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La guerra que ya no existe: Un viaje a las unidades de élite de los ejércitos de Guatemala y Ecuador

Esta es la primera de cuatro entregas de una serie de crónicas propuestas por el periodista español Santiago Tejedor sobre la intimidad de dos unidades de élite de los ejércitos de Guatemala y Ecuador.

En algunas aldeas del municipio de Poptún, cuatrocientos kilómetros al norte de la ciudad de Guatemala, hay carteles que rezan: “Se buscan kaibiles”. A más de 2.000 kilómetros, en los pueblos ribereños del oriente del Ecuador, más carteles. La Escuela de Iwias del ejército ecuatoriano invita a los jóvenes “amazónicos” a ingresar como aspirantes a soldados de élite. Son dos de las unidades de operaciones especiales más temidas de los ejércitos latinoamericanos. Y, dicen, del planeta. Los kaibiles de Guatemala y los iwia de Ecuador se han ganado el reconocimiento mundial por el entrenamiento, rudo y brutal, que reciben sus soldados. Pero hoy, cuando las guerras se ganan con satélites, robots, drones, misiles teledirigidos y munición ‘inteligente’, el ostracismo se ha apoderado de sus cuarteles y campos de instrucción. No importa: cada mañana entonan sus himnos y repiten sus oraciones de combate. Y, quizás sin saberlo, siguen entrenándose para una guerra que ya no existe.   

Justifican su origen en relatos épicos y legendarios. Lucen símbolos enjoyados de calaveras con boinas rojas, cuchillos dentados, lanzas y símbolos tribales. En los desfiles y exhibiciones hacen gala de sus emblemas. Son conocidos. Son temidos. Y son respetados. Su fama les precede. Pero también la polémica ha salpicado su nombre. El informe titulado “Memoria del silencio” (elaborado por la Comisión para el esclarecimiento Histórico guatemalteco) apunta que los kaibiles perpetraron el 93% de los crímenes durante los últimos 20 años de la guerra civil. Entre las masacres más atroces, la de Las Dos Erres, una aldea del departamento de Petén, copa las posiciones más macabras. Fue arrasada en dos días entre el 6 y el 8 de diciembre de 1982. Cuarenta kaibiles llegaron a la aldea. Buscaban 20 fusiles. Hubo más de doscientos cincuenta muertos. Setenta tenían menos de siete años. La oscuridad embala a la heroica. 

—No entiendo. ¿Por qué quieres escribir de esta gente? —me preguntó incómodo Gustavo, profesor universitario guatemalteco.  

En los últimos años, varios ex soldados kaibiles han sido detenidos por colaborar con los grupos del narcotráfico mexicano. El cártel de Sinaloa o los Zetas han ofrecido suculentos “contratos” que superan con creces el sueldo que les ofrece el gobierno. “El kaibil es atractivo para el crimen organizado. Es una lástima perder ese recurso humano, pero tenemos un presupuesto limitado”, admiten fuentes del ejército. Al Sur, en aldeas amazónicas del Ecuador, numerosos militares iwia han denunciado su situación de desamparo. Tras quedar mutilados en el conflicto con Perú en la década de los 90, malviven condenados a un ostracismo sin honor ni épica, recluidos en reservas y centros castrenses. 

Este es un viaje a dos cuarteles que preparan soldados para batallas que ya no se dan. Escribir sobre la guerra no es sencillo. Cada combatiente es una doble historia. A veces, se superponen. Otras, mutan. Se fortifican. Se diluyen. O simplemente se escudan para no dejarse ver. Contarlas exige un ejercicio de mirada y de escucha. Nunca es fácil. Las palabras son al periodismo, lo que las balas a la guerra, me lo dijo, entre nostálgico y abatido, el reportero y amigo Plàcid Garcia-Planas. Regresaba de Ucrania. El mismo que me contó que la guerra no es una metáfora de la vida. Es –o eso asegura– justamente al revés. 

Capítulo 01. El infierno

Porque fuego se ha encendido en mi ira,
que quema hasta
las profundidades del Sol,
consume la tierra con su fruto, e incendia
los fundamentos de los montes.

Deuteronomio 32:22
La Biblia

El escritor y dramaturgo Jean Anouilh aseguraba que todas las guerras son santas. “Os desafío a que encontréis –decía– un beligerante que no crea tener el cielo de su parte”. Pero los kaibiles entrenan, comen y duermen en el infierno. Y en Poptún, departamento guatemalteco de Petén, la gente se ha acostumbrado a vivir cerca de este averno camuflado y selvático. El lugar, 400 kilómetros al norte de la capital, posee una temperatura promedio de 38 grados. La humedad es asfixiante. El calor te devora. El lodo te derroca. Y las raíces conviven con alimañas silenciosas, lóbregas y letales. Bajo el dibujo de una boina roja gigante, un cartel de letras negras, blancas y doradas, que pelea contra el óxido y la humedad, redunda en el relato: “Si avanzo, sígueme. Si me detengo, aprémiame. Si retrocedo, mátame”.

