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Literatura para reflexionar cómo estamos viviendo: una entrevista a Janil Uc Tun

Desde un universo en el que se amalgaman la infancia, el balón y la amistad se muestra la manera en que un personaje del crimen organizado también regresa a su lugar de origen para apropiarse de él y para someter irremediablemente a sus habitantes mediante los recursos del dinero y de la violencia.

Pequeños futbolistas, niñas y niños, un equipo dirigido por un señor que alguna vez tuvo altas aspiraciones balompédicas y que ha terminado de vuelta en su pueblo, Santiago Mataindios, son testigos de la rápida y profunda degradación delictiva de su comunidad.

Desde un universo en el que se amalgaman la infancia, el balón y la amistad se muestra la manera en que un personaje del crimen organizado también regresa a su lugar de origen para apropiarse de él y para someter irremediablemente a sus habitantes mediante los recursos del dinero y de la violencia.

El relato de quienes fueron aquellos niños y que han sobrevivido a la guerra desatada por uno de ellos es presentado por Janil Uc Tun en su obra de teatro La cascarita (Fondo de Cultura Económica, 2023), una pieza ficticia que se parece tanto a lo que ocurre en la cotidianidad de un país azotado por los criminales. Así, como dice el autor, la literatura también “sirve para reflexionar cómo estamos viviendo actualmente”. 

Acerca del libro conversamos con Uc Tun (Ticul, Yucatán, 1994), quien es licenciado en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán y técnico en Educación Artística con especialidad en Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes. Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico en Dramaturgia y ha ganado varios premios: los estatales de Poesía El Espíritu de la Letra (2016) y de Cuento Corto Tiempos de Escritura (2020), el Peninsular de Poesía José Díaz Bolio (2019) y el Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo Trejo (2022), que obtuvo con La cascarita

¿Por qué surgió esta suerte de amalgama entre el deporte amateur, el futbol infantil y el asalto del crimen organizado a una pequeña comunidad?

Creo que parte de la infancia, cuando uno descubre muchas cosas y va conociendo el mundo, a veces de forma rápida y en otras lenta. En mi caso, cuando yo era niño, en 2006-2007, vino una gran cantidad de conocimientos y cambios sociales y políticos, y a la par recuerdo muy bien estar en un equipo de futbol infantil. Entonces tomé eso como referencia para iniciar esta obra.

Además de tu experiencia personal, ¿por qué elegiste el futbol y no otro motivo para exponer un tema tan espinoso?

Fui pésimo, terrible en los deportes, y creo que, de alguna manera, fue mi forma de hacer las paces con el futbol, con la halterofilia, con el beisbol y deportes que intenté en su momento, pero nunca tuve habilidades ni aptitudes para ello.

Ya de adulto, y como me gusta escribir, creo que es una manera de hacer las paces con aquello. Me pareció que el espacio que generan los deportes que se juegan en equipos era una buena manera de hacer una analogía con la sociedad misma; además, cuando uno es niño tiene estos primeros contactos con la socialización. Ahí es donde se inserta la obra porque en el deporte y la infancia encontré un espacio para reflexionar sobre el tema.

En el libro “el Cascarita” es parte central de la historia: es el entrenador que se convierte en una suerte de padre para los niños porque, aunque le hace a “la mona”, es el único que les hace caso. ¿Qué buscaste con este personaje?

Es el único personaje adulto que se manifiesta en la obra, pero no es un adulto idealizado en el sentido de que es el que inspira al equipo de futbol, como le gusta a Hollywood. Pienso que los adultos tienen también sus deficiencias y sus contradicciones, y eso hace que interactue con los niños y que lo acepten como parte de ellos en el club que tienen.

El entrenador tiene sus defectos: se hace esa referencia a “la mona”, a esos vicios en que incurren muchas veces en los pueblos e incluso en el deporte. Hay que tener en cuenta que “Cascarita” es un deportista frustrado, con muchos problemas en la sociedad, con su expareja, en la paternidad. A pesar de todo eso es una figura importante para los niños: es lo único que ellos tienen como figura paterna porque, si volteamos a ver a las otras, son incluso peores. Es como “el peor es nada” y al final es quien les apoya y les escucha, aunque parece que ve sólo por sí mismo y no por ellos, pero sí lo hace.

La obra está presentada como una suerte de trabajo periodístico, basado en testimonios que años después dan los que fueron aquellos niños. ¿De dónde salió esta idea para construir el relato?

