actriz de reparto en cuentos ajenos; desea narrar. Mi momento favorito de la película, sin embargo, ocurre casi al final y no tiene demasiado que ver con la trama. Cary Grant y Rosalind Russell comparten escena con dos personajes profundamente prescindibles, pero no consiguen aguantar la sonrisa. Se van a carcajear en cualquier momento, parece, pero en el último momento se amarran. Están disfrutando; se están divirtiendo. La sensibilidad de Howard Hawks para elegir esa toma y convertir la película en una obra que se ríe de sí misma abiertamente -chiste meta extraordinario previamente respecto a Ralph Bellamy mediante- la eleva a constituir una de las grandes joyas escondidas en la comedia del Hollywood de los grandes estudios.

Suspicion; Alfred Hitchcock

Basada en Before the Fact, de Francis Iles (seudónimo de Anthony Berkeley), la película deja ver con claridad las tensiones entre adaptación y censura. Marca, a su vez,  la primera colaboración de lo que se convertiría en una prolífica mancuerna entre Alfred Hitchcock y Cary Grant. El irresistible galán aparece aquí transformado en un cínico antihéroe, una jugada inesperada para un público habituado a los códigos del star system. Hitchcock explora el poder de las pasiones y el deseo como un impulso ciego que nubla el sentido común, dejando a la víctima expuesta a las ambiciones del conquistador. Su mayor acierto radica en mantenernos en constante incertidumbre, que compartimos con la protagonista: habitamos su mente y participamos de su creciente paranoia. Sospechamos de Johnny, pero nos resistimos a ver en Cary Grant la fuente de la amenaza. Su carisma introduce una duda persistente, aunque en el fondo intuimos que su inocencia es, cuando menos, improbable. En ese sentido, Suspicion ya anticipa una idea muy hitchcockiana: el encanto masculino como máscara del peligro. Los recursos estilísticos propios de la época no solo destacan, sino que enriquecen la experiencia: los insertos de invitaciones, telegramas y boletos de luna de miel aportan textura narrativa, mientras que la música intensifica las emociones y subraya el suspenso en los momentos clave. La maestría de Hitchcock, sumada a la personalidad magnética de Grant, convierte al filme en una experiencia no solo entretenida, sino profundamente inquietante. El desenlace difiere del de la novela original: mientras en esta el marido es inequívocamente el asesino, la película opta por una ambigüedad que deja la resolución en manos del espectador. Se dice que el estudio no quiso arriesgar la imagen de Cary Grant como villano, lo que alteró el cierre. El resultado es un juego de apariencias donde el deseo y la sospecha se confunden, y en el que nada —ni siquiera el carisma de su estrella— ofrece una certeza definitiva. Todo, al estilo Hitchcock, queda en la duda.

Para atrapar al ladrón; Alfred Hitchcock

A  través de un montaje pulcro y suspicaz, Hitchcock nos informa que un enigmático ladrón de joyas roba lujosos hoteles de la Riviera francesa con la facilidad de un gato negro para ingresar y escapar de ellos por los techos. Esto da pauta para presentarnos posteriormente al protagonista del filme y principal sospechoso, John Robie (Cary Grant), un regenerado ladrón apodado ‘El Gato’ que asegura no ser el responsable de los atracos. Para confirmar que él no tiene nada que ver, pone manos a la obra para dar con el verdadero autor. Desde este momento hasta el final de la película, veremos a Grant inmerso en un recorrido que combina suspenso, romance y comedia para desvelar el misterio. Elegante de porte, fino en sus movimientos y sigiloso en sus expresiones, el actor demuestra que, cuando se tiene presencia, el mínimo gesto es suficiente para evidenciar lo que se busca transmitir. A diferencia de otros intérpretes que gesticulan de manera exagerada, son bruscos en sus acciones y alzan la voz para matizar que actúan; a Grant le basta con levantar el mentón, fruncir el ceño o girar su cuerpo con delicadeza para mostrar que está preocupado, enamorado o divirtiéndose. Por ejemplo, su extrañeza frente al atuendo con sombrero que viste Frances (Grace Kelly) es simpática y no necesita de un chiste oral o una reacción rimbombante para generar dicha simpatía. Tampoco requiere de rebuscadas manifestaciones corporales para causar tensión en el tejado cuando está por atrapar a quien imitó su modus operandi; su pecho al suelo es prolijo, así como su juego en la oscuridad durante la persecución. El único instante en que irrumpe con su personalidad está justificado porque se lo demanda el contexto de la escena: una anciana que vende flores lo golpea con un ramo porque le han arruinado la venta y él le grita para suplicar piedad. Y aun así lo hace contenido, lo que resulta muy cómico, justo lo que propone esa secuencia. Actualmente, las estrellas masculinas del star system que encabezan los créditos de una película pertenecen a una época que les impone la línea de la sobreestimulación para conquistar al espectador, es decir, entre más cosas hagan frente a la cámara y más llamativos luzcan (como con el uso de prostéticos), mejor recibidos son por la audiencia, misma a la que se ha hecho creer que eso es actuar. Sin embargo, tal como lo demostró Cary Grant, menos es más. Hay encanto y beneficio en su sutileza y su ligereza, sea en el género que sea. No por nada Hitchcock se fijó en él para los cuatro títulos que hicieron juntos. ¡Y qué títulos!

