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Herzog el memorioso

Cada uno por su lado y Dios contra todos se convierte en un texto imprescindible para profundizar en la obra de un hombre que igual lanza sugestivas reflexiones que ideas radicales, como considerar al siglo XX un gran error y preferir morir antes que visitar a un psicoanalista.

Mientras Werner Herzog terminaba de escribir su libro de memorias Cada uno por su lado y Dios contra todos (Blackie Books, 2022), percibió un destello al otro lado de la ventana de su estudio. Su primera impresión fue que se trataba de una bala perdida que se dirigía directamente hacía él; sin embargo, en realidad era un colibrí que aleteaba veloz. Fue tal su asombro que dejó de escribir en ese momento, dejando el párrafo inconcluso, sin un punto final. 

Y es que para el prolífico cineasta alemán la vida es precisamente un viaje sin final, un trayecto en el que la poesía ha estado siempre presente incluso en los lapsos más ríspidos de una obra que abarca ópera, literatura, cine y música. Herzog cuenta su vida y lo que hace en realidad es sincerarse sobre su obsesión con la inmortalidad, lo efímero, el poder de trascender y la conquista de lo inútil; su relación pegajosa con la naturaleza y las contradicciones de los seres vivos, desembocan en la misma idea de todas sus películas: el universo puede ser hermoso, pero implacable. 

Así, Werner Herzog describe en las 346 páginas que componen el volumen tremendas anécdotas que van desde sus primeros encuentros con la literatura gracias al oso Winnie the Pooh (1926), hasta el hallazgo de libros que serían trascendentales en la realización de sus clásicos Aguirre, la ira de Dios (1972) y La cueva de los sueños olvidados (2010), donde ahonda en la emoción que sintió al poder comprar y explorar un tomo sobre la cueva de Lascaux. 

Las ideas sobre Dios, se resumen en la frase que cierra su diario sobre la filmación de Fitzcarraldo (1982): “Miré a mi alrededor, y en el mismo odio en ebullición se encontraba, furiosa y humeante, la selva, mientras el río, con majestuosa indiferencia y sarcástico desprecio, todo lo minimizaba: las fatigas de los hombres, la carga de los sueños y los suplicios del tiempo”. 

Sobre el poder de la imagen y la memoria enterrada en las raíces familiares, el teutón lanza una pregunta: ¿Hay imágenes que yacen latentes en nuestro interior y que solo algún impulso puede despertar? La respuesta en sí, a Herzog lo han perseguido alegorías que ha buscado materializar en sus filmes, ya sea un barco de vapor a mitad de una montaña en Perú, o los hipnóticos molinos de viento de la isla de Creta que aparecen en la ópera prima Señales de vida (1968). 

Elizabeth Stipetic, madre de Herzog, lo describía así en una entrevista: “Cuando iba a la escuela, Werner no aprendía nada. Nunca leía los libros que tenía que leer; nunca estudiaba. Parecía como si no supiera lo que tenía que conocer. Pero, en realidad, Werner lo sabía todo. Sus sentidos eran extraordinarios. Podía oír el sonido más imperceptible y, diez años después, lo recordaba con absoluta precisión”. 

Cada uno por su lado y Dios contra todos se convierte en un texto imprescindible para profundizar en la obra de un hombre que igual lanza sugestivas reflexiones que ideas radicales, como considerar al siglo XX un gran error y preferir morir antes que visitar a un psicoanalista, además de afirmar que trabajar en películas conlleva destrucción: “Si se repasa la historia del cine, el suelo está sembrado de devastación.”  

Los sucesos relevantes en la vida del director van hilvanando un no siempre apacible éxodo que combina poesía y naturaleza: buscando locaciones para una secuencia onírica de la inquietante El enigma de Gaspar Hauser (1974), Herzog se sintió conmovido por la magia del paisaje y tuvo una revelación que incluía piedras neolíticas y seres extraterrestres; no puede faltar el nombre del salvaje Klaus Kinski, actor con el que Werner trabajó en cinco películas y del cual ha dicho que en más de una ocasión, pensaron en matarse mutuamente, engrosando una relación amor/odio que quedó inmortalizada en el documental Mi enemigo íntimo (1999). 

Precisamente en los últimos minutos de ese trabajo fílmico, Herzog filma a Kinski sonriente, junto a una mariposa que se niega a alejarse del espeluznante histrión: es esa analogía sobre los humanos y las relaciones con la naturaleza las que han nutrido una filmografía mítica e irrepetible. 

Las memorias de Werner Herzog en Cada uno por su lado y Dios contra todos atrapan en sus paginas las vivencias de uno de los cineastas/escritores alemanes más intensos y viscerales de esta época, un artista que tan bien ha filmado algunos de los mejores documentales de historia, como soberbias ficciones sobre personajes al límite; ha escrito libros medulares sobre el cine y su complejidad, y además, puede actuar como un temible villano en Jack Reacher: bajo la mira (2012)  o entrar al universo Star Wars en The Mandalorian (2019). 

Las ideas de Herzog sobre las tinieblas que acompaña a la condición humana, retumban tercas: “Qué sería de un océano sin un monstruo acechando en la oscuridad? Sería como dormir sin sueños.”

Por Armando Navarro Rodríguez

Periodista. Cinéfilo y lector empedernido. Escribe sobre cine, arte y literatura.