Eso se lo debo a Salomé, mi pareja, que es mi compañera de colectivo teatral. A ella le encantan los documentales; ahora con Netflix ve muchos y empezó a invitarme a verlos. Yo quedé fascinado porque a través de ellos observé la manera en que los periodistas entrevistan a las personas para contar los hechos que suceden, siempre con una perspectiva crítica y escuchando a los testigos, lo que ayuda a reconstruirlos. Es una herramienta que a mí me fascinó, por lo que decidí incorporarla en el trabajo.

Me llama la atención el modelo de pueblo que haces con Santiago Mataindios. ¿Cómo surgió esta comunidad?

Santiago Mataindios es un santo que se conoce y se celebra en algunas localidades. Es muy poco popular: creo que sólo hay tres pueblos en Latinoamérica que le rinden tributo. Leí sobre eso cuando hacía mi trabajo de investigación en la universidad y me quedé mucho con la figura de ese santo, la que muchos después retomé para crear este pueblo que lleva su nombre.

Además, surgió algo divertido porque yo crecí en un barrio que se llama Santa María, entonces las siglas del equipo de futbol eran SM, que coinciden con Santiago Mataindios.

En los testimonios hay miedo, mucho miedo; hay un resquemor de los entrevistados por hablar de algo más que futbol, que es el límite. ¿Cómo este deporte fue la puerta a la realidad?

No sabría decirte cómo es porque a veces viene la idea y sucede como un cauce. Yo me acuerdo que cuando estaba en este equipo de futbol, en el que yo era muy malo jugando, había este compañerismo con los demás jugadores y cada quien usaba el espacio del juego para platicar de sus problemas, de sus asuntos. Entonces, recordar eso me hizo pensar en esta dinámica tan bonita que surge en la infancia, y también cuando somos adultos cuando migramos, regresamos al pueblo y te encuentras con la gente con la que creciste y, de repente, con un balón de futbol o algún tipo de interacción regresamos a aquellos momentos.

Aquí los niños se fueron del pueblo y sólo uno regresa, pero en sus dichos hay miedo, un gran miedo.

Cuando algo nos lastima, tan fuerte y tan profundo, nunca lo dejamos del todo: es algo que construye nuestra personalidad y determina mucho de nuestra vida. Creo que por eso también escogí que fueran niños porque en la infancia hay grandes descubrimientos y decisiones que uno toma para el resto de la vida.

En nuestro país, al igual que en otras geografías, el miedo que nos ocasiona la desaparición o el crimen organizado es algo que se queda y no se va del todo. Podemos cambiar de profesión o de lugar, pero siempre está ahí ese dolor de ser expulsados de nuestro espacio o de cambiar nuestros hábitos a raíz de un evento de esa naturaleza.

Una de las niñas del equipo, Belén, dice: “En este país no te puede ir demasiado bien en algo porque enseguida vienen a querer quitártelo”. En la historia su padre muere a balazos.

Es algo que ocurre. Me acuerdo que una vez que tome un Uber venía platicando con una persona que emigraba de Cancún y apenas acababa de llegar a Mérida. Me empezó a contar las razones por las que dejó Cancún: tenía un negocio, pero hubo quien quiso ir a quitarle lo suyo y le comenzó a cobrar derecho de piso y una serie de cuestiones que involucran al crimen organizado. Mucha gente migra por eso.

Uno siempre tiene una historia de alguien que tiene contacto con esas situaciones, y no podemos alejarnos de esa realidad, de lo que pasa en el país.

En otra parte otro de los niños, “Pelos”, dice sobre Santiago Mataindios: “Todos los pueblos se parecen: un cabildo, un comisariado, políticos corruptos, borrachos, pasamanos. A nadie le interesan los muertos”. ¿Ocurre así?

Sí, la verdad sí. De hecho, en los pueblos tal vez es menos común que eso suceda: los eventos que ocurren marcan al pueblo de por vida, y es lo que sucede precisamente en Santiago Mataindios: un acontecimiento de esa magnitud marcó para siempre al lugar, y es una realidad que no podemos negar.

“La Flaca”, otra de las niñas, dice: “No le echo la culpa a nadie, sólo pasó lo que nos tocaba, ni más ni menos. Murieron los que tenían que morir y ahí se acabó todo”. Esta parte me parece muy desesperanzada porque lo que relatas es un mundo prácticamente sin justicia.

Creo que no es alentadora la historia que hemos vivido, con cambios, y ahora vienen otros, los que tampoco veo muy alentador para el futuro del país. Siempre la realidad supera a la ficción, y esta es una probada de lo que he visto hasta donde he llegado a investigar, a ver, y pienso que tristemente la realidad es aún más oscura.

Una figura clave es “Mefis”, el delincuente que llega a apoderarse del pueblo. “La Flaca” dice de él: “Pues de cualquier manera ‘Mefis’ no es sólo un nombre: ‘Mefis’ es una máscara indestructible y cualquiera puede ponérsela”. 

