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Historias

Pepenador

Hoy, orgullosamente, al iniciar cada conferencia en la que me toca participar me presento así: Juan Pablo. Pepenador de historias.

Siempre me llamaron la atención los estadios deportivos. Desde niño tuve algún tipo de fascinación por ellos. Sentía –sigo sintiendo– que ejercen alguna forma de magnetismo. No sólo a quién lo ve, sino a la ciudad que lo circunda. Son sitios de referencia. Es común que cuando vuelo en avión, durante el descenso o acercamiento al destino me asome a través de la ventanilla para ubicar estos puntos. Y la vida, tan jodida a ratos, me abrió la puerta para poder trabajar en uno de ellos.

Mi primer recuerdo del tema fue una visita al Azteca (lo de llamarse Banorte es la señal de descomposición en la que nos encontramos). Era la temporada 75-76, el Atlante recibía al León un viernes por la noche. Busco en Google y, al parecer, el marcador terminó con un horroroso cero a cero. Pero lo que recuerdo de aquella noche es salir del túnel de acceso a la tribuna baja y ver cómo las luces hacían brillar el verde del césped. Los colores vivos de las playeras. El tamaño del estadio y poco más. Es posible que ese momento haya sido el kilómetro cero del embrujo que permanece en mí. 

Después de varios años cuento con una licenciatura, un diplomado y muchos cursos de actualización en mis espaldas. Y a pesar de mi preparación académica y dilatada experiencia laboral, hoy, entre broma y broma, me llaman “El Pepenador”. Y quizá tengan algo de razón. No lo tomo personal. Es más, lo puedo ver como un halago o innecesariamente preciso. Estoy considerando agregarlo en la descripción del puesto en mi firma electrónica. Yo, en el interior, creo que cumplo una labor social o hasta cierto punto un registro histórico. O eso quiero –me gusta– pensar por ahora. 

La verdad es que, al aceptar el empleo, jamás tuve en cuenta esta posibilidad. Vamos, creo que ni ellos –mis patrones– tenían alguna pista hasta que les expliqué “con pelos y señales” de lo que estaba ocurriendo ahí dentro. El oficio que ahora ejerzo, si es que cabe la posibilidad de clasificarlo como tal, es una actividad artesanal. Artesanal no en la definición ahora muy gastada y manoseada por la (colonia) Roma. No es un concepto que describa exclusivamente una manualidad. Esta labor requiere, sobre todo, cierto tipo de sensibilidad, y quizá, una dotación de fortuna. Al parecer, tengo ambas.

¿El futbol? Bueno, mi trabajo me exige estar informado de él, sin embargo, cada día me gusta menos. Cada semana puedo ver, de primera mano, que se aleja del deporte del que me enamoré de niño, del que surgieron –y conservo– mis mejores amigos. La sobresaturación de información, tertulias, las redes sociales y esa especie autonombrada “influencers” han generado en mí, si no un rechazo total, sí un aislamiento voluntario para conservar cierto equilibrio mental.

Pero ‘el trabajo es trabajo’. O lo que sea que esto signifique. Y ver no es, en definitiva, observar. Quizá haga falta desarrollar un manual de identidad de todo lo que he encontrado a partir de mi primer día aquí. 

Eduardo Sacheri, escritor argentino, decía —palabras más, palabras menos— que un hombre no puede narrar su propio asombro: al asombro no le quedan bien las palabras. Cuando podemos usarlas, el asombro ya desapareció.

Mi labor es –o era– organizar a todo el personal de Protección Civil. Vigilar no solo la salida de los asistentes, hay que coordinar con el resto de las autoridades, revisar el inmueble y controlar los riesgos. Al cerrar mi primer día laboral, una vez que las hinchadas se habían retirado, caminé a través de uno de los túneles de acceso que desembocan en la grada. El objetivo era llegar al campo para empezar a llenar el reporte. No logré hacerlo.

Al pisar el umbral de los escalones de la grada baja, miré al suelo. Fue entonces que pude verlo. 

O verlos. 

Lo que encontré no eran objetos, aunque era posible tocarlos (y sentirlos). Eran restos de algo que había pasado por cada uno de los asistentes y que ahora reposaba disperso entre asientos, pasillos y escaleras.

Ignoro cuánto tiempo que estuve agachado, comprobando –con cierta incredulidad– lo que tenía en mis manos. Llamé a mi superior. Al llegar, me encontró en una postura semejante a la de un arqueólogo que recién ha descubierto indicios de una civilización antigua. Le mostré el hallazgo. 

Solo logró articular el “¡carajo!” más fascinante que haya escuchado en mi vida. 

Hoy, orgullosamente, al iniciar cada conferencia en la que me toca participar me presento así: Juan Pablo. Pepenador de historias.

Por Juan Pablo Martínez Cajiga

Nací un lunes.