Dos soldados jóvenes, hieráticos y de rostro fosco, protegen la entrada bajo el sol. No se miran. No se hablan. Parecen no respirar. En la puerta principal del campamento otro letrero desgastado saluda al recién llegado: “Bienvenidos al hogar infierno kaibil”. El centro de adiestramiento alberga varias hectáreas de campo y selva donde se distribuyen los barracones –austeros y enmohecidos–, el comedor, una cantina, las pistas de entrenamiento y una suerte de templete con gradas, donde se realizan las ceremonias –diurnas y nocturnas– de acceso e iniciación de los reclutas. El municipio de Poptún, el segundo más poblado del departamento, posee un valor geoestratégico crucial: es fronterizo con Belice. Además, dos elementos fueron claves para el establecimiento de esta base de la fuerza de operaciones especiales guatemaltecas: cuenta con una pista de aterrizaje para aeronaves ligeras y, en la Finca Ixobel, más al sur, se encuentran unas grutas y cuevas utilizadas en parte del adiestramiento militar. 

El ejército ha encontrado en este enclave en lugar idóneo. A nivel narrativo, sus cimientos son relatos legendarios y épicos. Cuando el general retirado Héctor Pablo Nuila Hub ideó la creación de una fuerza especial halló en Kayb’il B’alam, príncipe del imperio Mam, la inspiración idónea. Este noble maya lideró la Guardia Real, una sociedad de temidos guerreros. Para acceder a este cuerpo cada aspirante debía sobrevivir durante un mes lunar (28 días) sin agua ni alimentos, y con la única ayuda de un cuchillo de pedernal. Durante esas semanas, además, otros guerreros intentaban dar caza a los reclutas. La expulsión y la vergüenza pública eran el castigo para los capturados. 

Inspirada en esta prueba, desde el 5 de diciembre de 1974, la unidad kaibil entrena reclutas bajo la humedad de la selva guatemalteca. Expertos en lucha antiterrorista, incursiones en terreno selvático, detonación de explosivos, combate contra el narcotráfico, rescate de rehenes, adiestramiento de francotiradores, emboscadas y ataques sorpresa, los kaibiles han sido invitados como instructores por ejércitos de diferentes países: Alemania, Australia, Reino Unido, Brasil, Estados Unidos, Rusia…. Sus colegas de otros comandos les han bautizado con el sobrenombre de “terribles máquinas de matar”. Entrenados en sus orígenes por boinas verdes estadounidenses, en virtud de un estrafalario convenio bilateral entre Guatemala y Estados Unidos, los kaibiles no tardaron en crear su propia escuela, su propio método y su propia filosofía. De nuevo, el mismo mensaje convertido en mantra: “Si avanzo, sígueme; si caigo, ayúdame; si retrocedo, mátame”.

Cada kaibil se identifica con un número. Es la cifra que indica cuándo se graduaron y se hicieron merecedores de portar la boina púrpura y un emblema formado por un mosquetón (que representa la unión y la fuerza) con un puñal en su interior (el honor), cuya empuñadura posee cinco muescas (los cinco sentidos), y que transforma su punta afilada en una llama de fuego (la libertad). El fondo es azul (el día, el mar y el cielo) y negro (la noche y el silencio que les cobija en sus ataques). Entre ambos colores, aparece una cuerda (las misiones terrestres). 

El kaibil número 01 fue Pablo Nuila Hub, nieto de un general y autor del libro Hitos de la Historia patria, fue el creador del Curso Kaibiles (llamado inicialmente, Curso de Comandos del Ejército de Guatemala). Hablé con él por teléfono. Fue una conversación fugaz que apenas sirvió para emplazarnos a un encuentro futuro en su casa. Pero me dijo algo: “Nuestra historia ya está escrita. Y no se puede borrar”. Delicado de salud, murió en febrero de 2021. Tenía 85 años. Conversé, no obstante, en diversos viajes a Guatemala con media docena de sus “descendientes”. Leonel Baides, Kaibil 12, me recibió en un club campestre de la capital chapina. Pelo cano, camisa a cuadros de manga corta, pantalones chinos y un teléfono celular brillante e impoluto. Aspecto cuidado, piel curtida, pero brillante, y un reloj plateado refulgente. Era un día soleado y el Real Madrid jugaba un partido de Champions contra la Juventus. La televisión estaba encendida. Conversábamos. 