Un corazón en peligro; Clifford Odets

En el documental Becoming Cary Grant (2017) de Mark Kidel, se explica que el mítico actor buscaba el sentido de su existencia en sesiones de terapia con LSD, donde cruzaba “mares de horrores y escenas felices, a través de un montaje de amor y odio”. A finales de la década de los 50 y en el cénit de su carrera, Cary Grant descubría que una infancia dura y el abandono de su madre eran las causas de los fracasos sentimentales y la incapacidad para encontrarse a sí mismo. En la película Un corazón en peligro (1944), Cary Grant interpreta a Ernie Mott, un joven londinense de clase baja que regresa a casa para cuidar de su madre, pero el destino se encargará de llevarlo por rumbos turbulentos. Dirigida por Clifford Odets, es una adaptación de la obra teatral del propio dramaturgo, que a su vez se basa en la novela que Richard Llewellyn escribió en 1943; pero lo más relevante es que Un corazón en peligro es la historia del hombre que Cary Grant hubiera sido de no haberse ido de su natal Bristol, lo que la convierte en un trabajo muy personal para el actor: incluso en una de las secuencias aparece un retrato de su padre. A pesar de las nominaciones al Oscar para Cary Grant como mejor actor, mejor edición, mejor banda sonora y de ganar uno como mejor actriz de reparto para Ethel Barrymore, en el papel de la madre de Ernie, el debut de Clifford Odets fue un fracaso en taquilla al ser un filme atípico en el Hollywood de finales de la Segunda Guerra Mundial. Su atmósfera melancólica y pesimista, aunado a las soberbias interpretaciones, ofrecen un ejercicio cercano al primer Orson Welles, fotogramas bañados por la suave de None but the Lonely Heart (1869) de Tchaikovsky. Leyenda histriónica absoluta, Cary Grant era un actor consentido por la industria, pero que aun así, le costaba reconocerse en el espejo. El director de RKO Pictures, Charles Koerner, compró específicamente los derechos del libro de Richard Llewellyn para que en la adaptación, Grant se luciera y entregara una de las mejores actuaciones de su exhaustiva carrera. Quizá su plano más famoso sea aquel donde una avioneta lo persigue en el campo, pero este actor (incluso se negó a ser el primer James Bond en el cine) emblema del cine de Alfred Hitchcock, Howard Hawks y George Cukor, exhibe en Un corazón en peligro el dolor en las contradicciones de la condición humana y la siempre compleja tarea de encontrar el lugar correcto dentro de un mundo hostil. 

North by Northwest; Alfred Hitchcock

Probablemente no se haya filmado una mejor escena de flirteo que la que protagonizaron Cary Grant y Eva Marie Saint en el tren, bajo la tutela de Alfred Hitchcock, durante la cinta North by Northwest, una de las cumbres del cine de suspenso y espionaje. Desde que Grant, un publicista neoyorquino que es confundido por una red criminal con un agente del gobierno, se despoja de las gafas de sol y pide su martini seco como aperitivo sabemos que estamos ante algo que nos va a cambiar la vida. El actor británico-estadounidense, que afrontaba su cuarta colaboración con Hitchcock, fue elegido como estelar por encima de James Stewart. Y la verdad es que cuesta imaginar a Stewart exhibiendo el repertorio de gestos estilizados que convirtieron la actuación de Grant, con esos inconfundibles hoyuelos en las mejillas, en el paradigma del Hitchcock más pop y menos confesional. Incluso la hipérbole deliberada de la avioneta fumigadora, que atenta contra la vida de nuestro protagonista en el campo de trigo, permite entender el espíritu de película de aventuras que Hitchcock buscó insuflar a una producción que necesitaba distanciarse a toda costa de la densidad de su predecesora: la experimental Vértigo. Cuando alguien refiere al cine clásico en alguna sobremesa más o menos digna, es bastante probable que haya pensado en North by Northwest como metáfora.

Indiscreet; Stanley Donen

Es curioso, pero todo en este film proyecta una oda a la eternidad. Desde el diseño de vestuario hasta el color que encandila a lo largo de los sets. Y, sin embargo, en dos años el cine hollywoodense comenzará a transformarse. A tal punto que no volveremos a ver comedias románticas de este estilo hasta la década de los ochenta. Quizá por eso, esta historia es interesante, ya que aquí empiezan a emerger varios de los motivos que el cine abordará después. Tal es el caso de un protagónico como el de Ingrid Bergman, que a ratos se escapa de los convencionalismos sociales. O la forma en la que Stanley Donen divide la pantalla, un recurso que después replicará Rob Reiner en When Harry Met Sally. Sin embargo, la elegancia que le imprime Cary Grant a la historia logra consolidar el juego de su personaje (Philip Adams), que miente descaradamente sobre su estatus civil, ocasionando la furia de Anna Kalman (Bergman). Es así que esta disputa de poder, muy alejada de lo que esperaba el público de aquella época, termina por traernos un clásico inolvidable