No se trata de personas que hacen mal, sino son organizaciones en las que cualquiera es sustituible y otro puede tomar el papel. En particular, lo que ocurrió con ‘Mefis’ es que él era del mismo pueblo, se fue y regresó. Es, de algún modo, cómo la migración puede cambiar a las personas y pueden destruir una vez que regresan. No siempre sucede, pero a veces sí.

Pero también está el caso de “Cascarita”, que migró para estar en la Tercera División del futbol, y cuando regresó fue una influencia distinta. Entonces son dos posturas respecto a la migración.

A mí el tema de la migración me interesa muchísimo: muchas de mis obras giran en torno a ella y sus impactos en los lugares que dejamos. Yucatán es un lugar de mucha migración, sobre todo en el sur; de Tikul, de donde yo vengo, como a 70 kilómetros de Mérida, hacia abajo hay mucha migración que llega a Oregón, a California y otros lugares de Estados Unidos. Muchas veces los que se van se quedan allá, otros en ocasiones regresan y no buscan cómo adaptarse cuando regresan, lo que genera problemas sociales, como abandono, crimen y violencia. Es complicado este asunto.

Otro de los niños, “Coreano”, hace un señalamiento fuerte sobre la sociedad: “La situación fue culpa de Santiago Mataindios porque sólo guardaron silencio y nadie hizo nada”, y agrega: “Pudimos huir todos juntos, pero pues no se hizo”. ¿Cómo ves la postura de la sociedad frente a este tipo de fenómenos?

Es muy complicado. A veces suceden cosas en el país y no podemos hacer nada frente a las de quienes son poderosos, a veces incluso intentando hacer algo hasta donde uno como ciudadano, como grupo o como poblado, puede defenderse ante las imposiciones políticas o de otra naturaleza.

Dentro de su inocencia “Coreano” dice eso, pero tampoco es del todo realista: simplemente creo que es una frustración que él tiene y piensa que tal vez se pudo haber hecho algo, pero a veces ni diciendo algo. Así ocurre cuando alguien pone los ojos sobre lo que quiere y lo puede obtener, como nos han enseñado el crimen organizado o incluso también las políticas de nuestro país, que pueden ser impositivas: se hacen circos mediáticos o simulaciones de consultas para llevar a cabo proyectos con los que muchos no están de acuerdo.

Pero en la obra sí hay una reacción, que es la del niño “Cagón”, que es el que hace una agresión contra los bienes de “Mefis”, lo que desata una guerra. ¿Es válido?

Es complicado. Parte del trabajo en la literatura es plantear hipótesis, explorar planteamientos, preguntarse cosas como “¿qué pasaría si…?”. 

Cada personaje representa algo; en el caso de “Cagón”, pues sí enfrenta al crimen, pero enseguida se da cuenta de que eso no le va a llevar a nada y se une a él; es un error: unirse al capo y luego traicionarlo. Allí están las consecuencias que de eso surgen.

El problema que planteas es muy actual: frente a ese tipo de realidades, ¿qué puede hacer la literatura frente a ellas?, ¿el literato tiene la obligación de tratar estos asuntos?

Sí. Pienso que tenemos una responsabilidad, quienes escribimos o quienes pretenden incursionar en el arte de la literatura, de reflexionar sobre la sociedad constantemente, e invitar a la crítica y a la reflexión constante sobre la realidad social que nos está atravesando.

Pienso que es nuestra labor hacer eso desde donde nosotros podemos. Cada quien tiene una labor: los periodistas, por ejemplo, la de documentar la verdad, mientras que distintos tipos de artes y profesiones tienen otras para que la sociedad se encamine hacia algo mejor.

La gente informada puede tomar decisiones más inteligentes y más prudentes para mejorar; cuando estamos desinformados nos pasan cosas. Entonces, desde donde nosotros podemos, desde nuestra trinchera, hay que proponer este diálogo, y si el libro lo genera es ganancia. Espero que en otros espacios, en otros círculos de lectura sirva la literatura para reflexionar cómo estamos viviendo actualmente.

No pienso que el trabajo de la literatura sea hacer únicamente entretenimiento; existe también esa vertiente, la respeto y la consumo también, y me puedo reír con las películas y con los libros, pero considero que es importante no dejar de lado la reflexión social con una propuesta de cambio.

Por ello, quiero invitar a las personas a que sigan escribiendo y a que continúen reflexionando sus realidades desde donde están, desde su región, y no pensar que esta particularidad sólo les sucede a unos, sino que lo que allí sucede muchas veces se repite en otras regiones y se universaliza, lo que es importante reflexionar para producir literatura.

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