Partido de vuelta de los cuartos de final. Resultado de la ida: 0-3. Lleno total. Estadio Santiago Bernabéu, 20:45 h. Minuto dos. Pérdida de Marcelo. Centro de Khedira. Cabecea Mandzukic para abrir el marcador. 0-1.

Leonel explica que en 1975 el conflicto entre Guatemala y Belice cortó la ayuda que permitía a los cadetes viajar a Panamá para hacer un curso de “experto en la jungla”. El gobierno chapín preparó algo similar. Tenía 17 años y medio cuando se inscribió al curso.

—Nos pidieron que preparáramos los equipos. No sabíamos adonde íbamos. Nadie preguntó nada. Nos subieron a un avión de la Fuerza Aérea y nos llevaron a Melchor Mencos, un pueblo casi desértico, inhóspito, fronterizo con Belice. En esa zona hay mucho árbol de palo de chicle. Y nubes de zancudos. De ahí el nombre del lugar. Los chicleros amarraban a sus animales para que pasaran corriendo por un tramo repleto de mosquitos. Decían: “Pasamos por el infierno”, cuenta entre risas; mientras voltea su mirada al televisor.

Minuto 37, primera parte. Jugada calcada: centro al área y gol del croata Mandzukic. 0-2. Descanso en Madrid. Zidane agita el banquillo. Asensio y Lucas Vázquez por Casemiro y Bale. 

—Nunca lo olvidaré. Nos recibieron con una emboscada. Pensábamos que era de verdad. Luego nos juntaron y comenzó el hostigamiento moral. El objetivo era enseñar a la gente que tenía que aprender a hacer caso. “Usted aquí no sabe nada. No sirve para nada”, nos decían.

Lugo hace un silencio. Atiende un mensaje en su teléfono móvil. Prosigue.

—El instructor salió corriendo y todos fuimos detrás. 18 kilómetros hicimos. No era fácil. Te invitaban continuamente a irte, a abandonar.

Minuto 60. Fallo grave e inocente del portero Keylor Navas. Matuidi empata la eliminatoria. 

Leonel recuerda que eran 24 alumnos. Dos no acabaron. Uno se fracturó la clavícula. Otro la pierna. Las normas eran claras: más de 6 horas fuera de instrucción era motivo de expulsión. 

—Un día nos tuvieron 6 horas sin almuerzo. Comimos a las 18 horas. Juntaban toda la comida del almuerzo y de la cena en un solo tiempo de ingesta. Las instrucciones nos las daban gritando. —Esboza una mueca de risa. Atiende unos segundos al partido. Continúa—. Y hostigando. No había un incentivo económico. Lo hacíamos por el honor.

A los dos años de graduarse, Leonel se convirtió en instructor. Las pruebas de confianza eran de las más temidas. Sus superiores llegaban en la noche. Los levantaban y comenzaban a correr hasta el río Mopán.

—Al que murió ahogado lo conocía. Al entrar en el agua, la corriente lo arrastró y lo metió en una pequeña gruta, como una caverna. El río en esa zona es ancho y profundo. Lo encontramos dos días después. Daba vuelta sobre sí mismo, como una noria, atrapado en las raíces de un recodo.

Prórroga. El árbitro señaló un polémico penalti. Benatia derriba a Lucas Vázquez dentro del área. Buffon protesta con virulencia. 

—Llegábamos a la 1 de la noche. Junto a un puente, que llamábamos “de la frontera”, se ponían un par de tablas y el instructor se ponía encima y caía al agua gritando. Hacía como si hubiera caído encima de una piedra. Era falso. Después, todos debíamos saltar.

Minuto 97. Cristiano dispara. Gol. El Real Madrid pasa a semifinales. Final del partido. 

—Un ejercicio consistía en saltar en marcha desde un camión. Todo estaba oscuro. Diría que íbamos a unas 10 millas por hora. Mi cua se abrió la rodilla a 8 días de la graduación. Le pusimos un esparadrapo como sutura. Y así aguantó hasta el final.

Los aspirantes son divididos en parejas. Es el “cuas”, el compañero. Si uno falla o se equivoca, el castigo será para ambos. La palabra tiene su propia explicación: la “C” es de camaradería, la “U”, de unión; la “A”, de apoyo; y la “S”, de seguridad. Leonel cree que el curso kaibil inicialmente se diseñó para invadir Belice. “Nos enseñaron —cuenta— a ser guerrilleros. No podíamos enfrentarnos a Gran Bretaña en una lucha frontal”. Aquellos años unidades guatemaltecas accedieron al país vecino y tomaron aeropuertos y otro tipo de instalaciones.

Vivió dos años en el cuartel de “El infierno”. De su experiencia como instructor señala que todo está escrito, todo está fijado y todo está detalladamente ordenado, pautado y establecido. Día a día —precisa— cada alumno es evaluado. Un equipo de unos ocho instructores, más jefes de la escuela, especialistas y subinstructores, que siempre son kaibiles, desarrollan la formación. “Hay un guion diseñado que establece quién y cuándo los despiertan”. Las marchas pueden completar distancias de hasta 54 kilómetros con un equipo de unos 20 kilos de peso. A las 9 de la noche se retiran a dormir. A las 10 de la noche son levantados para caminar. Y así sucesivamente. Los instructores pasan una estricta revisión de todo el material y de todos los pertrechos: la cantimplora, el cuchillo, la munición… La jornada comienza a las 10 de la noche y termina a las 11 de la mañana. Los instructores les acompañan y hacen toda la marcha con el mismo peso. La campaña final consiste en una emboscada. Comienza a las 7 de la tarde y termina al día siguiente a las 2 y media de la madrugada. “Muchos se duermen. A esos los echan”. 

Leonel tiene dos hijos. “Ne les gusta lo militar”, dice con una indiferencia cansada. Parte de su tiempo libre lo pasa con sus tres nietos, de 11, 4 y 5 años. “Nuestra vida fue sufrida. Pasábamos muy poco tiempo en casa. Yo estaba soltero. Iba a la ciudad cada seis meses”. Ahora le gusta correr y nadar. La boina kaibil la guarda en casa. No recuerda adónde. Le gusta cuidar su aspecto físico y su indumentaria. “El reglamento dice que los kaibiles no deben tener más de dos centímetros de cabello”, recuerda. Explica que la estructura del curso es hoy básicamente la misma que en sus orígenes. Los avances tecnológicos han incorporado, sin embargo, aplicaciones como el uso de sistemas de geolocalización. 

Dicen, cuentan, hablan que el curso kaibil busca convertir al soldado en un instrumento letal capaz de matar un animal a mordiscos, tragar su sangre y alimentarse de su carne cruda. Este tema nadie quiere abordarlo. Se ha escrito también que los instructores lanzan la comida al suelo. Tras pisotearla, gritan: “¡Piquen gallinas!”. Los soldados han de comer del suelo. Tienen apenas un minuto para hacerlo. “El alimento es combustible, no es un deleite”, me dirían varios soldados entrevistados. Leonel esquiva este tema como lo harían el resto de sus compañeros. Solo ríe al escuchar mis preguntas. “Había peces, cangrejos, caracoles… Y el árbol de cichopote [El chicle o chicozapote pertenece a la familia de las sapotáceas.  Conocido como Sapota zapotilla, chicozapote o Achras, es el árbol del chicle y fue utilizado por los pueblos originarios de América]. Odio el palmito de tanto que lo comí aquellos días”. Insisto sin éxito. “Lo más extremo que he comido es tortuga”. Recuerda que tenían que hacer una fogata sin que se viera ni el fuego ni el humo. “La tortuga se hierve. No tiene carne. Solo las patas. Pero saben a gloria. Es proteína”. También buscaban pescados en el río, calabazas silvestres o construían trampas. “Desaparece la noción del tiempo. No sabes en que día estás. Uno pierde 10 años de vida en ese entrenamiento”. Todo ello bajo los gritos y las órdenes de sus superiores. El kaibil obedece, ejecuta, cumple. No hay dianas. No hay llamadas al silencio. Solo existe la disponibilidad absoluta. “El enemigo es el instructor”. Explica que el curso de supervivencia estaba dirigido a destazar animales. Algunos aspirantes se preparaban meses antes con carniceros de la zona. Aprendían a pelar, limpiar y trocear todo tipo de presas. Luego, en el curso, les mostraban animales vivos y aprendían a limpiarlos, cortarlos y conservarlos. “El aula es el aire libre”, dice riendo. Recuerda que una tarde se tomaron una foto con una gran serpiente. Luego la engulleron. Pasaron dos días sin recibir alimentos. Tenían que hacer una cabaña. Estaban autorizados para cazar y pescar. Para él, es fácil y es razonable: “Todo lo que se mueve se come”.

*La próxima entrega de este serial de crónicas se publicará el viernes 21 de octubre.

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